domingo, 9 de septiembre de 2012

El Trastorno por Déficit de Atención es un fraude

A los niños se les ponen etiquetas desde el día en que nacen. Al niño que llora mucho se le dice que es un "llorón", primera etiqueta. Si no llora, es "bueno". Luego crece y se le sigue enganchando calificativos. Es "travieso", "mentiroso", "egoísta", "malo", "tímido", "maleducado", "torpe", "tonto", "mentiroso" y todas estas cosas que se les dicen a los niños tan injustamente porque no actúan de la manera que los adultos desean.


Tachar de estas peculiaridades a los niños es contraproducente y dañino. Se piensan los adultos que al puntualizar cómo son los niños y hacerles saber que desaprobamos sus acciones, ellos dejarán de ser así. Pero hacen justamente lo contrario: si mamá o papá dicen que ellos son así, se lo creen y siguen actuando de esa manera, ahora más que antes, porque eso es lo que se espera de ellos. Algunos se creen tanto el rol que se les asigna que ellos mismos empiezan a decir: "Es que soy tonto". Los padres se alarman, y dicen: "¡Tú no eres tonto! ¿Por qué dices eso?" No recuerdan que son ellos mismos los que les han hecho creer eso.

Por otro lado están las etiquetas positivas, que tampoco son buenas. Se les dice: "¡Es que eres tan listo!", "superdotado", "inteligente", "mayor", "responsable". Al hermano mayor se le dice mucho que como "mayor" tiene que ser más responsable que su hermano y actuar de cierta manera. Los hijos se creen los papeles que les asignan sus padres pero a veces estos papeles son demasiado para ellos. Los padres que delegan la responsabilidad de cuidar o vigilar a un menor a su hijo mayor están desentendiéndose de su propio deber. Los hermanos mayores ya asumen esta responsabilidad por sí solos; no hace falta que se les presione más.

Una de las etiquetas más nocivas en la actualidad se llama TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Los niños a los que se les ha diagnosticado con esta condición son inquietos, muy movidos, incapaces de enfocar la atención. Personalmente creo que este trastorno es algo que se han inventado los psiquiatras o la industria farmacéutica. No sé quién ha sido pero estoy convencida de que es un fraude. Sí, así de claro: no existe. He comprobado que se dan muchos casos de niños "normales" a los que se les ha diagnosticado con TDAH y medicado durante años para luego descubrir que el diagnóstico era erróneo. También dicen que a muchos niños que padecen el trastorno no se les detecta o se les diagnostica otro tipo de trastorno, como el bipolar, por ejemplo.

Soy optimista y tiendo a pensar que los niños de hoy en día tienen más probabilidades de convertirse en adultos felices y emocionalmente inteligentes que en generaciones anteriores. Pero a veces pierdo un poco la esperanza. Los que nos concienciamos por un mundo mejor tenemos que luchar contra el consumismo, el afán de vender de las grandes corporaciones, a costa de lo que sea; en este caso, de la salud de nuestros hijos. Crean productos alimentarios cada vez más procesados y alejados de la naturaleza, que afectan al desarrollo y crecimiento de los niños. Luego salen estos trastornos y para combatirlos venden sus drogas legales, que transforman a los niños en seres dóciles y sumisos. Esto es muy grave, pero que encima se escriban libros para niños hablando del tema es el colmo.

He encontrado un libro de este tipo, publicado hace dos años, en Barcelona. El niño protagonista del cuento es Álex, "hiperactivo". De bebé, la pega es que "es muy llorón". Cuando se despierta por la mañana (después de haber pasado toda la noche solo en su cuna), los padres lo dejan sobre la manta de actividades. Él coge un juguete, lo deja, coge otro, lo deja, y así todo el rato, sin concentrarse en uno solo. "Enseguida se cansa y empieza a llorar desconsoladamente para que lo tomen en brazos. Los padres ya no saben qué darle para tenerlo entretenido un rato." ¿Es que no está claro? Este niño lo que necesita es contacto humano, que lo abracen, que sus padres le presten la atención y el cariño que se merece por haber nacido, y no que lo entretengan con juguetitos.

Álex también odia ir en coche, no soporta estar solo en la silla y "no para de llorar y chillar." Cuando empieza a caminar el problema es que "Corre, tropieza, siempre va deprisa y parece que solamente le gusta jugar en los sitios más peligrosos." Otro problema es que no quiere sentarse a la mesa cuando sus padres le obligan. "Los padres lo riñen y le advierten que si no se porta bien, tendrán que marcharse de la fiesta." Más tarde Álex va a la escuela, donde tiene muchos amigos y se lo pasa bien, pero "la maestra ha comentado a sus padres que a Álex le cuesta obedecer, que va muy a la suya, que no parece escuchar cuando se le habla y que se enfada con facilidad si no puede hacer lo que a él le apetece." Las cosas van de mal en peor. Álex tiene dificultades para seguir el ritmo de la clase, se distrae, sus padres no consiguen que les haga caso y "lo han de reñir continuamente para que se siente a hacer los deberes."

