domingo, 9 de septiembre de 2012

El Trastorno por Déficit de Atención es un fraude

A los niños se les ponen etiquetas desde el día en que nacen. Al niño que llora mucho se le dice que es un "llorón", primera etiqueta. Si no llora, es "bueno". Luego crece y se le sigue enganchando calificativos. Es "travieso", "mentiroso", "egoísta", "malo", "tímido", "maleducado", "torpe", "tonto", "mentiroso" y todas estas cosas que se les dicen a los niños tan injustamente porque no actúan de la manera que los adultos desean.


Tachar de estas peculiaridades a los niños es contraproducente y dañino. Se piensan los adultos que al puntualizar cómo son los niños y hacerles saber que desaprobamos sus acciones, ellos dejarán de ser así. Pero hacen justamente lo contrario: si mamá o papá dicen que ellos son así, se lo creen y siguen actuando de esa manera, ahora más que antes, porque eso es lo que se espera de ellos. Algunos se creen tanto el rol que se les asigna que ellos mismos empiezan a decir: "Es que soy tonto". Los padres se alarman, y dicen: "¡Tú no eres tonto! ¿Por qué dices eso?" No recuerdan que son ellos mismos los que les han hecho creer eso.

Por otro lado están las etiquetas positivas, que tampoco son buenas. Se les dice: "¡Es que eres tan listo!", "superdotado", "inteligente", "mayor", "responsable". Al hermano mayor se le dice mucho que como "mayor" tiene que ser más responsable que su hermano y actuar de cierta manera. Los hijos se creen los papeles que les asignan sus padres pero a veces estos papeles son demasiado para ellos. Los padres que delegan la responsabilidad de cuidar o vigilar a un menor a su hijo mayor están desentendiéndose de su propio deber. Los hermanos mayores ya asumen esta responsabilidad por sí solos; no hace falta que se les presione más.

Una de las etiquetas más nocivas en la actualidad se llama TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Los niños a los que se les ha diagnosticado con esta condición son inquietos, muy movidos, incapaces de enfocar la atención. Personalmente creo que este trastorno es algo que se han inventado los psiquiatras o la industria farmacéutica. No sé quién ha sido pero estoy convencida de que es un fraude. Sí, así de claro: no existe. He comprobado que se dan muchos casos de niños "normales" a los que se les ha diagnosticado con TDAH y medicado durante años para luego descubrir que el diagnóstico era erróneo. También dicen que a muchos niños que padecen el trastorno no se les detecta o se les diagnostica otro tipo de trastorno, como el bipolar, por ejemplo.

Soy optimista y tiendo a pensar que los niños de hoy en día tienen más probabilidades de convertirse en adultos felices y emocionalmente inteligentes que en generaciones anteriores. Pero a veces pierdo un poco la esperanza. Los que nos concienciamos por un mundo mejor tenemos que luchar contra el consumismo, el afán de vender de las grandes corporaciones, a costa de lo que sea; en este caso, de la salud de nuestros hijos. Crean productos alimentarios cada vez más procesados y alejados de la naturaleza, que afectan al desarrollo y crecimiento de los niños. Luego salen estos trastornos y para combatirlos venden sus drogas legales, que transforman a los niños en seres dóciles y sumisos. Esto es muy grave, pero que encima se escriban libros para niños hablando del tema es el colmo.

He encontrado un libro de este tipo, publicado hace dos años, en Barcelona. El niño protagonista del cuento es Álex, "hiperactivo". De bebé, la pega es que "es muy llorón". Cuando se despierta por la mañana (después de haber pasado toda la noche solo en su cuna), los padres lo dejan sobre la manta de actividades. Él coge un juguete, lo deja, coge otro, lo deja, y así todo el rato, sin concentrarse en uno solo. "Enseguida se cansa y empieza a llorar desconsoladamente para que lo tomen en brazos. Los padres ya no saben qué darle para tenerlo entretenido un rato." ¿Es que no está claro? Este niño lo que necesita es contacto humano, que lo abracen, que sus padres le presten la atención y el cariño que se merece por haber nacido, y no que lo entretengan con juguetitos.

Álex también odia ir en coche, no soporta estar solo en la silla y "no para de llorar y chillar." Cuando empieza a caminar el problema es que "Corre, tropieza, siempre va deprisa y parece que solamente le gusta jugar en los sitios más peligrosos." Otro problema es que no quiere sentarse a la mesa cuando sus padres le obligan. "Los padres lo riñen y le advierten que si no se porta bien, tendrán que marcharse de la fiesta." Más tarde Álex va a la escuela, donde tiene muchos amigos y se lo pasa bien, pero "la maestra ha comentado a sus padres que a Álex le cuesta obedecer, que va muy a la suya, que no parece escuchar cuando se le habla y que se enfada con facilidad si no puede hacer lo que a él le apetece." Las cosas van de mal en peor. Álex tiene dificultades para seguir el ritmo de la clase, se distrae, sus padres no consiguen que les haga caso y "lo han de reñir continuamente para que se siente a hacer los deberes."

Por fin, los padres de Álex acuden a un psicólogo, que lo etiqueta como hiperactivo y le receta terapia y medicación. Triste desenlace. Y lo peor es que al final del libro se dice: "Los padres adoran a Álex y lo aceptan tal como es." Sobre todo ahora, claro, después de haber anulado su personalidad.

Después de leer este libro he descubierto que tanto mis hijos como yo padecemos el trastorno, porque los tres somos muy activos, corremos, tropezamos, nos gusta jugar en sitios peligrosos (somos exploradores), vamos a la nuestra, no escuchamos a quien no nos interesa, no seguimos el ritmo de la sociedad, nos enfadamos cuando alguien nos dice lo que tenemos que hacer, a veces comemos en el suelo y a veces de pie, no hacemos los deberes y sobre todo nos cuesta mucho obedecer. Aun así, no nos medicamos, y pobre del que intente vendernos una droga para que nos calmemos.

La mejor droga es el amor.




jueves, 16 de agosto de 2012

Ni premios ni castigos

¿Qué es un castigo? Según el diccionario: "sanción, pena impuesta." Es decir, es una consecuencia artificial (impuesta) por el adulto a un comportamiento no deseado del niño.

Los padres que castigan a sus hijos no solo no conseguirán el comportamiento que desean con el castigo sino que a la larga harán que sus hijos se alejen emocionalmente de ellos. El castigo es otra de esas soluciones rápidas que detendrá el comportamiento indeseado momentáneamente pero no lo apagará. Un niño castigado siente el miedo y la humillación que comporta el castigo pero no aprende nada de él. Por eso, seguirá actuando de la misma manera, solo que la próxima vez intentará hacerlo sin que lo pillen. Para muchos niños esconder ese comportamiento llega a ser una especie de juego. Para otros no es más que una técnica de supervivencia: no entienden por qué su comportamiento molesta tanto a sus padres, así que lo siguen haciendo, pero a escondidas de ellos.

Hay muchos tipos de castigos. Algunos son muy claros y los padres tienen plena conciencia de estar imponiéndolos. Estos incluyen: pegar, quitarles lo que más quieren (castigado sin tele, sin Nintendo, sin salir el fin de semana, sin ver a tus amigos), aislarlos (enviándolos a su habitación o al "rincón de pensar") o imponerles tareas. Otros son menos claros porque "se nos escapan": los gritos, insultos y chantajes emocionales también constituyen una forma de castigar. Todo castigo es una falta de respeto hacia el niño, que lo percibirá como algo injusto contra él (y lo es). En el futuro el niño recordará el castigo, no la lección que se ha pretendido enseñar.

¿Qué hacer entonces si un niño obra de manera que no conviene al adulto? Describir las consecuencias naturales de su comportamiento. Por ejemplo, si un niño rompe (expresamente) un juguete que no es suyo, el adulto describirá cómo se sentirá la persona que es dueña de ese objeto, le hará ver que su acción ha herido a otra persona. El niño así ve las consecuencias naturales de sus actos. Si el adulto cree que el niño es demasiado pequeño para entender el razonamiento, entonces es deber del adulto estar presente para retirar el juguete de las manos de su hijo. Otro caso en que los padres castigan a sus hijos es cuando estos se meten en algún peligro. El adulto se asusta y, incluso cuando ya ha pasado el peligro, regaña al niño. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el niño cruza la calle sin mirar y un coche no lo atropella de milagro. El adulto  tiene tanto miedo al comprender lo que podría haber pasado que en vez de abrazar a su hijo con alivio, lo que hace es gritarle: "¡Me has dado un susto de muerte!" e incluso zarandearle. Es una reacción comprensible pero que debería evitarse. El niño está confundido y no aprende la lección que su madre o padre le quiere transmitir. Lo que siente es miedo y culpa, la que le echan por el temor que han pasado ellos, los padres. De nada sirve regañar al niño cuando ya está en la otra acera. En vez de eso, antes de cruzar la siguiente calle y cuando el adulto se haya recuperado de su susto de muerte, le puede recordar al niño que tiene que mirar a ambos lados antes de cruzar, o darle la mano.

