domingo, 9 de septiembre de 2012

El Trastorno por Déficit de Atención es un fraude

A los niños se les ponen etiquetas desde el día en que nacen. Al niño que llora mucho se le dice que es un "llorón", primera etiqueta. Si no llora, es "bueno". Luego crece y se le sigue enganchando calificativos. Es "travieso", "mentiroso", "egoísta", "malo", "tímido", "maleducado", "torpe", "tonto", "mentiroso" y todas estas cosas que se les dicen a los niños tan injustamente porque no actúan de la manera que los adultos desean.


Tachar de estas peculiaridades a los niños es contraproducente y dañino. Se piensan los adultos que al puntualizar cómo son los niños y hacerles saber que desaprobamos sus acciones, ellos dejarán de ser así. Pero hacen justamente lo contrario: si mamá o papá dicen que ellos son así, se lo creen y siguen actuando de esa manera, ahora más que antes, porque eso es lo que se espera de ellos. Algunos se creen tanto el rol que se les asigna que ellos mismos empiezan a decir: "Es que soy tonto". Los padres se alarman, y dicen: "¡Tú no eres tonto! ¿Por qué dices eso?" No recuerdan que son ellos mismos los que les han hecho creer eso.

Por otro lado están las etiquetas positivas, que tampoco son buenas. Se les dice: "¡Es que eres tan listo!", "superdotado", "inteligente", "mayor", "responsable". Al hermano mayor se le dice mucho que como "mayor" tiene que ser más responsable que su hermano y actuar de cierta manera. Los hijos se creen los papeles que les asignan sus padres pero a veces estos papeles son demasiado para ellos. Los padres que delegan la responsabilidad de cuidar o vigilar a un menor a su hijo mayor están desentendiéndose de su propio deber. Los hermanos mayores ya asumen esta responsabilidad por sí solos; no hace falta que se les presione más.

Una de las etiquetas más nocivas en la actualidad se llama TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Los niños a los que se les ha diagnosticado con esta condición son inquietos, muy movidos, incapaces de enfocar la atención. Personalmente creo que este trastorno es algo que se han inventado los psiquiatras o la industria farmacéutica. No sé quién ha sido pero estoy convencida de que es un fraude. Sí, así de claro: no existe. He comprobado que se dan muchos casos de niños "normales" a los que se les ha diagnosticado con TDAH y medicado durante años para luego descubrir que el diagnóstico era erróneo. También dicen que a muchos niños que padecen el trastorno no se les detecta o se les diagnostica otro tipo de trastorno, como el bipolar, por ejemplo.

Soy optimista y tiendo a pensar que los niños de hoy en día tienen más probabilidades de convertirse en adultos felices y emocionalmente inteligentes que en generaciones anteriores. Pero a veces pierdo un poco la esperanza. Los que nos concienciamos por un mundo mejor tenemos que luchar contra el consumismo, el afán de vender de las grandes corporaciones, a costa de lo que sea; en este caso, de la salud de nuestros hijos. Crean productos alimentarios cada vez más procesados y alejados de la naturaleza, que afectan al desarrollo y crecimiento de los niños. Luego salen estos trastornos y para combatirlos venden sus drogas legales, que transforman a los niños en seres dóciles y sumisos. Esto es muy grave, pero que encima se escriban libros para niños hablando del tema es el colmo.

He encontrado un libro de este tipo, publicado hace dos años, en Barcelona. El niño protagonista del cuento es Álex, "hiperactivo". De bebé, la pega es que "es muy llorón". Cuando se despierta por la mañana (después de haber pasado toda la noche solo en su cuna), los padres lo dejan sobre la manta de actividades. Él coge un juguete, lo deja, coge otro, lo deja, y así todo el rato, sin concentrarse en uno solo. "Enseguida se cansa y empieza a llorar desconsoladamente para que lo tomen en brazos. Los padres ya no saben qué darle para tenerlo entretenido un rato." ¿Es que no está claro? Este niño lo que necesita es contacto humano, que lo abracen, que sus padres le presten la atención y el cariño que se merece por haber nacido, y no que lo entretengan con juguetitos.

Álex también odia ir en coche, no soporta estar solo en la silla y "no para de llorar y chillar." Cuando empieza a caminar el problema es que "Corre, tropieza, siempre va deprisa y parece que solamente le gusta jugar en los sitios más peligrosos." Otro problema es que no quiere sentarse a la mesa cuando sus padres le obligan. "Los padres lo riñen y le advierten que si no se porta bien, tendrán que marcharse de la fiesta." Más tarde Álex va a la escuela, donde tiene muchos amigos y se lo pasa bien, pero "la maestra ha comentado a sus padres que a Álex le cuesta obedecer, que va muy a la suya, que no parece escuchar cuando se le habla y que se enfada con facilidad si no puede hacer lo que a él le apetece." Las cosas van de mal en peor. Álex tiene dificultades para seguir el ritmo de la clase, se distrae, sus padres no consiguen que les haga caso y "lo han de reñir continuamente para que se siente a hacer los deberes."

Por fin, los padres de Álex acuden a un psicólogo, que lo etiqueta como hiperactivo y le receta terapia y medicación. Triste desenlace. Y lo peor es que al final del libro se dice: "Los padres adoran a Álex y lo aceptan tal como es." Sobre todo ahora, claro, después de haber anulado su personalidad.

Después de leer este libro he descubierto que tanto mis hijos como yo padecemos el trastorno, porque los tres somos muy activos, corremos, tropezamos, nos gusta jugar en sitios peligrosos (somos exploradores), vamos a la nuestra, no escuchamos a quien no nos interesa, no seguimos el ritmo de la sociedad, nos enfadamos cuando alguien nos dice lo que tenemos que hacer, a veces comemos en el suelo y a veces de pie, no hacemos los deberes y sobre todo nos cuesta mucho obedecer. Aun así, no nos medicamos, y pobre del que intente vendernos una droga para que nos calmemos.

La mejor droga es el amor.