Por fin, los padres de Álex acuden a un psicólogo, que lo etiqueta como hiperactivo y le receta terapia y medicación. Triste desenlace. Y lo peor es que al final del libro se dice: "Los padres adoran a Álex y lo aceptan tal como es." Sobre todo ahora, claro, después de haber anulado su personalidad.

Después de leer este libro he descubierto que tanto mis hijos como yo padecemos el trastorno, porque los tres somos muy activos, corremos, tropezamos, nos gusta jugar en sitios peligrosos (somos exploradores), vamos a la nuestra, no escuchamos a quien no nos interesa, no seguimos el ritmo de la sociedad, nos enfadamos cuando alguien nos dice lo que tenemos que hacer, a veces comemos en el suelo y a veces de pie, no hacemos los deberes y sobre todo nos cuesta mucho obedecer. Aun así, no nos medicamos, y pobre del que intente vendernos una droga para que nos calmemos.

La mejor droga es el amor.




jueves, 16 de agosto de 2012

Ni premios ni castigos

¿Qué es un castigo? Según el diccionario: "sanción, pena impuesta." Es decir, es una consecuencia artificial (impuesta) por el adulto a un comportamiento no deseado del niño.

Los padres que castigan a sus hijos no solo no conseguirán el comportamiento que desean con el castigo sino que a la larga harán que sus hijos se alejen emocionalmente de ellos. El castigo es otra de esas soluciones rápidas que detendrá el comportamiento indeseado momentáneamente pero no lo apagará. Un niño castigado siente el miedo y la humillación que comporta el castigo pero no aprende nada de él. Por eso, seguirá actuando de la misma manera, solo que la próxima vez intentará hacerlo sin que lo pillen. Para muchos niños esconder ese comportamiento llega a ser una especie de juego. Para otros no es más que una técnica de supervivencia: no entienden por qué su comportamiento molesta tanto a sus padres, así que lo siguen haciendo, pero a escondidas de ellos.

Hay muchos tipos de castigos. Algunos son muy claros y los padres tienen plena conciencia de estar imponiéndolos. Estos incluyen: pegar, quitarles lo que más quieren (castigado sin tele, sin Nintendo, sin salir el fin de semana, sin ver a tus amigos), aislarlos (enviándolos a su habitación o al "rincón de pensar") o imponerles tareas. Otros son menos claros porque "se nos escapan": los gritos, insultos y chantajes emocionales también constituyen una forma de castigar. Todo castigo es una falta de respeto hacia el niño, que lo percibirá como algo injusto contra él (y lo es). En el futuro el niño recordará el castigo, no la lección que se ha pretendido enseñar.

¿Qué hacer entonces si un niño obra de manera que no conviene al adulto? Describir las consecuencias naturales de su comportamiento. Por ejemplo, si un niño rompe (expresamente) un juguete que no es suyo, el adulto describirá cómo se sentirá la persona que es dueña de ese objeto, le hará ver que su acción ha herido a otra persona. El niño así ve las consecuencias naturales de sus actos. Si el adulto cree que el niño es demasiado pequeño para entender el razonamiento, entonces es deber del adulto estar presente para retirar el juguete de las manos de su hijo. Otro caso en que los padres castigan a sus hijos es cuando estos se meten en algún peligro. El adulto se asusta y, incluso cuando ya ha pasado el peligro, regaña al niño. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el niño cruza la calle sin mirar y un coche no lo atropella de milagro. El adulto  tiene tanto miedo al comprender lo que podría haber pasado que en vez de abrazar a su hijo con alivio, lo que hace es gritarle: "¡Me has dado un susto de muerte!" e incluso zarandearle. Es una reacción comprensible pero que debería evitarse. El niño está confundido y no aprende la lección que su madre o padre le quiere transmitir. Lo que siente es miedo y culpa, la que le echan por el temor que han pasado ellos, los padres. De nada sirve regañar al niño cuando ya está en la otra acera. En vez de eso, antes de cruzar la siguiente calle y cuando el adulto se haya recuperado de su susto de muerte, le puede recordar al niño que tiene que mirar a ambos lados antes de cruzar, o darle la mano.

Los premios son la otra cara de la moneda. Como los castigos, sirven para controlar o manipular el comportamiento del niño. Puede ser una solución rápida y eficaz a corto plazo, pero a largo plazo es tan perjudicial como el castigo. Los premios matan la motivación verdadera que el niño pueda tener por hacer algo. En muchos hogares a los niños se les da dinero o estrellitas doradas por hacer las tareas de la casa. En muchos casos a los niños se les exigen tareas para las que son demasiado pequeños. En otros casos no las quieren hacer, prefieren seguir jugando. Ahí es donde los premios son de gran ayuda para los padres, con ellos sobornan a sus hijos para que hagan esos trabajos indeseados o que no se ven capaces de hacer. Estos niños no se aficionarán a las tareas (las seguirán aborreciendo) sino que aprenderán a no hacerlas a no ser que se les pague o premie. En otras palabras, es como si ya tuvieran un trabajo que no les proporciona ninguna satisfacción pero que desempeñan porque les da para comer (chuches). Estos niños, cuando sean adultos, tenderán a escoger carreras que les paguen bien antes de algo que realmente les satisfaga, que sea su sueño, su verdadera vocación. Tendrán más dinero, pero serán menos felices, igual que cuando eran niños.