Los premios son la otra cara de la moneda. Como los castigos, sirven para controlar o manipular el comportamiento del niño. Puede ser una solución rápida y eficaz a corto plazo, pero a largo plazo es tan perjudicial como el castigo. Los premios matan la motivación verdadera que el niño pueda tener por hacer algo. En muchos hogares a los niños se les da dinero o estrellitas doradas por hacer las tareas de la casa. En muchos casos a los niños se les exigen tareas para las que son demasiado pequeños. En otros casos no las quieren hacer, prefieren seguir jugando. Ahí es donde los premios son de gran ayuda para los padres, con ellos sobornan a sus hijos para que hagan esos trabajos indeseados o que no se ven capaces de hacer. Estos niños no se aficionarán a las tareas (las seguirán aborreciendo) sino que aprenderán a no hacerlas a no ser que se les pague o premie. En otras palabras, es como si ya tuvieran un trabajo que no les proporciona ninguna satisfacción pero que desempeñan porque les da para comer (chuches). Estos niños, cuando sean adultos, tenderán a escoger carreras que les paguen bien antes de algo que realmente les satisfaga, que sea su sueño, su verdadera vocación. Tendrán más dinero, pero serán menos felices, igual que cuando eran niños.

Lo que propongo es que no se les ofrezca a los niños ningún tipo de premio. Si el niño no quiere recoger sus juguetes no se le castigará ni sobornará; se le describirán las consecuencias naturales de no hacerlo: por ejemplo, los recogerá otra persona que no sabe dónde van, así que los pondrá todos juntos en una caja y luego el niño no sabrá dónde encontrarlos. Si no se quiere bañar y ya lleva días sin hacerlo se le dirá que empieza a oler mal y si los niños del colegio lo huelen le llamarán "apestoso", algo que no le gustará. Si se niega a poner la mesa, la tendrá que poner mamá, otra vez, además de tener que hacer la cena y un montón de cosas más. A mamá no le gusta tener que hacer todo el trabajo ella y que los niños no ayuden; luego está agotada y resentida y no le quedan energías para leer cuentos a los niños; está demasiado cansada y se quiere ir a dormir.

El sistema educativo es un fracaso porque implementa el sistema de premios y castigos. Aprender es algo inherente en los seres humanos y por descontado en los niños. El problema es que no todos tienen interés por las mismas cosas y no todos aprenden al mismo ritmo. Por eso es necesario apretar a los rezagados, para que se pongan al nivel de la media; los que se pasan del nivel se aburren y se les llama superdotados. Las notas sirven para eso y para evaluar el progreso de cada alumno. Son como premios si son buenas, o como castigos si son malas. En ambos casos sirven para que el niño se concentre en ellas: el premio o el castigo; lo que hay que estudiar es el obstáculo por el que hay que pasar y si es algo que no les interesaba de buen principio, pronto lo olvidarán.

Los premios, además, son adictivos y el niño nunca se conformará con menos; cuantos más premios se le dén más querrá. Los elogios son parecidos a los premios y también son nocivos. A un niño que hace un dibujo y se le dice "que está muy bien" se le está tratando con condescendencia. ¿Quién se cree que es el adulto para juzgar si un dibujo está bien o mal?, ¿Picasso? Lo que hay que hacer es hablar del dibujo, describir lo que se ve, hacer preguntas que el niño responderá encantado al percibir el interés del adulto. Con un "está muy bien" se demuestra tener poco interés verdadero en el dibujo. Además, el "está muy bien" es como un premio, el niño querrá más y se hará adicto a esos elogios vacíos hasta el punto de perder el interés por el hecho propio de dibujar y más por ganarse la aprobación del adulto.

lunes, 30 de julio de 2012

Más escuchar y menos arreglarles los problemas

¿Por qué llora? es una pregunta que todas las madres del mundo se van a hartar de oír, y en cuanto sus hijos ya no sean tan bebés ellas mismas (y los papás también) van a hacer la misma pregunta a sus hijos: ¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?

¿Por qué pregunta la gente por qué llora el bebé? Porque quieren terminar con ese llanto, que es ensordecedor y pone de los nervios. Si encuentran el motivo podrán hacer callar al bebé. Por esa razón enseguida se encuentran motivos. A veces son personas totalmente extrañas que han visto al bebé por primera vez, pero ellas saben lo que le pasa: «Tiene hambre». Otros motivos que se dan son que tiene sueño, tiene el pañal sucio, le duele la tripita... Sea lo que sea, parece imperioso que se encuentre la razón de ese llanto. Y resulta que una gran mayoría de las veces lo que el bebé quiere es que se le coja en brazos o se le ponga en el pecho para recibir el amor y calor de su madre.

Los niños van creciendo pero todavía lloran y siempre están esos familiares y terceras personas que no paran de preguntar: «¿Por qué llora? ¡Haz algo para que pare!» Para algunas personas el llanto de los niños es tan insoportable que hacen lo que sea para que se callen. Les dicen «no llores», les dan caramelos, les interrogan a toda prisa para averiguar en cuanto antes qué les aflige tanto y así poder solucionar el problema. «¿Qué te pasa? ¿Tu hermano te ha quitado el chupa-chup? Pues te doy otro, ya está, todos contentos, ¡pero por Dios, no llores más, por favor!»

El niño se calla y ya está, parece que todo está bien. Solo que no lo está. Sin darse cuenta el adulto está reprimiendo las emociones del niño, que pueden ser frustración, enfado, tristeza, miedo o celos. Los niños, como todo el mundo, necesitan que se les quiera y se les escuche. Cuando lloran, lo menos importante es averiguar por qué lo hacen. Lo más importante y lo primero que hay que hacer es abrazarles (si se dejan), abrirse a ellos, estar a su lado, escuchar su llanto y no interrogar. Un niño que se vea acogido así se calmará antes porque se sentirá comprendido. Entonces será capaz de decir qué le pasaba cuando lloraba tanto. Si no lo hace porque es demasiado pequeño, el adulto puede describir lo que cree que ha causado el llanto. Así es como el niño aprende a verbalizar sus emociones.

Al hacerse más mayores los niños llorarán menos, pero seguirán mostrando sus emociones negativas de manera abierta si es que no se les ha enseñado a suprimirlas. Por ejemplo, cuando vengan del colegio mostrarán su enfado, miedo o tristeza por el acoso escolar que les ha hecho pasar otro niño. La reacción de muchos padres de hoy en día es la de actuar de la misma manera que su hijo y llevarlo más allá. Exclaman: «¡Voy a hablar con el director!» o «¡Ahora mismo voy a llamar a sus padres!» Si siguen así, lo fácil es que su hijo deje de contarles lo que sufre en el colegio. Esto es así porque con su reacción los padres no están prestando ninguna atención a cómo se siente su hijo. En vez de escucharle activamente pasan inmediatamente a la acción: a su hijo le han hecho daño así que ellos, como padres protectores, tienen que hacer algo para que no vuelva a ocurrir.

Puede que haya algunos niños que se contenten con que sus padres les arreglen los problemas porque siempre lo han hecho así, pero la mayoría, tarde o temprano, prefiere que sus padres «no se metan». Por eso, cuando un niño llega a casa quejándose de ser víctima de acoso por parte de otros niños, lo que hay que hacer es escucharle. El niño contará cómo se siente y lo que piensa hacer al respecto sin que los padres tengan que aportar la solución. Si es un niño acostumbrado a que le resuelvan los problemas, puede ser que se sorprenda cuando su madre o su padre le diga algo así: «Así que Pepe te quitó los cromos y te dijo que te iba a pegar si te chivabas. Eso te puso muy triste y te hizo enfadar y ahora no quieres verle nunca más en la vida. Pero mañana tienes que ir al colegio y él volverá a estar allí. Yo creo que encontrarás la manera de hacerle saber que no vas a tolerar que te trate así». Así se le está dando un gran voto de confianza al niño, después de haberle escuchado y empatizado con él. En lo sucesivo seguro que será capaz de enfrentarse al niño que le acosa y se sentirá orgulloso de ello por haberlo hecho solo. Y se lo contará a sus padres, que volverán a escucharle y compartir su alegría, sin intervenir.

jueves, 19 de julio de 2012

A los niños no se les pega

Cuando empecé este blog pensé que no escribiría nada sobre el castigo corporal, porque hoy en día ya todo el mundo está de acuerdo en que pegar a un niño constituye un maltrato. Me cuesta mucho creerlo, pero resulta que me equivoco. Aunque en España no se permite el castigo corporal en los centros educativos (en 22 estados de Estados Unidos sí) muchos padres todavía creen que un tortazo a tiempo y bien dado quita mucha tontería y además es educativo.

