viernes, 6 de enero de 2012

¿Qué son de verdad las rabietas?

La palabra "rabieta" y "los terribles dos años" son términos que no me gustan y siempre me he negado a usar. Tienen una carga negativa que una vez más recae sobre los niños, como si padecieran rabietas y sus terribles dos años expresamente para fastidiar a los padres.

¿Qué es en realidad una rabieta? Según el diccionario: "Berrinche, enfado que suele durar poco y estar motivado por cosas sin importancia." Con cosas sin importancia se entiende que no tienen importancia para el que escribió la definición. Pero para el niño que la padece tiene muchísima importancia. Este se ponen a llorar y gritar, a veces con pataleos y golpes a quien se atreva a acercarse. Algunos de estos enfados duran diez o quince minutos, otros hasta una hora o más y pueden haber surgido porque el niño pida algo que sus padres le niegan, o sin motivo aparente.

El término médico para definir este comportamiento es desregulación y nos afecta a todos, no solo a los niños. Se trata de un estado fisiológico que ocurre en el cerebro cuando se inunda de adrenalina y cortisol, en momentos de estrés. El sistema nervioso se pone en alerta, los músculos se tensan, aumentan el ritmo cardíaco y la temperatura del cuerpo, la respiración es menos profunda e incluso se agudizan la vista y el oído. Es la reacción del cerebro ante una situación de peligro, y el mandato que le envía al cuerpo es el de huir o luchar. Por su parte, el hipocampo, que es la parte del cerebro que ayuda a controlar las acciones, se ve inhibida por el cortisol y hace que la parte lógica y racional del cerebro no funcione tan bien: las emociones toman total posesión de la situación.

Ante una escenita así los padres lo pasan mal y ellos mismos empiezan a desregularse, si no lo estaban ya antes y fuera su estado el que provocara la desregulación del niño. Se sienten agobiados, asustados, enfadados y estresados. A menudo intentan suprimir o reprimir el estado de desregulación del niño. Si están en casa optan por ignorarlo, enviarlo a su habitación o castigarlo. Si la escena ocurre en un lugar público, a la sensación de impotencia se le une la vergüenza e inseguridad del qué pensarán todos esos que los miran con el ceño fruncido - los más críticos suelen ser los que no tienen hijos pequeños o no los han tenido desde hace mucho tiempo. La presión de la sociedad es tan fuerte que hace que los padres se sientan responsables por el comportamiento de su hijo, y algunos se sienten con la obligación de arreglar ese "mal" comportamiento.

El motivo de la desregulación a veces es muy claro: el niño quiere algo que sus padres le niegan. Hasta los dos y tres años es muy difícil para un niño comprender por qué no se le puede dar algo que él quiere, sobre todo si está a la vista y parece tan fácil de alcanzar. Puede tratarse de la atención de los padres o de algo material. El niño está explorando el mundo y hay muchos peligros que los padres ven, pero que él no reconoce. Hay cosas que por su bien no se le pueden dar, o simplemente los padres no están en posición de darles (porque no está a su alcance monetario, por ejemplo). ¿Qué hacer entonces? Si no es una cuestión de vida o muerte, los padres pueden optar por ceder o no. En caso de mantenerse en su negativa, es importante no perder el contacto con el niño. Que no se le conceda lo que pide no implica que no se le escuche. Se han de valorar sus emociones, en este caso negativas, como el enfado o la frustración. A estas edades los niños no tienen el vocabulario suficiente para expresarlas, así que son los padres los que deben hacerlo por ellos. Un niño que escucha de boca de su madre algo así como "veo que estás muy enfadado" mientras le abraza (si el niño se deja) y acaricia, se sentirá automáticamente mucho mejor y se calmará más rápido que si su madre le ignora o lo encierra en su cuarto. En el primer caso el niño aprende que tiene límites a ciertas cosas, pero aun así su madre le quiere y le comprende y es totalmente legítimo sentirse enfadado. En el segundo caso el niño aprende que el sentirse enfadado no solo no es aceptable sino que es castigado con la retirada del amor y la atención de su madre. Pierde autoestima y además el enfado reprimido no se va, sino que se va acumulando y se convierte en resentimiento, a veces durante años, hasta la adolescencia o más tarde... y cuando sale lo hace sin control y cargado de violencia o agresividad, o encuentra otras vías de escape, como las drogas o el alcohol.