Lo que propongo es que no se les ofrezca a los niños ningún tipo de premio. Si el niño no quiere recoger sus juguetes no se le castigará ni sobornará; se le describirán las consecuencias naturales de no hacerlo: por ejemplo, los recogerá otra persona que no sabe dónde van, así que los pondrá todos juntos en una caja y luego el niño no sabrá dónde encontrarlos. Si no se quiere bañar y ya lleva días sin hacerlo se le dirá que empieza a oler mal y si los niños del colegio lo huelen le llamarán "apestoso", algo que no le gustará. Si se niega a poner la mesa, la tendrá que poner mamá, otra vez, además de tener que hacer la cena y un montón de cosas más. A mamá no le gusta tener que hacer todo el trabajo ella y que los niños no ayuden; luego está agotada y resentida y no le quedan energías para leer cuentos a los niños; está demasiado cansada y se quiere ir a dormir.

El sistema educativo es un fracaso porque implementa el sistema de premios y castigos. Aprender es algo inherente en los seres humanos y por descontado en los niños. El problema es que no todos tienen interés por las mismas cosas y no todos aprenden al mismo ritmo. Por eso es necesario apretar a los rezagados, para que se pongan al nivel de la media; los que se pasan del nivel se aburren y se les llama superdotados. Las notas sirven para eso y para evaluar el progreso de cada alumno. Son como premios si son buenas, o como castigos si son malas. En ambos casos sirven para que el niño se concentre en ellas: el premio o el castigo; lo que hay que estudiar es el obstáculo por el que hay que pasar y si es algo que no les interesaba de buen principio, pronto lo olvidarán.

Los premios, además, son adictivos y el niño nunca se conformará con menos; cuantos más premios se le dén más querrá. Los elogios son parecidos a los premios y también son nocivos. A un niño que hace un dibujo y se le dice "que está muy bien" se le está tratando con condescendencia. ¿Quién se cree que es el adulto para juzgar si un dibujo está bien o mal?, ¿Picasso? Lo que hay que hacer es hablar del dibujo, describir lo que se ve, hacer preguntas que el niño responderá encantado al percibir el interés del adulto. Con un "está muy bien" se demuestra tener poco interés verdadero en el dibujo. Además, el "está muy bien" es como un premio, el niño querrá más y se hará adicto a esos elogios vacíos hasta el punto de perder el interés por el hecho propio de dibujar y más por ganarse la aprobación del adulto.

lunes, 30 de julio de 2012

Más escuchar y menos arreglarles los problemas

¿Por qué llora? es una pregunta que todas las madres del mundo se van a hartar de oír, y en cuanto sus hijos ya no sean tan bebés ellas mismas (y los papás también) van a hacer la misma pregunta a sus hijos: ¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?

¿Por qué pregunta la gente por qué llora el bebé? Porque quieren terminar con ese llanto, que es ensordecedor y pone de los nervios. Si encuentran el motivo podrán hacer callar al bebé. Por esa razón enseguida se encuentran motivos. A veces son personas totalmente extrañas que han visto al bebé por primera vez, pero ellas saben lo que le pasa: «Tiene hambre». Otros motivos que se dan son que tiene sueño, tiene el pañal sucio, le duele la tripita... Sea lo que sea, parece imperioso que se encuentre la razón de ese llanto. Y resulta que una gran mayoría de las veces lo que el bebé quiere es que se le coja en brazos o se le ponga en el pecho para recibir el amor y calor de su madre.

Los niños van creciendo pero todavía lloran y siempre están esos familiares y terceras personas que no paran de preguntar: «¿Por qué llora? ¡Haz algo para que pare!» Para algunas personas el llanto de los niños es tan insoportable que hacen lo que sea para que se callen. Les dicen «no llores», les dan caramelos, les interrogan a toda prisa para averiguar en cuanto antes qué les aflige tanto y así poder solucionar el problema. «¿Qué te pasa? ¿Tu hermano te ha quitado el chupa-chup? Pues te doy otro, ya está, todos contentos, ¡pero por Dios, no llores más, por favor!»

El niño se calla y ya está, parece que todo está bien. Solo que no lo está. Sin darse cuenta el adulto está reprimiendo las emociones del niño, que pueden ser frustración, enfado, tristeza, miedo o celos. Los niños, como todo el mundo, necesitan que se les quiera y se les escuche. Cuando lloran, lo menos importante es averiguar por qué lo hacen. Lo más importante y lo primero que hay que hacer es abrazarles (si se dejan), abrirse a ellos, estar a su lado, escuchar su llanto y no interrogar. Un niño que se vea acogido así se calmará antes porque se sentirá comprendido. Entonces será capaz de decir qué le pasaba cuando lloraba tanto. Si no lo hace porque es demasiado pequeño, el adulto puede describir lo que cree que ha causado el llanto. Así es como el niño aprende a verbalizar sus emociones.