Los padres que creen eso ven a sus hijos como a seres inferiores a los que hay que controlar y dominar. Los quieren mucho, sí, pero su comportamiento deja mucho que desear y ellos, como padres, tienen el deber de cambiarlo recurriendo a la violencia si es necesario, para que se porten bien. No hace mucho tiempo en el mundo occidental se trataba a las mujeres de la misma manera. De la mujer se esperaba que obedeciera a su marido, el cual era responsable de controlar todo en su vida. La violencia de género siempre ha existido. El hecho de que ahora tenga tanta repercusión y antes no es solo porque ahora la sociedad ya no la tolera.

A los niños, en cambio, se les sigue pegando y sigue esperándose de ellos que obedezcan a alguien superior y más poderoso. Muchos padres lo hacen porque "es lo único que funciona". El niño no cambia de comportamiento a no ser que se le pegue. Esto no es verdad; lo que pasa es que cuando a un niño se le pega se siente tan dolido, humillado, rechazado, abandonado y no querido por su padre o su madre que responde inmediatamente actuando de la forma que espera el adulto con tal de recobrar su amor y aprobación. Así que a corto plazo, pegar va muy bien para algunos padres: el niño responde exactamente de la manera que esperan. A largo plazo, en cambio, le están haciendo mucho daño y no sería mala idea que abrieran una cuenta bancaria para ir ahorrando el dinero que su hijo necesitará en psicólogos más temprano que tarde. Además, un niño a quien se le pega irá alejándose emocionalmente de los que le pegan por puro instinto de supervivencia.

Muchos padres de hoy en día dicen que a ellos de niños les pegaron, y de adultos no les ha hecho ningún daño. "Sobrevivieron" es la palabra que usan; han salido "normales". Las personas que dicen esto han normalizado algo que debería ser intolerable. No se han parado a analizar la raíz de sus debilidades emocionales e insatisfacciones porque no son psicoterapeutas y la cuestión es vivir y tirar adelante. Eso es lo que significa sobrevivir. Y es un problema porque, si a ellos les pegaron y salieron normales, ¿por qué no pegar a sus hijos cuando se portan mal? Solo por el hecho de que estos padres hagan uso deliberado del castigo corporal en sus hijos, ya se puede decir que no han salido normales y que necesitan ayuda psicológica. Numerosos estudios han asociado el castigo corporal en los niños a coeficientes intelectuales más bajos, baja autoestima y de adultos, depresión y trastornos psicológicos, agresividad, problemas para relacionarse en sociedad y comportamientos delictivos.

Hay maneras y maneras de pegar a un niño. Hay padres que pegan a sus hijos en sangre fría, con plena conciencia de lo que están haciendo (dándoles una lección) y con total convicción de que lo que hacen está bien y es por el bien de sus hijos. Estos padres, repito, necesitan ayuda psicológica. Por otro lado, están los padres que creen que pegar a los niños no está bien y no quieren hacerlo pero... ¡lo hacen igualmente! Lo hacen porque el niño pone a tal límite su paciencia que pierden el control y se les escapa la bofetada o el cachete en el culo. Aunque así se liberan de la frustración que les ha causado el niño, después tienen un gran sentimiento de culpa. No quieren recurrir al castigo corporal pero piensan que quizás tengan razón los que dicen que es lo único que funciona. ¿Por qué entonces se sienten tan mal al hacerlo? Porque recuerdan lo mal que se sintieron de niños. Quizás no recuerden que sus padres les pegaron pero tanto su subconsciente como su cuerpo lo recuerda. Gracias a su subconsciente se sienten mal ahora al pegar ellos a sus hijos. El cuerpo, por su parte, es el que les ha ayudado a propinar ese golpe que no han podido controlar. Está demostrado que si un padre o madre pega a sus hijos a ellos de pequeños también les pegaron sus padres. A veces, este tipo de padres, los que no quieren pegar pero se les escapa, dan una palmadita en el culo o en la mano. A ellos no les parece que eso sea pegar porque ni siquiera duele, pero puede que a sus hijos sí que se lo parezca. Puede ser más humillante el gesto que el dolor físico. En esos casos, ver la reacción del niño ayudará a decidir si el adulto se ha pasado de la raya.

Por suerte, hay muchos padres a los que les pegaron de niños que hoy en día hacen el esfuerzo consciente de no pegar a sus hijos. Sí que hay otras maneras de razonar con ellos, como llevo explicando a lo largo de estos meses. Los hermanos se pegan entre ellos, pero un adulto no debería jamás pegar a un niño porque este ha pegado a otro. Eso solo le enseña al niño que es un ser inferior, pero cuando sea adulto él también podrá pegar a seres más vulnerables que él con total impunidad. En vez de eso, el adulto debe separarlos y escuchar y comprender a ambos niños, sin juzgar, como ya expliqué en Peleas entre hermanos. La violencia conduce a la violencia y es responsabilidad de los adultos no recurrir a ella para criar a niños seguros, confiados y felices.


sábado, 30 de junio de 2012

¿Por qué mienten los niños?

Para empezar, los niños no mienten. O al menos no son conscientes de que mienten en el sentido de "manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa". Los niños son el grupo de seres humanos más sinceros que hay, por eso mucha gente dice que son "crueles". Resulta que para vivir en sociedad y armonía la mayoría de gente prefiere la mentira o como mínimo que se les oculte la verdad. Por eso también hay tanta gente a quien no le gustan o le incomodan los niños, que son demasiado sinceros.

Pero se les enseña a mentir y ser hipócritas a muy temprana edad. Por ejemplo, obligándoles a usar buenos modales, cuando aun son demasiado pequeños para comprender o sentir el significado de las palabras "gracias", "por favor" y "lo siento", de lo que ya hablé en Los buenos modales. Otra manera muy eficiente en que aprenden a mentir es imitando a sus padres. Como ya expliqué en Los niños copian a sus héroes, los niños pequeños tienden a seguir el ejemplo de sus padres o cuidadores más cercanos, que son su mayor influencia.

Los padres y adultos en general suelen decir muchas mentiras a sus hijos, pero pronto se quejan de que sus hijos mienten e incluso los castigan por ello. ¿Y a los adultos quién los castiga por mentir? He aquí algunos ejemplos de mentiras que se dicen a los niños, algunas son pequeñas mentirijillas y otras no tanto: "si no te lo comes todo, no crecerás (o te morirás)", "si no te portas bien, no te traerán nada los Reyes/el Papá Noel/el ratoncito Pérez" (se porten bien o mal, esos personajes ficticios nunca les traerán nada), "es por tu propio bien", "cuando yo tenía tu edad no hacía estas cosas", "si no estudias no llegarás a nada en la vida", "eres malo/egoísta", "no te quiero", "te lo compraré mañana" (esperando que mañana ya no se acuerde), "me voy sin ti", "los niños vienen de París", "si me dices la verdad, no te pasará nada", "yo nunca miento"...

A los niños se les miente para protegerles, para ganar tiempo, para que obedezcan... o para castigarlos con la retirada del cariño ("no te quiero") porque han hecho enfadar a sus padres. Los padres que mienten tanto a sus hijos tienen que estar preparados a oír muchas mentiras de sus hijos. A partir de los cuatro años empiezan a ser pequeños expertos en crear "otras realidades". Si a los padres o educadores les molestan las mentiras de sus hijos y les dicen que "eso está mal" deben ser ellos los primeros en analizar sus propias mentiras. Los estudios que se han realizado demuestran que cuanto más mienten los padres, más mentirán sus hijos y es algo que irá en aumento a medida que crezcan.

Otra razón por qué los niños mienten es para evitar castigos. No lo hacen con malicia; es puro instinto de supervivencia. A nadie le gusta que le castiguen y si mentir o ocultar la verdad les evitará el castigo, no dudarán en hacer uso de ello. Una madre le pregunta a su hijo: "¿Has sido tú quién ha roto el jarrón de la abuela, sí o no?" El niño sopesa las opciones que tiene y se queda con la que menos le pueda perjudicar. Si contesta que sí ha sido él (la verdad), sabe que le caerá un castigo o una reprimenda. Si contesta que no (la mentira), cabe la posibilidad de que su madre le crea, por tanto no le castigará. Además, podría elaborar la mentira y acusar a su hermana pequeña de haberlo hecho; ella sólo tiene un año y no puede desmentir su mentira y tampoco la castigarán porque es demasiado pequeña. Ante estas dos opciones, ¿quién no mentiría?