En ocasiones los niños se desregulan sin que los padres tengan ni la más mínima idea del por qué. Adivinan que es por cansancio, hambre o falta de atención, pero a menudo no llegan a tiempo de evitarlo. Cuando una rabieta es "sin motivo aparente" es más fácil que los padres se asusten, agobien, enfaden y quieran cortar de raíz con ese "comportamiento inaceptable". Es ahí cuando muchos gritan "¡basta!" y se niegan a escuchar a sus hijos. En los padres se desencadena el mecanismo de luchar o huir y muchos, por no gritar o pegar a sus hijos, tienen la necesidad de alejarse de ellos. Ahí es cuando es útil que estén los dos padres cerca: el más calmado (o regulado) de los dos es el que permanece con el hijo, y el otro se va a dar una vuelta para calmarse (o regularse). El problema es cuando en esos momentos solo está presente uno de los dos. El padre o la madre tiene que luchar o huir y eso entra en conflicto con el estado del niño, que hasta los tres o cuatro años necesita ayuda para regularse (si siempre se le ha ayudado empezará a hacerlo él solo antes). El problema es más agudo cuando se trata de un padre o una madre a los que no se le aceptaron las rabietas cuando eran niños - ellos no lo recuerdan pero si se les reprimieron sus emociones negativas el subconsciente les guía a que hagan lo mismo con sus hijos. Es necesario hacer un esfuerzo consciente para cambiar esa inclinación. Si se manda al niño a su cuarto o se le ignora, se pierde una oportunidad de enseñarle a identificar y controlar sus emociones. A lo mal que lo está pasando en su estado de desregulación se le une el no sentirse comprendido ni escuchado; es más, encima se le castiga. En cambio, si el padre o la madre permanece con él y le abraza o le habla en tono suave, el niño está aprendiendo una valiosa lección de inteligencia emocional que emulará y le ayudará a tener relaciones personales y sociales muy saludables en todos los ámbitos de su vida.




5 comentarios:

  1. Muy coherente y convincente. Intentaré aplicarlo cuando proceda.

    No obstante, después de haber vivido y sufrido en mis carnes, hace unos años, las "desregulaciones" en público de de mi hermano menor, en forma de insultos, colpes, rompiendo cosas ajenas,... Confirmo la dificultad de pasar de la teoria a la práctica!

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  2. Aloma, ¡desde luego que es muy difícil poner la teoría en práctica! En el caso de tu hermano aún lo debió de ser más, porque el decirle "veo que estás muy enfadado" no habría dado resultado inicial ya que seguramente no os oiría. En estos casos extremos y más si se está en público, hay que coger al niño y llevárselo a un lugar privado para evitar que siga hiriendo a terceras personas, agarrarlo fuerte para inmovilizarle brazos y piernas (pero con cuidado de no hacerle daño) y susurrarle al oído o mecerle. Cuando está más calmado es posible empezar a describir las emociones que acaba de experimentar, por ejemplo así: he visto que te has enfadado muchísimo, tanto que querías pegar e insultar a todo el mundo, y coger todo lo que tuvieras cerca y tirarlo con todas tus fuerzas para que se rompiera, etc. Puede que te parezca contraproducente describir todo esto, pero te aseguro que no lo es. De entrada, el niño se muestra sorprendido de que sepas tan bien lo que le pasa, ¡como si le leyeras la mente! y así es como se siente comprendido y querido. Seguramente él ya sabe que aunque quiera hacer todas esas cosas, no las puede hacer porque pegar, insultar y romper cosas que no son suyas no está permitido, así que no hace falta que se lo recuerdes con un "pero..." porque eso le volverá a hacer sentir mal. Al retirarlo de la escena ya le has demostrado que lo que estaba haciendo no es aceptable. No te niego que hay que tener mucha paciencia con los niños y más con uno como lo fue tu hermano, pero vale la pena ejercerla y no recurrir al arreglo rápido del ¡ya basta!