Al hacerse más mayores los niños llorarán menos, pero seguirán mostrando sus emociones negativas de manera abierta si es que no se les ha enseñado a suprimirlas. Por ejemplo, cuando vengan del colegio mostrarán su enfado, miedo o tristeza por el acoso escolar que les ha hecho pasar otro niño. La reacción de muchos padres de hoy en día es la de actuar de la misma manera que su hijo y llevarlo más allá. Exclaman: «¡Voy a hablar con el director!» o «¡Ahora mismo voy a llamar a sus padres!» Si siguen así, lo fácil es que su hijo deje de contarles lo que sufre en el colegio. Esto es así porque con su reacción los padres no están prestando ninguna atención a cómo se siente su hijo. En vez de escucharle activamente pasan inmediatamente a la acción: a su hijo le han hecho daño así que ellos, como padres protectores, tienen que hacer algo para que no vuelva a ocurrir.

Puede que haya algunos niños que se contenten con que sus padres les arreglen los problemas porque siempre lo han hecho así, pero la mayoría, tarde o temprano, prefiere que sus padres «no se metan». Por eso, cuando un niño llega a casa quejándose de ser víctima de acoso por parte de otros niños, lo que hay que hacer es escucharle. El niño contará cómo se siente y lo que piensa hacer al respecto sin que los padres tengan que aportar la solución. Si es un niño acostumbrado a que le resuelvan los problemas, puede ser que se sorprenda cuando su madre o su padre le diga algo así: «Así que Pepe te quitó los cromos y te dijo que te iba a pegar si te chivabas. Eso te puso muy triste y te hizo enfadar y ahora no quieres verle nunca más en la vida. Pero mañana tienes que ir al colegio y él volverá a estar allí. Yo creo que encontrarás la manera de hacerle saber que no vas a tolerar que te trate así». Así se le está dando un gran voto de confianza al niño, después de haberle escuchado y empatizado con él. En lo sucesivo seguro que será capaz de enfrentarse al niño que le acosa y se sentirá orgulloso de ello por haberlo hecho solo. Y se lo contará a sus padres, que volverán a escucharle y compartir su alegría, sin intervenir.

jueves, 19 de julio de 2012

A los niños no se les pega

Cuando empecé este blog pensé que no escribiría nada sobre el castigo corporal, porque hoy en día ya todo el mundo está de acuerdo en que pegar a un niño constituye un maltrato. Me cuesta mucho creerlo, pero resulta que me equivoco. Aunque en España no se permite el castigo corporal en los centros educativos (en 22 estados de Estados Unidos sí) muchos padres todavía creen que un tortazo a tiempo y bien dado quita mucha tontería y además es educativo.

Los padres que creen eso ven a sus hijos como a seres inferiores a los que hay que controlar y dominar. Los quieren mucho, sí, pero su comportamiento deja mucho que desear y ellos, como padres, tienen el deber de cambiarlo recurriendo a la violencia si es necesario, para que se porten bien. No hace mucho tiempo en el mundo occidental se trataba a las mujeres de la misma manera. De la mujer se esperaba que obedeciera a su marido, el cual era responsable de controlar todo en su vida. La violencia de género siempre ha existido. El hecho de que ahora tenga tanta repercusión y antes no es solo porque ahora la sociedad ya no la tolera.

A los niños, en cambio, se les sigue pegando y sigue esperándose de ellos que obedezcan a alguien superior y más poderoso. Muchos padres lo hacen porque "es lo único que funciona". El niño no cambia de comportamiento a no ser que se le pegue. Esto no es verdad; lo que pasa es que cuando a un niño se le pega se siente tan dolido, humillado, rechazado, abandonado y no querido por su padre o su madre que responde inmediatamente actuando de la forma que espera el adulto con tal de recobrar su amor y aprobación. Así que a corto plazo, pegar va muy bien para algunos padres: el niño responde exactamente de la manera que esperan. A largo plazo, en cambio, le están haciendo mucho daño y no sería mala idea que abrieran una cuenta bancaria para ir ahorrando el dinero que su hijo necesitará en psicólogos más temprano que tarde. Además, un niño a quien se le pega irá alejándose emocionalmente de los que le pegan por puro instinto de supervivencia.

Muchos padres de hoy en día dicen que a ellos de niños les pegaron, y de adultos no les ha hecho ningún daño. "Sobrevivieron" es la palabra que usan; han salido "normales". Las personas que dicen esto han normalizado algo que debería ser intolerable. No se han parado a analizar la raíz de sus debilidades emocionales e insatisfacciones porque no son psicoterapeutas y la cuestión es vivir y tirar adelante. Eso es lo que significa sobrevivir. Y es un problema porque, si a ellos les pegaron y salieron normales, ¿por qué no pegar a sus hijos cuando se portan mal? Solo por el hecho de que estos padres hagan uso deliberado del castigo corporal en sus hijos, ya se puede decir que no han salido normales y que necesitan ayuda psicológica. Numerosos estudios han asociado el castigo corporal en los niños a coeficientes intelectuales más bajos, baja autoestima y de adultos, depresión y trastornos psicológicos, agresividad, problemas para relacionarse en sociedad y comportamientos delictivos.

