sábado, 31 de marzo de 2012

Comer, comer, la obsesión de todos los días

Desde que nace su primer retoño, la gran mayoría de padres desarrolla una obsesión casi enfermiza sobre la alimentación de sus hijos. Casi siempre se preocupan de que no coman lo suficiente, pero también se inquietan si comen demasiado. Pocas veces están satisfechos con la cantidad y el tipo de comida que sus hijos deciden consumir. Durante los primeros meses, si el bebé toma el pecho exclusivamente, se libra un poco de este control porque no hay manera de saber cuánta leche bebe. Algunos bebés de teta tienen la suerte de ser ellos los que deciden cuántas veces al día maman: sus madres les ofrecen el pecho "a demanda". Otros menos afortunados tienen que seguir un régimen de dietas con tres o cuatro horas de intervalo; si lloran y piden pecho después de sólo una hora de haberlo tomado su madre deduce que llora por otra causa y le niega el pecho. Los niños de biberón están sometidos a mayor vigilancia: tienen que tomarse la leche cada cierto número de horas y acabarse toda la que ha prescrito la pediatra.

Surgen más problemas cuando el pediatra dice que es hora de introducir sólidos y hay que empezar por las frutas, o los cereales, o las verduras (depende del pediatra). Algunos pediatras opinan que los cuatro meses es una buena edad para empezar a tomar papillas. Hoy en día la mayoría suelen decantarse más hacia los seis meses y dentro de cinco años será a los ocho meses. Los problemas surgen porque pocos son los bebés que no escupen o vomitan sus primeras papillas, y las caras de asco que ponen no dejan lugar a dudas: odian los mejunjes que prepara mamá. Aun así, ella insiste en dárselos, ¡porque lo dice el pediatra! ¿Y lo que le dice su hijo qué?

Si un bebé no quiere tomarse la papilla, no hay que obligarle. Y no vale hacer ver que la cuchara es un avión y su boca el aeropuerto; eso es forzarle a comer por medio de una distracción. Cuando tenga interés en probar algo sólido ya se lo hará saber a sus padres; por ejemplo, alargará la mano para coger un trozo de pan. Esto puede ocurrir a los cuatro meses, a los seis, a los ocho, a los diez, o más tarde; cada bebé es diferente. Una buena idea es comer toda la familia junta (no los niños primero y los adultos después) y que los bebés y niños pequeños vean lo que comen sus padres. Tampoco es necesario triturarles tanto la comida. Si un bebé empieza a comer sólidos a los ocho o diez meses, puede masticar con las encías, si todavía no le han salido dientes. Después de todo, para la supervivencia del bebé la naturaleza no cuenta con que los padres de hoy tienen pasapurés; pero sí que cuenta con que la madre dará de mamar exclusivamente hasta que el niño requiera algo más.

Al dejar las papillas y poco a poco poder ir comiendo más o menos de todo es cuando empiezan los problemas de verdad. Los padres suelen estar contentos con los niños que comen mucho y de todo. Con los que comen "poco" (según el baremo paternal o del pediatra) y poco variado siempre hay peleas. Los niños no se preocupan por la comida. Cuando tienen hambre, comen (si les dejan) y lo que les gusta. Si se les ofrece algo que no les gusta, no se lo quieren comer. Pero los padres obsesionados insisten en que tienen que comer verduras, o pescado, o carne, o lo que sea que al niño no le gusta, y tiene que ser a la hora de la comida o de la cena y no cuando su cuerpo se lo pide. Algunos padres caen en la trampa de forzar a sus hijos a comer, o a hacerles chantaje: si no te comes todo lo que hay en el plato no tendrás postre. Algunos castigan a los niños a irse a la cama sin cenar. Los niños aprenden a odiar las comidas buenas (como las lentejas o las alcachofas, por ejemplo) porque les fuerzan a comerlas. Hay que tener en cuenta que algunos alimentos tienen un sabor demasiado fuerte para su joven paladar y por eso no les gusta. En cambio desarrollan una relación nada saludable con comidas que son verdaderamente malas: bollería y zumos industriales, patatas chip y comida rápida, que son las culpables de que existan ahora tantos casos de obesidad y diabetes en niños. Este es el tipo de comida que algunos padres usan como premio por comerse antes lo bueno. O sea, que acaban comiendo mucho más de lo que necesita su cuerpo: primero algo que no les gusta y luego porquería altamente perjudicial para su salud o postres llenos de azúcar. Otros lo dan a los niños que ¡no comen nada! (bueno, si fuera verdad ya se habrían muerto de hambre o como mínimo tendrían el vientre hinchado de desnutrición) y así al menos comen algo.

En realidad, crear buenos hábitos alimenticios en nuestros hijos es muy sencillo y no requiere forzar, chantajear, premiar o castigar, que como ya he expresado en otros blogs constituyen maltratos que los niños, como cualquier ser humano, no deberían sufrir. Para empezar, la mayoría de padres tienen que aprender a corregir sus propios hábitos alimenticios, porque sus hijos los observan y copian también en eso. En general, la mayoría de gente come más cantidad y más rápido (sin masticar bien) de lo que debería. En la época de nuestros abuelos, durante y después de la guerra, sí que escaseó la comida y ellos transmitieron a nuestros padres que había que comerse todo lo del plato porque quizás después no habría más. Nuestros padres nos transmitieron lo mismo cuando la comida ya no escaseaba y no era vital que el cuerpo almacenara lo que pudiera. Y algunos padres de hoy continúan transmitiendo esta urgencia por comer cuando ya no es que no sea necesaria sino que es perjudicial. Así pues, unos padres concienciados con su propia dieta saludable garantizarán buenos hábitos en sus hijos. En la medida de lo posible es mejor comer siempre con los hijos, todos sentados juntos a la mesa y sin prisa. Y si los niños tienen hambre antes de "la hora de comer" se puede comer antes o darles lo que quieran, siempre y cuando no sean porquerías llenas de azúcar. Y si todavía no tienen hambre a la hora establecida, pues ya la tendrán más tarde. También es mejor que se sirvan ellos mismos la cantidad que se vayan a comer, o si son muy pequeños no obligarles jamás a que se coman todo lo que les ha puesto mamá o papá. Que tengan derecho a decir "estoy lleno" o "ya no quiero más".

En cuanto a qué comer, en un hogar donde no se consuman la cantidad de productos malos que se encuentran en los supermercados y cadenas de comida rápida, raro será el niño que no esté bien alimentado. Si no le gustan las lentejas, las acelgas, el brocoli, las judías, los guisantes y las patatas, pues a lo mejor le gustan el maíz, las zanahorias, los tomates, el apio o el aguacate. Si no le gusta ni la carne ni el pescado, a lo mejor le gusta el pollo y los huevos. Que se coma unos donetes de vez en cuando tampoco tiene que ser algo que se prohíba; de hecho, es inevitable que los coma si el resto de amiguitos lo hacen, pero no habría que dárselo para merendar como rutina.    

Lo más importante, sin embargo, es no empecinarse tanto en cubrir lo que es una necesidad básica. Como es vital para sobrevivir, los bebés y niños comen cuando tienen hambre, y no es necesario que sus padres los ceben. Además, los hábitos alimenticios se adquieren a muy temprana edad y de mayor es más difícil corregirlos: un adulto a quien obligaron a comer de pequeño tenderá a comer más de lo necesario y será más proclive a la obesidad y otros trastornos derivados de ella. Las enfermedades como la anorexia nerviosa o la bulimia tienen su raíz también en la relación obsesiva con la comida que se crea en la infancia.

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