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  3. Estoy segura que vale la pena intentarlo. La verdad es que después de la años recordamos esos episodios entre risas, aunque fué una época complicada. No obstante, y para la tranquilidad de posibles padres que puedan estar leiéndonos, tengo que decir que mi hermano ha resultado ser un chico estupendo, pacífico y respetuoso.

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  4. Hoy he presenciado una desregulación en directo, en la caja de un supermercado hace escasamente 30 minutos. Calculo que el niño en cuestión tendría unos 5 o 6 años y su presunto problema tenia que ver con alguna cosa de las que habían comprado su madre, su padre y su abuela, los cuales le acompañaban. Quería "eso" en su poder, inmediatamente y a toda costa. Gritaba, se tiraba por el suelo e insultaba a propios y extraños. La verdad es que el niño daba signos de estar pasándolo realmente mal.

    El padre no ha entrado en acción en ningún momento ni de ninguna manera. Las reacciones de la madre y abuela han sido: primero, ignorar; segundo, ordenar al niño con gritos que cesase con su actitud; tercero, sobornar; y finalmente, pegar. Nada de todo esto ha obtenido resultado.

    No entraré a valorar las actitudes y acciones de esta familia porqué para ello ya está tu magnifico post, que ilustra estas situaciones y como hacer frente a ellas perfectamente. Me gustaría escribir sobre lo que ha sucedido en el supermercado una vez la ruidosa familia ha abandonado el local. Las 10 o 15 personas, todas mujeres, que se encontraban cerca empezaron a hablar de lo sucedido. Ni una palabra del padre, ni una de la abuela. Todas las críticas, durísimas, tenían al niño y a la madre como blanco. Que si el niño ya era muy mayor para hacer estas cosas, que si la madre no ha sido suficientemente tajante con la actitud del niño (¡¿por favor, qué más se supone que tendría que haber hecho?!). Otra clienta replica que estas situaciones son difíciles y compadece la madre de tener un hijo tan difícil de dominar (¡niño, malo!). Enseguida sentencia una de las dependientas que esto viene de lejos y que seguramente se ha producido esta situación porqué no se ha sido suficientemente estricto con el niño anteriormente.

    Con esto quiero denunciar el acoso al que están sometidas las madres de niños de corta edad, a las cuales se las cuestiona constantemente y hagan lo que hagan. Las madres necesitan formación e información ("Aprender de los niños" contribuye mucho y bien a esta labor), pero también empatía y comprensión por parte del entorno.

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  5. Muchas gracias, Aloma, por tu contribución. La escena que has descrito es muy triste, y también las reacciones de las personas que la han presenciado. No se han atrevido a ayudar a nadie (ni al niño ni a la madre o la abuela) pero cuando se han ido han criticado o al niño, o a la madre o a los dos. Te doy la razón: a las madres se nos acosa a diario por el trabajo que hacemos. Estemos informadas o no, sigamos nuestro instinto o no, hagamos caso de nuestras propias madres y suegras o no... hagamos lo que hagamos, se nos critica, se nos acosa y se nos ataca por intentar hacer lo mejor posible el trabajo más difícil, de más horas (24 al día) y peor pagado que existe. Por suerte, hay muchas madres que se encuentran en la misma situación en el mismo momento e incluso abuelas a las que no se les ha olvidado la paciencia que se necesita para criar hijos, y existe una solidaridad entre estas mujeres. La desregulación en el supermercado la han vivido todas las madres, y a menudo una sonrisa comprensiva de otra madre, una palmadita en el hombro o un comentario del tipo "a mí me pasó lo mismo ayer" hace la situación infinitamente más llevadera. También todas las madres somos conscientes de las críticas de los demás, tanto por parte de familiares como por parte de personas totalmente extrañas; es la tiranía de la sociedad a la que me he referido en varios de los artículos. Es normal entre las madres comentar las lecciones gratuitas y no deseadas que recibimos constantemente por parte de extraños (a menudo sin hijos) que se creen más expertos en el tema. El entorno debería contribuir a la difícil labor de subir a los niños con amor y empatía, sí, pero sin atacar ni criticar sino con un gesto amable hacia las personas que en ese momento se encuentran en una situación difícil.

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