Hay maneras y maneras de pegar a un niño. Hay padres que pegan a sus hijos en sangre fría, con plena conciencia de lo que están haciendo (dándoles una lección) y con total convicción de que lo que hacen está bien y es por el bien de sus hijos. Estos padres, repito, necesitan ayuda psicológica. Por otro lado, están los padres que creen que pegar a los niños no está bien y no quieren hacerlo pero... ¡lo hacen igualmente! Lo hacen porque el niño pone a tal límite su paciencia que pierden el control y se les escapa la bofetada o el cachete en el culo. Aunque así se liberan de la frustración que les ha causado el niño, después tienen un gran sentimiento de culpa. No quieren recurrir al castigo corporal pero piensan que quizás tengan razón los que dicen que es lo único que funciona. ¿Por qué entonces se sienten tan mal al hacerlo? Porque recuerdan lo mal que se sintieron de niños. Quizás no recuerden que sus padres les pegaron pero tanto su subconsciente como su cuerpo lo recuerda. Gracias a su subconsciente se sienten mal ahora al pegar ellos a sus hijos. El cuerpo, por su parte, es el que les ha ayudado a propinar ese golpe que no han podido controlar. Está demostrado que si un padre o madre pega a sus hijos a ellos de pequeños también les pegaron sus padres. A veces, este tipo de padres, los que no quieren pegar pero se les escapa, dan una palmadita en el culo o en la mano. A ellos no les parece que eso sea pegar porque ni siquiera duele, pero puede que a sus hijos sí que se lo parezca. Puede ser más humillante el gesto que el dolor físico. En esos casos, ver la reacción del niño ayudará a decidir si el adulto se ha pasado de la raya.

Por suerte, hay muchos padres a los que les pegaron de niños que hoy en día hacen el esfuerzo consciente de no pegar a sus hijos. Sí que hay otras maneras de razonar con ellos, como llevo explicando a lo largo de estos meses. Los hermanos se pegan entre ellos, pero un adulto no debería jamás pegar a un niño porque este ha pegado a otro. Eso solo le enseña al niño que es un ser inferior, pero cuando sea adulto él también podrá pegar a seres más vulnerables que él con total impunidad. En vez de eso, el adulto debe separarlos y escuchar y comprender a ambos niños, sin juzgar, como ya expliqué en Peleas entre hermanos. La violencia conduce a la violencia y es responsabilidad de los adultos no recurrir a ella para criar a niños seguros, confiados y felices.


sábado, 30 de junio de 2012

¿Por qué mienten los niños?

Para empezar, los niños no mienten. O al menos no son conscientes de que mienten en el sentido de "manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa". Los niños son el grupo de seres humanos más sinceros que hay, por eso mucha gente dice que son "crueles". Resulta que para vivir en sociedad y armonía la mayoría de gente prefiere la mentira o como mínimo que se les oculte la verdad. Por eso también hay tanta gente a quien no le gustan o le incomodan los niños, que son demasiado sinceros.

Pero se les enseña a mentir y ser hipócritas a muy temprana edad. Por ejemplo, obligándoles a usar buenos modales, cuando aun son demasiado pequeños para comprender o sentir el significado de las palabras "gracias", "por favor" y "lo siento", de lo que ya hablé en Los buenos modales. Otra manera muy eficiente en que aprenden a mentir es imitando a sus padres. Como ya expliqué en Los niños copian a sus héroes, los niños pequeños tienden a seguir el ejemplo de sus padres o cuidadores más cercanos, que son su mayor influencia.

Los padres y adultos en general suelen decir muchas mentiras a sus hijos, pero pronto se quejan de que sus hijos mienten e incluso los castigan por ello. ¿Y a los adultos quién los castiga por mentir? He aquí algunos ejemplos de mentiras que se dicen a los niños, algunas son pequeñas mentirijillas y otras no tanto: "si no te lo comes todo, no crecerás (o te morirás)", "si no te portas bien, no te traerán nada los Reyes/el Papá Noel/el ratoncito Pérez" (se porten bien o mal, esos personajes ficticios nunca les traerán nada), "es por tu propio bien", "cuando yo tenía tu edad no hacía estas cosas", "si no estudias no llegarás a nada en la vida", "eres malo/egoísta", "no te quiero", "te lo compraré mañana" (esperando que mañana ya no se acuerde), "me voy sin ti", "los niños vienen de París", "si me dices la verdad, no te pasará nada", "yo nunca miento"...