Si a los padres les molesta y enfurece que sus hijos mientan para evitar el achaco de algo que han hecho "mal", pueden cambiar el comportamiento de sus hijos cambiando primero el suyo propio. Para empezar, sin acusar. En vez de preguntar: "¿Has sido tú...?" o "¿Quién ha sido?", como ya expliqué en El poder destructivo de la culpa, se puede describir lo que ha pasado: "Veo que se ha roto el jarrón de la abuela. Veremos si podemos arreglarlo." Y acto seguido, sin castigar. Si se castiga, es muy probable que aun después de haber descrito lo que ha pasado y no haber acusado a nadie, el culpable no sólo no admita su error sino que mienta de nuevo, callando o acusando a otra persona o elemento: "Ha sido el viento" o "Se ha caído solo." Si esto ocurre, es un buen momento para dar un voto de confianza al "mentiroso" y unirse a él diciendo algo así: "No entiendo cómo se puede haber caído solo o con el viento, si están todas las ventanas cerradas... Me pregunto si el gato le ha dado un golpe a la mesa sin querer y así es como se ha caído el jarrón... ¿Tú qué crees?" El niño acostumbrado al interrogatorio (¡para encontrar la verdad!), las acusaciones y el castigo recibirá este nuevo acercamiento con sorpresa, pero después de dos o tres veces ya no esconderá sus actos, sino que hará lo posible por solucionarlos, pidiendo ayuda sin miedo si no es capaz de hacerlo solo.

Los niños mienten también para conseguir algo. Lo hacen los niños acostumbrados a que sus padres les dén lo que desean no porque lo desean sino porque se lo han ganado. Los padres que hacen uso de incentivos y premios para conseguir un cierto comportamiento, oirán mentiras de sus hijos. Una vez más, no es por malicia, es por conseguir lo que quieren de la manera más fácil y rápida posible. Así el niño al que se le dice: "Si no haces los deberes, no hay tele" o "Podrás ver la tele cuando hayas acabado de hacer los deberes" mide sus opciones. Si sabe que mamá no comprobará si ha hecho los deberes o no, mentirá y dirá que sí los ha hecho; lo que sea con tal de no perderse su programa de tele favorito. Al día siguiente puede que vuelva a mentir: al profesor le dirá que sí los hizo pero se los olvidó en casa. Los niños que "hacen cuento" fingiendo estar enfermos para no ir al colegio o para obtener más afecto y atención del que sus padres les dan cuando están sanos también están mintiendo para conseguir algo que no se les da de forma gratuita.

Los niños mienten para complacer, porque creen que una mentira gustará más que la verdad. Esto también lo aprenden de los adultos, es lo que se conoce como mentira piadosa. Una madre que cocina con amor y esmero se siente herida cuando su hija aparta el plato de un manotazo y exclama: "¡Qué asco!" La madre le pide que no diga eso, porque "¡Está muy bueno! Y me he pasado toda la tarde cocinando, ¡desagradecida!" En otras palabras, le está pidiendo que le mienta. En vez de eso, podría decirle: "A mí sí que me gusta. Si a ti no te gusta puedes decírmelo sin decir qué asco, está asqueroso o esto es una mierda, porque son expresiones que me duelen." Muchos niños aprenden a decir mentiras piadosas de bien pequeños, gracias a la reacción de sus padres. El problema es que los niños muy pequeños no distinguen entre las mentiras piadosas y las otras. Así, una madre que le pregunta a su hijo: "¿Has colgado el abrigo en el armario?" oirá un "sí" convencido de su hijo por puras ganas de complacerla. La madre encontrará el abrigo en el suelo y exasperada gritará "¿Por qué mientes?" Con eso el niño se sentirá acusado, asustado al ver el enfado de mamá y confundido al no saber qué se espera de él. En vez de eso, una vez más hay que describir, con calma, lo que se ve: "El abrigo está en el suelo y tiene que estar en el armario." El niño sonreirá e incluso dirá: "¡Ay, se me ha olvidado!"

Por último, los niños mienten o cuentan historias para dar rienda suelta a su imaginación. En casos así, es contraproducente decirle a un niño que está mintiendo o se está inventando algo. Lo mejor es seguirle el juego. Si los adultos están a favor de inventar y perpetuar la historia de los Reyes Magos, el Papá Noel y el Ratoncito Pérez, ¿por qué no seguirles el juego cuando los que se inventan algo son ellos? Si la historia que cuenta el niño incomoda a los padres, se le puede decir: "¿Me lo dices en serio?", "¿De verdad?", "¿Es una broma?", etc., pero no decirle que es un mentiroso, porque los primeros en mentir, recordemos, son los padres.

lunes, 18 de junio de 2012

El peligro de las comparaciones

A veces los adultos hacen uso de las comparaciones entre niños para estimular al que de los dos niños va "atrasado" en algo. Se hace mucho sobre todo en las aulas, pero también, desgraciadamente, en el seno familiar. Para animar a un niño a hacer algo o a comportarse de cierta manera, se le compara a su hermano, que ya se comporta de la manera deseada por sus padres. A veces estas comparaciones son respecto a la personalidad del niño, al que se le dice: "¿Por qué no puedes ser como tu hermano?" Otras veces son referentes a las habilidades que se supone que deberían tener según su edad: "Tu hermano a tu edad ya se vestía solo." Algunos padres comparan a sus hijos con otros niños: "El hijo de Juan hace siempre los deberes sin que su madre se lo pida."

Con estas comparaciones se fomenta la competitividad entre los niños. En otras palabras, se les anima a que se unan a la carrera de la vida, a que sean los primeros y los mejores en todo, a que no se queden atrás. Los mismos padres están continuamente compitiendo unos con otros, a ver quién tiene el niño que saca mejores notas, el que mejor se porta, el que mejor juega al fútbol o al tenis o el que mejor toca el piano o la guitarra. Por eso se crearon los tests de cuoficiente intelectual y por eso los padres de hoy en día se empeñan en matricular a sus hijos en cuantas más actividades extracurriculares mejor. Como si lo que les obligan a hacer en el colegio no fuera suficiente.

Las comparaciones entre hermanos son especialmente nocivas porque el mensaje que intentan transmitir los padres: "Observa a tu hermano para llegar adonde está él" es diferente al que percibe el niño: "Mi hermano es mejor y por eso a él le quieren más y a mí menos". Eso crea rivalidad entre los hermanos y una competencia insana que puede durar toda la vida y hacerles mucho daño. Los niños no deberían competir jamás por el amor y atención de sus padres; es algo que se merecen gratuitamente, sin tener que ganárselo. Hay que aceptarlos tal como son, sin compararlos con ningún otro niño. Todos son diferentes y todos poseen destrezas y personalidades diferentes. Uno puede que sepa leer a la perfección a los tres años pero no se le dé nada bien atarse los cordones de los zapatos. Su hermano quizás a los seis años todavía no lea, pero en cambio le gusta ayudar a su padre en la cocina. El tercer hermano ni lee, ni cocina, ¡ni hace nada! pero le gusta regar las plantas. No existe ningún niño al que no le interese y motive algo; de hecho, suele ser más de una actividad. Los padres deberían fijarse en eso y facilitar el camino a sus hijos para que sigan lo que a ellos les interesa, en vez de obligarles a hacer lo que hacen todos y asegurarse de que estén a la altura. Asímismo, sus personalidades deben aceptarse tal como son. Se tiende a favorecer los carácteres extrovertidos, abiertos, simpáticos. A un niño tímido, introvertido, callado, sensible, se le tiende a decir que no sea así. ¿Por qué? No hay nada malo con ser tímido e introvertido, ¡no están haciendo daño a nadie con ser así! Ambos tipos de personalidad tienen mucho que aportar. Los niños introvertidos suelen ser más observadores y tienen más facilidad en concentrarse en las tareas que escogen desempeñar.

La causa principal del fracaso del sistema educativo actual es precisamente esta insistencia en comparar a los niños y hacerlos a todos pasar por el mismo tubo según su edad. Así, si tienen seis años, tienen que saber ya todos a leer, sumar y restar. Si alguno se atrasa (porque en realidad no le interesa leer, sumar y restar, sino ir en bicicleta) se le hace creer que es cortito, que no está a la altura de los demás. En vez de fomentar su afición por la bicicleta, el niño crece con poca autoestima, creyéndose tonto, sin que nadie sospeche que a los seis años no estaba preparado para la lectura, pero a los ocho quizás sí. Por otro lado, hay niños "adelantados", a los que enseguida se les hace tests y se les llama "superdotados", porque según su edad aprenden las cosas del colegio mucho más rápido que los demás. Tampoco se les hace ningún favor a estos niños poniéndoles la etiqueta de "más listos que los demás". A los niños, desde pequeños, se les enseña que forman parte de una manada, y por eso sienten tanto la presión del grupo; no les gusta sobresalir ni por debajo ni por encima. Si, en cambio, se les transmitiera el mensaje de que todos y cada uno de los humanos somos distintos, únicos y totalmente aceptables, se centrarían en sus propias competencias en vez de competir y estar constantemente comparándose con los demás.

miércoles, 30 de mayo de 2012

¿Qué significa portarse bien o mal?

