jueves, 16 de agosto de 2012

Ni premios ni castigos

¿Qué es un castigo? Según el diccionario: "sanción, pena impuesta." Es decir, es una consecuencia artificial (impuesta) por el adulto a un comportamiento no deseado del niño.

Los padres que castigan a sus hijos no solo no conseguirán el comportamiento que desean con el castigo sino que a la larga harán que sus hijos se alejen emocionalmente de ellos. El castigo es otra de esas soluciones rápidas que detendrá el comportamiento indeseado momentáneamente pero no lo apagará. Un niño castigado siente el miedo y la humillación que comporta el castigo pero no aprende nada de él. Por eso, seguirá actuando de la misma manera, solo que la próxima vez intentará hacerlo sin que lo pillen. Para muchos niños esconder ese comportamiento llega a ser una especie de juego. Para otros no es más que una técnica de supervivencia: no entienden por qué su comportamiento molesta tanto a sus padres, así que lo siguen haciendo, pero a escondidas de ellos.

Hay muchos tipos de castigos. Algunos son muy claros y los padres tienen plena conciencia de estar imponiéndolos. Estos incluyen: pegar, quitarles lo que más quieren (castigado sin tele, sin Nintendo, sin salir el fin de semana, sin ver a tus amigos), aislarlos (enviándolos a su habitación o al "rincón de pensar") o imponerles tareas. Otros son menos claros porque "se nos escapan": los gritos, insultos y chantajes emocionales también constituyen una forma de castigar. Todo castigo es una falta de respeto hacia el niño, que lo percibirá como algo injusto contra él (y lo es). En el futuro el niño recordará el castigo, no la lección que se ha pretendido enseñar.

¿Qué hacer entonces si un niño obra de manera que no conviene al adulto? Describir las consecuencias naturales de su comportamiento. Por ejemplo, si un niño rompe (expresamente) un juguete que no es suyo, el adulto describirá cómo se sentirá la persona que es dueña de ese objeto, le hará ver que su acción ha herido a otra persona. El niño así ve las consecuencias naturales de sus actos. Si el adulto cree que el niño es demasiado pequeño para entender el razonamiento, entonces es deber del adulto estar presente para retirar el juguete de las manos de su hijo. Otro caso en que los padres castigan a sus hijos es cuando estos se meten en algún peligro. El adulto se asusta y, incluso cuando ya ha pasado el peligro, regaña al niño. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el niño cruza la calle sin mirar y un coche no lo atropella de milagro. El adulto  tiene tanto miedo al comprender lo que podría haber pasado que en vez de abrazar a su hijo con alivio, lo que hace es gritarle: "¡Me has dado un susto de muerte!" e incluso zarandearle. Es una reacción comprensible pero que debería evitarse. El niño está confundido y no aprende la lección que su madre o padre le quiere transmitir. Lo que siente es miedo y culpa, la que le echan por el temor que han pasado ellos, los padres. De nada sirve regañar al niño cuando ya está en la otra acera. En vez de eso, antes de cruzar la siguiente calle y cuando el adulto se haya recuperado de su susto de muerte, le puede recordar al niño que tiene que mirar a ambos lados antes de cruzar, o darle la mano.

Los premios son la otra cara de la moneda. Como los castigos, sirven para controlar o manipular el comportamiento del niño. Puede ser una solución rápida y eficaz a corto plazo, pero a largo plazo es tan perjudicial como el castigo. Los premios matan la motivación verdadera que el niño pueda tener por hacer algo. En muchos hogares a los niños se les da dinero o estrellitas doradas por hacer las tareas de la casa. En muchos casos a los niños se les exigen tareas para las que son demasiado pequeños. En otros casos no las quieren hacer, prefieren seguir jugando. Ahí es donde los premios son de gran ayuda para los padres, con ellos sobornan a sus hijos para que hagan esos trabajos indeseados o que no se ven capaces de hacer. Estos niños no se aficionarán a las tareas (las seguirán aborreciendo) sino que aprenderán a no hacerlas a no ser que se les pague o premie. En otras palabras, es como si ya tuvieran un trabajo que no les proporciona ninguna satisfacción pero que desempeñan porque les da para comer (chuches). Estos niños, cuando sean adultos, tenderán a escoger carreras que les paguen bien antes de algo que realmente les satisfaga, que sea su sueño, su verdadera vocación. Tendrán más dinero, pero serán menos felices, igual que cuando eran niños.

Lo que propongo es que no se les ofrezca a los niños ningún tipo de premio. Si el niño no quiere recoger sus juguetes no se le castigará ni sobornará; se le describirán las consecuencias naturales de no hacerlo: por ejemplo, los recogerá otra persona que no sabe dónde van, así que los pondrá todos juntos en una caja y luego el niño no sabrá dónde encontrarlos. Si no se quiere bañar y ya lleva días sin hacerlo se le dirá que empieza a oler mal y si los niños del colegio lo huelen le llamarán "apestoso", algo que no le gustará. Si se niega a poner la mesa, la tendrá que poner mamá, otra vez, además de tener que hacer la cena y un montón de cosas más. A mamá no le gusta tener que hacer todo el trabajo ella y que los niños no ayuden; luego está agotada y resentida y no le quedan energías para leer cuentos a los niños; está demasiado cansada y se quiere ir a dormir.

El sistema educativo es un fracaso porque implementa el sistema de premios y castigos. Aprender es algo inherente en los seres humanos y por descontado en los niños. El problema es que no todos tienen interés por las mismas cosas y no todos aprenden al mismo ritmo. Por eso es necesario apretar a los rezagados, para que se pongan al nivel de la media; los que se pasan del nivel se aburren y se les llama superdotados. Las notas sirven para eso y para evaluar el progreso de cada alumno. Son como premios si son buenas, o como castigos si son malas. En ambos casos sirven para que el niño se concentre en ellas: el premio o el castigo; lo que hay que estudiar es el obstáculo por el que hay que pasar y si es algo que no les interesaba de buen principio, pronto lo olvidarán.

Los premios, además, son adictivos y el niño nunca se conformará con menos; cuantos más premios se le dén más querrá. Los elogios son parecidos a los premios y también son nocivos. A un niño que hace un dibujo y se le dice "que está muy bien" se le está tratando con condescendencia. ¿Quién se cree que es el adulto para juzgar si un dibujo está bien o mal?, ¿Picasso? Lo que hay que hacer es hablar del dibujo, describir lo que se ve, hacer preguntas que el niño responderá encantado al percibir el interés del adulto. Con un "está muy bien" se demuestra tener poco interés verdadero en el dibujo. Además, el "está muy bien" es como un premio, el niño querrá más y se hará adicto a esos elogios vacíos hasta el punto de perder el interés por el hecho propio de dibujar y más por ganarse la aprobación del adulto.