A los niños se les miente para protegerles, para ganar tiempo, para que obedezcan... o para castigarlos con la retirada del cariño ("no te quiero") porque han hecho enfadar a sus padres. Los padres que mienten tanto a sus hijos tienen que estar preparados a oír muchas mentiras de sus hijos. A partir de los cuatro años empiezan a ser pequeños expertos en crear "otras realidades". Si a los padres o educadores les molestan las mentiras de sus hijos y les dicen que "eso está mal" deben ser ellos los primeros en analizar sus propias mentiras. Los estudios que se han realizado demuestran que cuanto más mienten los padres, más mentirán sus hijos y es algo que irá en aumento a medida que crezcan.

Otra razón por qué los niños mienten es para evitar castigos. No lo hacen con malicia; es puro instinto de supervivencia. A nadie le gusta que le castiguen y si mentir o ocultar la verdad les evitará el castigo, no dudarán en hacer uso de ello. Una madre le pregunta a su hijo: "¿Has sido tú quién ha roto el jarrón de la abuela, sí o no?" El niño sopesa las opciones que tiene y se queda con la que menos le pueda perjudicar. Si contesta que sí ha sido él (la verdad), sabe que le caerá un castigo o una reprimenda. Si contesta que no (la mentira), cabe la posibilidad de que su madre le crea, por tanto no le castigará. Además, podría elaborar la mentira y acusar a su hermana pequeña de haberlo hecho; ella sólo tiene un año y no puede desmentir su mentira y tampoco la castigarán porque es demasiado pequeña. Ante estas dos opciones, ¿quién no mentiría?

Si a los padres les molesta y enfurece que sus hijos mientan para evitar el achaco de algo que han hecho "mal", pueden cambiar el comportamiento de sus hijos cambiando primero el suyo propio. Para empezar, sin acusar. En vez de preguntar: "¿Has sido tú...?" o "¿Quién ha sido?", como ya expliqué en El poder destructivo de la culpa, se puede describir lo que ha pasado: "Veo que se ha roto el jarrón de la abuela. Veremos si podemos arreglarlo." Y acto seguido, sin castigar. Si se castiga, es muy probable que aun después de haber descrito lo que ha pasado y no haber acusado a nadie, el culpable no sólo no admita su error sino que mienta de nuevo, callando o acusando a otra persona o elemento: "Ha sido el viento" o "Se ha caído solo." Si esto ocurre, es un buen momento para dar un voto de confianza al "mentiroso" y unirse a él diciendo algo así: "No entiendo cómo se puede haber caído solo o con el viento, si están todas las ventanas cerradas... Me pregunto si el gato le ha dado un golpe a la mesa sin querer y así es como se ha caído el jarrón... ¿Tú qué crees?" El niño acostumbrado al interrogatorio (¡para encontrar la verdad!), las acusaciones y el castigo recibirá este nuevo acercamiento con sorpresa, pero después de dos o tres veces ya no esconderá sus actos, sino que hará lo posible por solucionarlos, pidiendo ayuda sin miedo si no es capaz de hacerlo solo.

Los niños mienten también para conseguir algo. Lo hacen los niños acostumbrados a que sus padres les dén lo que desean no porque lo desean sino porque se lo han ganado. Los padres que hacen uso de incentivos y premios para conseguir un cierto comportamiento, oirán mentiras de sus hijos. Una vez más, no es por malicia, es por conseguir lo que quieren de la manera más fácil y rápida posible. Así el niño al que se le dice: "Si no haces los deberes, no hay tele" o "Podrás ver la tele cuando hayas acabado de hacer los deberes" mide sus opciones. Si sabe que mamá no comprobará si ha hecho los deberes o no, mentirá y dirá que sí los ha hecho; lo que sea con tal de no perderse su programa de tele favorito. Al día siguiente puede que vuelva a mentir: al profesor le dirá que sí los hizo pero se los olvidó en casa. Los niños que "hacen cuento" fingiendo estar enfermos para no ir al colegio o para obtener más afecto y atención del que sus padres les dan cuando están sanos también están mintiendo para conseguir algo que no se les da de forma gratuita.

Los niños mienten para complacer, porque creen que una mentira gustará más que la verdad. Esto también lo aprenden de los adultos, es lo que se conoce como mentira piadosa. Una madre que cocina con amor y esmero se siente herida cuando su hija aparta el plato de un manotazo y exclama: "¡Qué asco!" La madre le pide que no diga eso, porque "¡Está muy bueno! Y me he pasado toda la tarde cocinando, ¡desagradecida!" En otras palabras, le está pidiendo que le mienta. En vez de eso, podría decirle: "A mí sí que me gusta. Si a ti no te gusta puedes decírmelo sin decir qué asco, está asqueroso o esto es una mierda, porque son expresiones que me duelen." Muchos niños aprenden a decir mentiras piadosas de bien pequeños, gracias a la reacción de sus padres. El problema es que los niños muy pequeños no distinguen entre las mentiras piadosas y las otras. Así, una madre que le pregunta a su hijo: "¿Has colgado el abrigo en el armario?" oirá un "sí" convencido de su hijo por puras ganas de complacerla. La madre encontrará el abrigo en el suelo y exasperada gritará "¿Por qué mientes?" Con eso el niño se sentirá acusado, asustado al ver el enfado de mamá y confundido al no saber qué se espera de él. En vez de eso, una vez más hay que describir, con calma, lo que se ve: "El abrigo está en el suelo y tiene que estar en el armario." El niño sonreirá e incluso dirá: "¡Ay, se me ha olvidado!"