Una de las distinciones que más usan los adultos cuando hablan de niños es si "se portan bien" o si "se portan mal". Los bebés "se portan bien" si duermen y comen mucho y no lloran. Los niños lo hacen si se están calladitos, comen todo lo que se les pone en el plato, no contestan nunca mal, hacen los deberes y en general obedecen a todo lo que se les manda. Y si los bebés y niños no hacen todo esto, se les dice que "se portan mal".

Según esta definición y por suerte para la humanidad, la gran mayoría de bebés y niños se portan muy mal. ¡Menos mal!

En realidad, los padres, educadores y mentores usan las palabras "portarse bien" o "mal" como un arma para controlar el comportamiento de los niños y conseguir así que sean sumisos y obedientes. Y a eso se le llama opresión, con lo cual los que se portan mal (aunque muchos no se dan cuenta) son los padres y educadores.

La verdad es que los niños no se portan ni bien ni mal, simplemente se portan como niños. Un bebé que llora, vomita el biberón y no duerme todo lo que a sus padres les gustaría no lo está haciendo para fastidiar a sus padres. Lo hace porque está en su naturaleza llamar a su madre a través del llanto si ella no está cerca. Los niños pequeños tampoco hacen lo que hacen para fastidiar a sus padres. Un niño que tiene una rabieta, como ya expliqué aquí, no se está portando mal.

Los niños que gritan, saltan, se ríen, hacen jaleo... no se portan mal. Lo que hacen es pasárselo bien, expresar su alegría, reírse, ¡ser felices! ¿Y qué hacen los adultos? Les piden que se callen, que no hagan tanto ruido, que no salten en el sofá o la cama, que no corran por el piso, que no hagan payasadas, que no hagan el tonto... No se dan cuenta que poco a poco les van apagando esa alegría, esa espontaneidad. Los adultos no soportan ese barullo porque ellos de pequeños también "molestaron" a sus padres con tanto ruido y a ellos también les hicieron callar y estarse quietecitos.

Y los niños que gritan enfadados, contestan a sus padres, les insultan o les pegan... Esos - sí, me atrevo a decirlo - tampoco se portan mal. También se están expresando con la naturalidad y sinceridad que caracteriza a los niños. Un niño que grita, pega o insulta está expresando su rabia por algo. Los niños pequeños pueden mostrar mucha agresividad y tardarán algunos años en aprender a controlarla. El error que cometen algunos padres es negar el enfado o castigarles por él. Cuando un niño está tan enfadado, decirle que se está portando mal o castigarlo porque se porta mal no hace más que empeorar las cosas. Como ya he dicho alguna vez, no es aconsejable negar ninguna emoción, ya sea positiva o negativa (enfado, tristeza, envidia, miedo). Al contrario, los niños, como todos, tienen pleno derecho a expresar todas sus emociones. Los adultos, a su vez, también pueden y deben mostrar sus emociones. Así, cuando el niño ya está calmado, pueden decirle que sus golpes e insultos les han hecho sentirse tristes y confundidos y que hay otras maneras de expresar su rabia, por ejemplo dibujando, escribiendo o incluso pegando a una almohada.

Nunca jamás debería decírsele a un niño que se porta mal. Ni hacerles el chantaje tantas veces oído: "Si te portas bien, haremos esto o lo otro", o "Si te portas mal, no tendrás esto o lo otro". Esto es faltarle el respeto al niño y mentirle (porque no es verdad que se porta mal, sino que no se está sometiendo a la voluntad de otra persona). En cambio, se puede intentar averiguar por qué el niño se está comportando de una manera que no es la deseable o conveniente para el adulto. A menudo es porque el niño está aburrido, porque no se le presta atención, porque está enfadado, porque le ha pasado algo en el colegio... Averiguarlo es fácil porque los niños son grandes comunicadores, aunque hay que saber escucharles. Si se les encierra en su cuarto o se les pone en el "rincón de pensar" porque se están portando mal, no contarán nada. Si se les dice: "me parece que estás aburrido" o "hoy te veo de mal humor, me pregunto si te has peleado con alguien en el colegio" o "estás muy movido, a lo mejor sería buena idea que fuéramos al parque a descargar energía" ellos dirán cómo se sienten y por qué hacen lo que hacen.

jueves, 17 de mayo de 2012

El poder destructivo de la culpa

A veces a los niños se les dicen cosas sin pensar realmente en lo que se les está diciendo, sin caer en lo nocivo de las palabras que a base de oírlas tantas veces nos parecen inofensivas. Una de esas frases, que causa estragos y que debería evitarse a toda costa, pero sin embargo se dice constantemente es: "¿Quién ha sido?"

La madre entra en la cocina y se encuentra la leche derramada por el suelo. Mira acusadora a sus dos hijos y exclama: "¿Quién ha sido?" En el colegio el profesor entra en el aula y se encuentra en la pizarra dibujada una caricatura de sí mismo que no le hace ninguna gracia. Hecho una furia mira a los alumnos, que se están partiendo de risa, y grita: "¿Quién ha sido?"

Ante un ataque así, la reacción de los niños es siempre la misma: acusar al prójimo o callar. Rara vez aparece un valiente que diga: "He sido yo." Y esto es así porque los castigos no gustan a nadie, y en ese quién ha sido va ímplicito un castigo que dice: el responsable de esto va a cargar con las consecuencias de sus actos. En el caso de los alumnos en el aula se crea de repente un silencio sepulcral. Los que saben quién ha sido no delatarán a su compañero y su solidaridad se verá compensada con un castigo colectivo.

Los niños pequeños que están acostumbrados a que sus padres, profesores o mentores busquen a los culpables de un mal comportamiento adquieren el hábito de informar a los adultos cuando otro niño (no ellos mismos) hacen algo que está "mal". En otras palabras, se convierten en acusadores, o chivatos. Sin embargo, si ellos mismos hacen algo que saben que no gustará a un adulto, jamás asumirán la culpa, sino que esconderán el hecho. Si el adulto pregunta quién ha sido, serán rápidos en contestar "yo no" o "ha sido él" o, si se ven en un callejón sin salida buscarán las mil y una excusas para escapar del castigo de la culpa.

La cuestión de la culpa es que nadie quiere tenerla. Es como una piedra incandescente que nos vamos pasando unos a otros y que nadie quiere aguantar durante más de un segundo, para no quemarse.

A los niños pequeños se les culpa mucho y muy injustamente y luego se pasan la vida intentando quitarse la culpa de encima y haciendo responsables a otras personas de sus propios actos o circunstancias. Una vez más, los niños hacen lo que ven: a ellos se les acusa, pues ellos acusan.

Mi propuesta de hoy para padres y mentores es que eliminen esa frase de su habla cotidiana. No importa quién haya sido. Lo que importa es que una acción ha llevado a una situación que requiere una solución. En el caso de la leche derramada en la cocina, la madre puede decir: "Veo que se ha caído la leche. Habrá que limpiarla." Sin haber acusado a nadie, lo fácil es que el niño al que se le haya caído la leche coja un trapo él mismo y la limpie. Si no lo hace, la madre puede sacar el trapo del cajón y dejarlo entre los dos niños y seguro que el responsable tomará el trapo y limpiará la leche. En el caso del profesor enfadado al ver su caricatura en la pizarra, este podría decir: "No me gusta nada este dibujo de mí en la pizarra. Me parece irrespetuoso y me ofende. Voy a salir del aula y cuando regrese dentro de cinco minutos espero que la pizarra esté limpia." El responsable (o algún compañero leal) limpiará la pizarra y nadie se sentirá acusado o con necesidad de acusar.

lunes, 30 de abril de 2012

Peleas entre hermanos

Los conflictos entre seres humanos existen; es parte de nuestra naturaleza y es inútil negarlo. Los niños también son personas, así que también existirán conflictos entre ellos, sobre todo entre hermanos. Tampoco se pueden negar, pero sí intentar resolver. Esta afirmación puede parecer obvia para mucha gente, pero lo cierto es que muchas veces se opta por negar, o "apagar" un conflicto entre niños, en vez de ayudarles a resolverlo.

El clásico ejemplo entre hermanos es la pelea por un juguete que quieren los dos. Uno dice: "Yo lo he cogido primero." El otro dice: "Es mío." ¿Qué hacen los padres? Uno dice: "Los juguetes son de los dos, así que quien lo ha cogido primero se lo queda." Otro dice: "El juguete es tuyo, así que tú te lo quedas." Otro dice: "O lo compartís o me lo llevo y no juega nadie, así no hay peleas." En los tres casos el padre o la madre actúa como juez, privando a los niños de la oportunidad de resolver el conflicto por sí solos. En los dos primeros casos, además, uno de los niños está contento con la decisión que toma el juez pero el otro no; en el tercer caso, ninguno de los dos está satisfecho con la resolución del problema.

Lo que se debería hacer es exponerles el caso, describírselo, y darles la oportunidad de resolverlo ellos: "Hay un solo patinete y dos niños. El patinete es de Óscar. Pablo lo ha cogido primero. Hmm... parece que tenéis un problema, pero estoy segura de que hablando seréis capaces de solucionarlo de manera que los dos estéis contentos." Dándoles este voto de confianza, muchos padres se sorprenderán al ver cómo a partir de ahí sus hijos llegan a un acuerdo por sí solos, incluso cuando son muy pequeños, de dos o tres años. Si son más mayores es incluso aconsejable dejarlos solos (siempre y cuando estén calmados y no se estén pegando e insultando) y decirles que cuando hayan resuelto el problema se lo pueden ir a mamá o papá, que esperará en otra parte de la casa. ¡Y lo harán!

Pero si es la primera vez que los padres actúan de moderadores y no de jueces, puede que a los niños les cueste de entrada pensar en soluciones. En ese caso se les puede seguir ayudando, describiendo siempre, nunca juzgando o tomando decisiones por ellos. Por ejemplo: "Pablo, tú lo has cogido primero porque eres mayor y más rápido, y a Óscar eso no le gusta porque nunca tiene la oportunidad de cogerlo primero. Óscar: el patinete es tuyo, pero Pablo te dejó ayer su bicicleta y su Nintendo." En este punto ya es casi seguro que los niños se habrán puesto a sugerir soluciones, y si no es así, el padre o la madre puede empezar a hacerlo por ellos: "¿Qué tal si Pablo lo usa durante diez minutos mientras Óscar y yo jugamos a fútbol y luego cambiamos?" A veces, ofrecer otra opción les puede distraer del objeto codiciado y facilitar la negociación. Los niños pueden aceptar la sugerencia o no, en cuyo caso alguno de los dos propondrá otra cosa, que al otro niño gustará o no, y propondrá otra cosa...

Tener que exponer el caso así a los niños cada vez que se pelean por algo puede llegar a ser tedioso, pero los padres que empiecen a poner esto en práctica pronto se darán cuenta de que los niños ya no acuden a ellos con cada pequeña trifulca y ellos solos se ponen a dialogar y negociar para arreglar sus conflictos. Los padres que actúan para "evitar peleas" entre sus hijos, como por ejemplo comprar siempre dos cosas de lo mismo, privan a sus hijos de la oportunidad de dialogar, negociar y resolver conflictos, que son destrezas importantísimas para su desarrollo emocional y social.

El inconveniente que tiene actuar como juez entre los hijos es que es muy fácil equivocarse y ser, precisamente, injusto. En otros casos en que un padre o una madre tiende a actuar de juez es cuando los hermanos se pegan o insultan. Uno grita: "¡Él ha empezado!" El otro responde: "¡Ha sido sin querer, él me lo ha hecho expresamente!" Lo que realmente importa es restablecer la paz, y no averiguar quién ha empezado, que es precisamente a lo que van muchos padres: a averiguar quién empezó para castigarlo. Los padres deberían escuchar a ambos sin juzgarlos. A menudo un niño que acusa a otro lo que está pidiendo es que se le escuche y se entienda cómo se siente. Para eso es de gran ayuda describir lo que ha pasado: "A ver si lo entiendo: tú estabas jugando tranquilamente y Pablo te ha dado una patada. Eso no te ha gustado nada, te has enfadado y le has pegado." En este punto Óscar se sentirá confortado por el mero hecho de ser escuchado y hablará más de como se siente. Pablo se defenderá, repitiendo que lo hizo sin querer. La madre dirá: "Ya veo. Tú no querías darle una patada, ha sido sin querer, y te ha dolido que Óscar te pegara incluso cuando ya le habías pedido perdón." Pablo también se sentirá comprendido y confortado y volverán a estar los dos contentos sin necesidad de haber castigado ni juzgado a ninguno de los dos (¡ni de haberles obligado a pedirse perdón!)

lunes, 16 de abril de 2012

Los buenos modales

Una gran parte de la sociedad todavía percibe a los niños como seres antisociales, que ni saludan, ni se despiden, ni dan las gracias, ni piden las cosas por favor, ni piden perdón.

Los padres ansiosos por pasar el test de "cómo educar a los hijos según los dictados de la sociedad" se creen con la responsabilidad de imponer "buenos modales" a sus hijos. Y una vez más, deciden complicar su vida y la de sus hijos forzando a los niños a hacer algo que ni entienden ni quieren hacer. Les dicen: "saluda a tu tío" o "da un beso a tu abuela". Los niños, que se fían de su instinto, no quieren besar o abrazar a alguien a quien no conocen o que no les presta atención, cariño o tiempo. Que se trate de su tío o de su abuela no tiene la más relevancia para ellos. Lo harán de manera natural con las personas que se ganen su cariño, sin necesidad de que nadie los coaccione.

Los padres que mandan a sus hijos a dar los besos de rigor a miembros de la familia lo hacen para quedar bien con esos miembros de la familia, que si no se ofenden. Que un adulto se ofenda porque un niño no quiere saludarle o darle un beso demuestra que el adulto tiene un problema; el niño no tiene ninguno: a esa persona no la conoce, así que pasa de ella. Así que si un tío o una abuela consideran primordial en sus vidas el saludo o los besos y abrazos del sobrino o nieto, son ellos los que tienen que ganarse su cariño prestándoles atención, interesándose por sus cosas, escuchándoles. Después de todo, un saludo o un beso de hola o adiós no es más que una convención, algo para quedar bien, y los niños son demasiado sinceros para dejarse llevar por convencionalismos. Generalmente no saludan porque se les olvida seguir el protocolo y van directamente a lo que les interesa, por ejemplo, la televisión encendida o una caja de galletas abierta encima de la mesa.

Los padres concienciados y respetuosos saben que los niños hacen lo que ven hacer más que lo que se les manda hacer. Así que ellos, como son adultos y educados, saludan y besan a las personas importantes en su vida, pero no obligan a sus hijos a que hagan lo mismo. Tampoco les advierten que no deberían hablar con extraños. Y son ellos los que van a saludar a otros niños que no son sus hijos y preguntar si les pueden dar un beso o un abrazo. Estos padres dejan que los niños sigan sus instintos. Un niño al que se le está constantemente mandando que dé un beso a tal o cual pariente perderá la oportunidad de decidir por sí mismo de quién se fía y de quién no, a quién se puede acercar íntimamente y a quién no. Y son estos niños los más vulnerables y peor capacitados para ver el peligro en personas poco fiables.

Otro aspecto de los buenos modales que lleva de cabeza a algunos padres son las palabras mágicas (como las llaman algunos) "gracias", "por favor" y "perdón". Algunos insisten en que sus hijos las usen incluso cuando son demasiado pequeños para comprender su significado. El niño grita "¡agua!" La madre responde: "¿cómo se pide?" y hasta que el niño no dice la palabra mágica, no le da el agua. Algunos  le acercan el vaso de agua y en el momento justo en que lo va a coger, con un movimiento rápido y cruel, el adulto lo retira y dice: "agua, ¿qué?" El niño grita: "¡agua ahora!" Incorrecto; la respuesta acertada es: "agua, por favor". Y si no dice por favor, ¡no hay agua! A base de repetirlo millones de veces el adulto espera que al niño se le meta en la cabeza que hay que decir ¡por favor!

Si se analiza bien, ¿es tan importante machacar así a un niño por el gusto de oír las palabritas "por" y "favor"? Una manera más sencilla y respetuosa de hacerlo es dando ejemplo: los padres que piden a sus hijos las cosas por favor (¡y hay muchísimos que no lo hacen!) y no les obligan a ellos a hacerlo obtendrán una gran satisfacción cuando sus hijos empiecen a decir por favor por sí mismos. Pero si no se pueden esperar a ese momento siempre pueden expresar un deseo sin forzar ni chantajear, por ejemplo: "me gustaría que cuando me pidas algo me lo digas así: agua, por favor, mami querida." Expresado de esta manera, no se obliga al niño a hacer nada a cambio de su necesidad básica de beber, pero la madre le hace saber que a ella le haría sentirse mucho mejor la petición formulada de esa manera.