Por último, los niños mienten o cuentan historias para dar rienda suelta a su imaginación. En casos así, es contraproducente decirle a un niño que está mintiendo o se está inventando algo. Lo mejor es seguirle el juego. Si los adultos están a favor de inventar y perpetuar la historia de los Reyes Magos, el Papá Noel y el Ratoncito Pérez, ¿por qué no seguirles el juego cuando los que se inventan algo son ellos? Si la historia que cuenta el niño incomoda a los padres, se le puede decir: "¿Me lo dices en serio?", "¿De verdad?", "¿Es una broma?", etc., pero no decirle que es un mentiroso, porque los primeros en mentir, recordemos, son los padres.

lunes, 18 de junio de 2012

El peligro de las comparaciones

A veces los adultos hacen uso de las comparaciones entre niños para estimular al que de los dos niños va "atrasado" en algo. Se hace mucho sobre todo en las aulas, pero también, desgraciadamente, en el seno familiar. Para animar a un niño a hacer algo o a comportarse de cierta manera, se le compara a su hermano, que ya se comporta de la manera deseada por sus padres. A veces estas comparaciones son respecto a la personalidad del niño, al que se le dice: "¿Por qué no puedes ser como tu hermano?" Otras veces son referentes a las habilidades que se supone que deberían tener según su edad: "Tu hermano a tu edad ya se vestía solo." Algunos padres comparan a sus hijos con otros niños: "El hijo de Juan hace siempre los deberes sin que su madre se lo pida."

Con estas comparaciones se fomenta la competitividad entre los niños. En otras palabras, se les anima a que se unan a la carrera de la vida, a que sean los primeros y los mejores en todo, a que no se queden atrás. Los mismos padres están continuamente compitiendo unos con otros, a ver quién tiene el niño que saca mejores notas, el que mejor se porta, el que mejor juega al fútbol o al tenis o el que mejor toca el piano o la guitarra. Por eso se crearon los tests de cuoficiente intelectual y por eso los padres de hoy en día se empeñan en matricular a sus hijos en cuantas más actividades extracurriculares mejor. Como si lo que les obligan a hacer en el colegio no fuera suficiente.

Las comparaciones entre hermanos son especialmente nocivas porque el mensaje que intentan transmitir los padres: "Observa a tu hermano para llegar adonde está él" es diferente al que percibe el niño: "Mi hermano es mejor y por eso a él le quieren más y a mí menos". Eso crea rivalidad entre los hermanos y una competencia insana que puede durar toda la vida y hacerles mucho daño. Los niños no deberían competir jamás por el amor y atención de sus padres; es algo que se merecen gratuitamente, sin tener que ganárselo. Hay que aceptarlos tal como son, sin compararlos con ningún otro niño. Todos son diferentes y todos poseen destrezas y personalidades diferentes. Uno puede que sepa leer a la perfección a los tres años pero no se le dé nada bien atarse los cordones de los zapatos. Su hermano quizás a los seis años todavía no lea, pero en cambio le gusta ayudar a su padre en la cocina. El tercer hermano ni lee, ni cocina, ¡ni hace nada! pero le gusta regar las plantas. No existe ningún niño al que no le interese y motive algo; de hecho, suele ser más de una actividad. Los padres deberían fijarse en eso y facilitar el camino a sus hijos para que sigan lo que a ellos les interesa, en vez de obligarles a hacer lo que hacen todos y asegurarse de que estén a la altura. Asímismo, sus personalidades deben aceptarse tal como son. Se tiende a favorecer los carácteres extrovertidos, abiertos, simpáticos. A un niño tímido, introvertido, callado, sensible, se le tiende a decir que no sea así. ¿Por qué? No hay nada malo con ser tímido e introvertido, ¡no están haciendo daño a nadie con ser así! Ambos tipos de personalidad tienen mucho que aportar. Los niños introvertidos suelen ser más observadores y tienen más facilidad en concentrarse en las tareas que escogen desempeñar.