Para sacarle un "gracias" a un niño, se le repite hasta la saciedad: "¿qué se dice?" Si el agradecimiento es hacia una tercera persona, la madre o padre que presiona a su hijo con un "¿qué se dice?" está poniendo al niño en evidencia; a veces el niño no ha tenido ni tiempo de pensar en la palabra mágica que toca en esta ocasión. Una vez más, el adulto es responsable de actuar como modelo: los padres deben dar gracias a sus hijos y así mostrar lo que significa estar agradecido. También son los padres los que deben dar las gracias a terceras personas en nombre de sus hijos para que ellos vean lo que es el agradecimiento. Obligar a un niño a decir "gracias" cuando el niño no siente agradecimiento porque no sabe lo que es, es otra tontería social impuesta por el bien de las buenas maneras. Los niños que aprenden con el ejemplo y no con la obligación de repetir un mantra social tardarán más en decir "gracias" pero cuando lo hagan, la persona a quien va dirigida ese "gracias" sentirá un gran placer al escuchar el agradecimiento puro que sale del niño y no del padre o la madre que un segundo antes le ha ordenado que lo diga.

Por último llega lo peor: los padres que obligan a sus hijos a decir "perdón". Es algo que se ve a diario en los parques infantiles. Un niño pega a otro o le hace daño sin querer. La madre del primero lo ve y rápidamente obliga a su hijo a acercarse al otro niño y pedir perdón. Así ella queda bien con la otra madre (o padre). A su hijo, en cambio, lo ha puesto en evidencia, sin darle la oportunidad de sentir él mismo esa acción que ha llevado al sufrimiento del otro niño. El sentimiento que nos lleva a pedir perdón a alguien es de culpa y como el agradecimiento, es algo que no debe imponerse en los niños (¡ni en nadie!). Ellos solos aprenden a sentir culpa o empatía por la persona que sufre dolor físico o emocional al ver a otros sentir el mismo sentimiento. Así, una madre cuyo niño pequeño hace daño a otro, debe ser la primera en pedir perdón en nombre de su hijo, centrándose en el niño que llora e ignorando momentáneamente a su propio hijo, que está observando la escena que él mismo ha causado y aprendiendo una valiosísima lección de empatía protagonizada por su propia madre. De esta manera el niño aprende cuando hay que decir "perdón" y lo dice constantemente y lo mejor es que realmente ¡lo siente! Los niños a los que se les obliga a decir "perdón", en cambio, adquieren una especie de aberración hacia el acto de pedir perdón, que va unido a la vergüenza a la que se les somete. Muchos llegan a ser totalmente incapaces de pedir perdón, aun y cuando lo sienten de verdad. Y esto es lo que les pasa todavía a muchos padres que son incapaces de pedir perdón a sus hijos por los errores que cometen a diario con ellos. 

sábado, 31 de marzo de 2012

Comer, comer, la obsesión de todos los días

Desde que nace su primer retoño, la gran mayoría de padres desarrolla una obsesión casi enfermiza sobre la alimentación de sus hijos. Casi siempre se preocupan de que no coman lo suficiente, pero también se inquietan si comen demasiado. Pocas veces están satisfechos con la cantidad y el tipo de comida que sus hijos deciden consumir. Durante los primeros meses, si el bebé toma el pecho exclusivamente, se libra un poco de este control porque no hay manera de saber cuánta leche bebe. Algunos bebés de teta tienen la suerte de ser ellos los que deciden cuántas veces al día maman: sus madres les ofrecen el pecho "a demanda". Otros menos afortunados tienen que seguir un régimen de dietas con tres o cuatro horas de intervalo; si lloran y piden pecho después de sólo una hora de haberlo tomado su madre deduce que llora por otra causa y le niega el pecho. Los niños de biberón están sometidos a mayor vigilancia: tienen que tomarse la leche cada cierto número de horas y acabarse toda la que ha prescrito la pediatra.

Surgen más problemas cuando el pediatra dice que es hora de introducir sólidos y hay que empezar por las frutas, o los cereales, o las verduras (depende del pediatra). Algunos pediatras opinan que los cuatro meses es una buena edad para empezar a tomar papillas. Hoy en día la mayoría suelen decantarse más hacia los seis meses y dentro de cinco años será a los ocho meses. Los problemas surgen porque pocos son los bebés que no escupen o vomitan sus primeras papillas, y las caras de asco que ponen no dejan lugar a dudas: odian los mejunjes que prepara mamá. Aun así, ella insiste en dárselos, ¡porque lo dice el pediatra! ¿Y lo que le dice su hijo qué?

Si un bebé no quiere tomarse la papilla, no hay que obligarle. Y no vale hacer ver que la cuchara es un avión y su boca el aeropuerto; eso es forzarle a comer por medio de una distracción. Cuando tenga interés en probar algo sólido ya se lo hará saber a sus padres; por ejemplo, alargará la mano para coger un trozo de pan. Esto puede ocurrir a los cuatro meses, a los seis, a los ocho, a los diez, o más tarde; cada bebé es diferente. Una buena idea es comer toda la familia junta (no los niños primero y los adultos después) y que los bebés y niños pequeños vean lo que comen sus padres. Tampoco es necesario triturarles tanto la comida. Si un bebé empieza a comer sólidos a los ocho o diez meses, puede masticar con las encías, si todavía no le han salido dientes. Después de todo, para la supervivencia del bebé la naturaleza no cuenta con que los padres de hoy tienen pasapurés; pero sí que cuenta con que la madre dará de mamar exclusivamente hasta que el niño requiera algo más.

Al dejar las papillas y poco a poco poder ir comiendo más o menos de todo es cuando empiezan los problemas de verdad. Los padres suelen estar contentos con los niños que comen mucho y de todo. Con los que comen "poco" (según el baremo paternal o del pediatra) y poco variado siempre hay peleas. Los niños no se preocupan por la comida. Cuando tienen hambre, comen (si les dejan) y lo que les gusta. Si se les ofrece algo que no les gusta, no se lo quieren comer. Pero los padres obsesionados insisten en que tienen que comer verduras, o pescado, o carne, o lo que sea que al niño no le gusta, y tiene que ser a la hora de la comida o de la cena y no cuando su cuerpo se lo pide. Algunos padres caen en la trampa de forzar a sus hijos a comer, o a hacerles chantaje: si no te comes todo lo que hay en el plato no tendrás postre. Algunos castigan a los niños a irse a la cama sin cenar. Los niños aprenden a odiar las comidas buenas (como las lentejas o las alcachofas, por ejemplo) porque les fuerzan a comerlas. Hay que tener en cuenta que algunos alimentos tienen un sabor demasiado fuerte para su joven paladar y por eso no les gusta. En cambio desarrollan una relación nada saludable con comidas que son verdaderamente malas: bollería y zumos industriales, patatas chip y comida rápida, que son las culpables de que existan ahora tantos casos de obesidad y diabetes en niños. Este es el tipo de comida que algunos padres usan como premio por comerse antes lo bueno. O sea, que acaban comiendo mucho más de lo que necesita su cuerpo: primero algo que no les gusta y luego porquería altamente perjudicial para su salud o postres llenos de azúcar. Otros lo dan a los niños que ¡no comen nada! (bueno, si fuera verdad ya se habrían muerto de hambre o como mínimo tendrían el vientre hinchado de desnutrición) y así al menos comen algo.

En realidad, crear buenos hábitos alimenticios en nuestros hijos es muy sencillo y no requiere forzar, chantajear, premiar o castigar, que como ya he expresado en otros blogs constituyen maltratos que los niños, como cualquier ser humano, no deberían sufrir. Para empezar, la mayoría de padres tienen que aprender a corregir sus propios hábitos alimenticios, porque sus hijos los observan y copian también en eso. En general, la mayoría de gente come más cantidad y más rápido (sin masticar bien) de lo que debería. En la época de nuestros abuelos, durante y después de la guerra, sí que escaseó la comida y ellos transmitieron a nuestros padres que había que comerse todo lo del plato porque quizás después no habría más. Nuestros padres nos transmitieron lo mismo cuando la comida ya no escaseaba y no era vital que el cuerpo almacenara lo que pudiera. Y algunos padres de hoy continúan transmitiendo esta urgencia por comer cuando ya no es que no sea necesaria sino que es perjudicial. Así pues, unos padres concienciados con su propia dieta saludable garantizarán buenos hábitos en sus hijos. En la medida de lo posible es mejor comer siempre con los hijos, todos sentados juntos a la mesa y sin prisa. Y si los niños tienen hambre antes de "la hora de comer" se puede comer antes o darles lo que quieran, siempre y cuando no sean porquerías llenas de azúcar. Y si todavía no tienen hambre a la hora establecida, pues ya la tendrán más tarde. También es mejor que se sirvan ellos mismos la cantidad que se vayan a comer, o si son muy pequeños no obligarles jamás a que se coman todo lo que les ha puesto mamá o papá. Que tengan derecho a decir "estoy lleno" o "ya no quiero más".