La causa principal del fracaso del sistema educativo actual es precisamente esta insistencia en comparar a los niños y hacerlos a todos pasar por el mismo tubo según su edad. Así, si tienen seis años, tienen que saber ya todos a leer, sumar y restar. Si alguno se atrasa (porque en realidad no le interesa leer, sumar y restar, sino ir en bicicleta) se le hace creer que es cortito, que no está a la altura de los demás. En vez de fomentar su afición por la bicicleta, el niño crece con poca autoestima, creyéndose tonto, sin que nadie sospeche que a los seis años no estaba preparado para la lectura, pero a los ocho quizás sí. Por otro lado, hay niños "adelantados", a los que enseguida se les hace tests y se les llama "superdotados", porque según su edad aprenden las cosas del colegio mucho más rápido que los demás. Tampoco se les hace ningún favor a estos niños poniéndoles la etiqueta de "más listos que los demás". A los niños, desde pequeños, se les enseña que forman parte de una manada, y por eso sienten tanto la presión del grupo; no les gusta sobresalir ni por debajo ni por encima. Si, en cambio, se les transmitiera el mensaje de que todos y cada uno de los humanos somos distintos, únicos y totalmente aceptables, se centrarían en sus propias competencias en vez de competir y estar constantemente comparándose con los demás.

miércoles, 30 de mayo de 2012

¿Qué significa portarse bien o mal?

Una de las distinciones que más usan los adultos cuando hablan de niños es si "se portan bien" o si "se portan mal". Los bebés "se portan bien" si duermen y comen mucho y no lloran. Los niños lo hacen si se están calladitos, comen todo lo que se les pone en el plato, no contestan nunca mal, hacen los deberes y en general obedecen a todo lo que se les manda. Y si los bebés y niños no hacen todo esto, se les dice que "se portan mal".

Según esta definición y por suerte para la humanidad, la gran mayoría de bebés y niños se portan muy mal. ¡Menos mal!

En realidad, los padres, educadores y mentores usan las palabras "portarse bien" o "mal" como un arma para controlar el comportamiento de los niños y conseguir así que sean sumisos y obedientes. Y a eso se le llama opresión, con lo cual los que se portan mal (aunque muchos no se dan cuenta) son los padres y educadores.

La verdad es que los niños no se portan ni bien ni mal, simplemente se portan como niños. Un bebé que llora, vomita el biberón y no duerme todo lo que a sus padres les gustaría no lo está haciendo para fastidiar a sus padres. Lo hace porque está en su naturaleza llamar a su madre a través del llanto si ella no está cerca. Los niños pequeños tampoco hacen lo que hacen para fastidiar a sus padres. Un niño que tiene una rabieta, como ya expliqué aquí, no se está portando mal.

Los niños que gritan, saltan, se ríen, hacen jaleo... no se portan mal. Lo que hacen es pasárselo bien, expresar su alegría, reírse, ¡ser felices! ¿Y qué hacen los adultos? Les piden que se callen, que no hagan tanto ruido, que no salten en el sofá o la cama, que no corran por el piso, que no hagan payasadas, que no hagan el tonto... No se dan cuenta que poco a poco les van apagando esa alegría, esa espontaneidad. Los adultos no soportan ese barullo porque ellos de pequeños también "molestaron" a sus padres con tanto ruido y a ellos también les hicieron callar y estarse quietecitos.

Y los niños que gritan enfadados, contestan a sus padres, les insultan o les pegan... Esos - sí, me atrevo a decirlo - tampoco se portan mal. También se están expresando con la naturalidad y sinceridad que caracteriza a los niños. Un niño que grita, pega o insulta está expresando su rabia por algo. Los niños pequeños pueden mostrar mucha agresividad y tardarán algunos años en aprender a controlarla. El error que cometen algunos padres es negar el enfado o castigarles por él. Cuando un niño está tan enfadado, decirle que se está portando mal o castigarlo porque se porta mal no hace más que empeorar las cosas. Como ya he dicho alguna vez, no es aconsejable negar ninguna emoción, ya sea positiva o negativa (enfado, tristeza, envidia, miedo). Al contrario, los niños, como todos, tienen pleno derecho a expresar todas sus emociones. Los adultos, a su vez, también pueden y deben mostrar sus emociones. Así, cuando el niño ya está calmado, pueden decirle que sus golpes e insultos les han hecho sentirse tristes y confundidos y que hay otras maneras de expresar su rabia, por ejemplo dibujando, escribiendo o incluso pegando a una almohada.

Nunca jamás debería decírsele a un niño que se porta mal. Ni hacerles el chantaje tantas veces oído: "Si te portas bien, haremos esto o lo otro", o "Si te portas mal, no tendrás esto o lo otro". Esto es faltarle el respeto al niño y mentirle (porque no es verdad que se porta mal, sino que no se está sometiendo a la voluntad de otra persona). En cambio, se puede intentar averiguar por qué el niño se está comportando de una manera que no es la deseable o conveniente para el adulto. A menudo es porque el niño está aburrido, porque no se le presta atención, porque está enfadado, porque le ha pasado algo en el colegio... Averiguarlo es fácil porque los niños son grandes comunicadores, aunque hay que saber escucharles. Si se les encierra en su cuarto o se les pone en el "rincón de pensar" porque se están portando mal, no contarán nada. Si se les dice: "me parece que estás aburrido" o "hoy te veo de mal humor, me pregunto si te has peleado con alguien en el colegio" o "estás muy movido, a lo mejor sería buena idea que fuéramos al parque a descargar energía" ellos dirán cómo se sienten y por qué hacen lo que hacen.