En cuanto a qué comer, en un hogar donde no se consuman la cantidad de productos malos que se encuentran en los supermercados y cadenas de comida rápida, raro será el niño que no esté bien alimentado. Si no le gustan las lentejas, las acelgas, el brocoli, las judías, los guisantes y las patatas, pues a lo mejor le gustan el maíz, las zanahorias, los tomates, el apio o el aguacate. Si no le gusta ni la carne ni el pescado, a lo mejor le gusta el pollo y los huevos. Que se coma unos donetes de vez en cuando tampoco tiene que ser algo que se prohíba; de hecho, es inevitable que los coma si el resto de amiguitos lo hacen, pero no habría que dárselo para merendar como rutina.    

Lo más importante, sin embargo, es no empecinarse tanto en cubrir lo que es una necesidad básica. Como es vital para sobrevivir, los bebés y niños comen cuando tienen hambre, y no es necesario que sus padres los ceben. Además, los hábitos alimenticios se adquieren a muy temprana edad y de mayor es más difícil corregirlos: un adulto a quien obligaron a comer de pequeño tenderá a comer más de lo necesario y será más proclive a la obesidad y otros trastornos derivados de ella. Las enfermedades como la anorexia nerviosa o la bulimia tienen su raíz también en la relación obsesiva con la comida que se crea en la infancia.

viernes, 16 de marzo de 2012

Cuanto más «enmadrados» estén, más independientes serán

Se creen algunos padres, los que más se dejan llevar por la tiranía de la sociedad y menos por su instinto natural, que a los hijos hay que acostumbrarlos cuanto antes a que sean independientes y seguros de sí mismos. Son estos los que ponen a sus bebés en cunas y destetan cuanto antes, y llevan a la guardería y animan a que caminen cuando ya saben hacerlo, ¡y no a ir en brazos de mamá todo el día! No sospechan que todas estas prácticas no hacen al niño más independiente, sino todo lo contrario. Ya hablé de como un bebé al que se pone a dormir solo no es que se acostumbre, sino que se resigna a no tener el amor de sus padres por la noche. En el caso del niño que se deja llorando en la guardería ocurre lo mismo. Si llora de esa manera cada vez que se despide de su madre es que no tiene la seguridad y confianza para enfrentarse a esta separación y no por imponérsela a la fuerza la adquirirá. Y si deja de llorar en cuanto la madre se ha ido, no es que le estuviera haciendo chantaje emocional y ahora ya está tan contento. Es que se ha resignado y ¿para qué seguir llorando si ya no hay solución?

El término "ansiedad de la separación" es uno que como muchísimos otros se inventó hace pocas décadas; antes no había sido necesario porque la sociedad no había impuesto estas separaciones, tan antinaturales, entre los bebés y sus madres, y no había habido ansiedad por ninguna de las dos partes. Que se hayan hecho necesarias, porque la madre tenga que ir a trabajar, por ejemplo, es una realidad. Pero los padres deberían al menos saber que las guarderías pueden ser un buen remedio para ellos, pero para los niños no. Aparte de ser un nido de enfermedades que se contagian unos a otros cuando sus cuerpecitos no tienen el sistema inmunológico lo suficientemente desarrollado porque se les destetó a muy temprana edad, en las guarderías los niños no reciben ni el cuidado ni el cariño que precisan a esta edad. Y el hecho de estar rodeados de otros niños tampoco contribuye más a su desarrollo emocional, porque a esa edad al niño el único contacto social que le interesa es el de personas que le quieran, no el de otros niños egocéntricos como él. Lo ideal para niños pequeños con ambos padres trabajadores es quedarse al cuidado de los abuelos o de una persona allegada que les quiera como si fuera su propia madre. Porque cuanto más amor y contacto físico tenga un bebé y un niño en sus primeros años, más feliz, afectuoso, independiente y seguro de sí mismo será al crecer. En un mundo ideal los niños jamás sentirían la ansiedad de la separación, porque serían ellos mismos los que se separarían de su madre cuando ellos estuvieran preparados para hacerlo, poco a poco y de forma natural. Es así como ocurre en el resto del mundo animal.

La independencia pues, no estriba en la separación. Es más, todos los estudios realizados demuestran que los niños que más "enmadrados" han estado en sus primeros años, más independientes han sido después, porque han tenido la seguridad, conexión emocional y apoyo que les han dado sus padres.

En cambio, hay muchas maneras de promover la independencia en los hijos, que curiosamente los mismos padres que están tan a favor de la separación, no ven. Por ejemplo, dejándoles explorar el mundo que les rodea sin ser sobreprotectores, como ya vimos. O dándoles opciones en vez de órdenes sobre lo que tienen que hacer. O dejándoles hacer cosas por sí mismos. Por ejemplo, teniendo acceso libre a la nevera para servirse ellos mismos un vaso de leche. Y si se les cae la leche, en vez que acudir corriendo a limpiarla farfullando "ya sabía que se te iba a caer", se les da el trapo para que ellos mismos la limpien o se les recuerda donde están los trapos diciendo: "veo que se ha derramado la leche; los trapos están en el cajón de abajo".

Otro aspecto importantísimo es el de su cuerpo. Por pequeños que sean, su cuerpo les pertenece y deberían tener sobre él mucha más autonomía de la que muchos padres les dan. El ejemplo típico es el del padre o la madre que insiste en poner otra capa de abrigo al hijo que se resiste. A ellos les parece que el bebé o niño pequeño debe de tener muchísimo frío, aunque ellos no van tan abrigados porque... bueno, son mayores. En el caso de los bebés, no hay que abrigarlos más que a nosotros mismos, pues sienten el frío o el calor de la misma manera. En el caso de los niños que juegan en el parque, si se niegan a abrigarse más, es que no lo necesitan porque están moviéndose y jugando. ¡Si tienen frío ya lo dirán!

Pasa lo mismo con la comida y con la ropa. Algunos padres insisten en forzar a sus hijos a comer cuando no tienen hambre o a darles alimentos que no les gustan. O les obligan a ponerse ropas que los niños no se quieren poner. Los atañen a horarios, de comer, de irse a la cama, de levantarse, que no concuerdan para nada con sus propios intereses. Más tarde en el colegio les obligan a estudiar cosas que no les interesan nada...

Todo esto no solo no promueve la tan ansiada independencia de los hijos sino que la medra porque no deja de ser opresión y falta de libertad. Es cierto que para vivir en sociedad hay que atenerse a ciertas normas, pero bien mirado, se podrían reducir a una: "Vive y deja vivir" o "Haz lo que quieras siempre y cuando no estés haciendo daño a los demás o a ti mismo". Muchos padres deberían pararse a reflexionar sobre esto y preguntarse si realmente es tan importante que su hijo se bañe cada noche si él no quiere hacerlo, o se ponga la ropa que ellos escogen y no la que quiere el niño, aunque la camiseta y el pantalón no peguen nada. ¿Y qué más da que vaya descalzo, sobre todo estando en casa? De hecho, ir descalzo es terapéutico y saludable, algo que los bebés y niños deberían hacer más.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Caerse o no caerse, de la empatía a la sobreprotección

Proteger a los hijos es un instinto arraigado en la mayoría de padres. A nadie le gusta ver que un hijo suyo sufre dolor emocional o físico. Sin embargo, algunos padres son de la opinión que la vida es dura y no es malo que los niños se acostumbren de pequeños a algunos maltratos o desafortunados accidentes. El típico ejemplo es el del niño que se cae, se hace una rascadita y llora como si fuera a morirse. El padre o la madre se apresuran a quitarle importancia, diciendo: "Va, no ha sido nada, levántate, deja de llorar". Piensan que si muestran compasión eso alimentará aun más el llanto de su hijo, y lo que hay que conseguir es endurecerlo para prepararlo para los avatares de la vida. De hecho, ocurre lo contrario. Al dolor físico se le une el dolor emocional de saber que a sus padres no les importa cómo se siente. Y si de sus propios padres se puede esperar tan poca estima, ¿de quién lo hará? El niño aprende a valorarse poco y esperar que otros tampoco le valoren. A estos padres hay que pedirles que se pongan en la situación del niño. ¿Cómo se sentirían si fueran caminando por la calle con un amigo, de repente se tropezaran y cayeran al suelo, y su amigo les dijera: "va, no ha sido nada, levántate"?  No creo que a nadie le gustara eso. En cambio, si el amigo le tendiera una mano y preguntara: "¿Estás bien?" o "¿Te has hecho daño?", la persona que se ha caído se sentiría inmediatamente mejor y respondería ella misma que está bien, no ha sido nada. Pues con los niños pasa lo mismo. Cuando se caen, hay que preguntarles si están bien y ayudarlos a levantarse si no lo han hecho ya por sí solos. La persona que ha sufrido la caída, en este caso el niño (¡que también es persona!) es la que sabe cómo se siente, si no ha sido nada o sí ha sido algo, y doloroso.

En el otro extremo están los padres obsesionados con que sus hijos se van a caer o hacer daño. Es un temor que tienen ellos, a veces infundado, y se pasan el día transmitiéndoselo a sus hijos, que al principio lo oyen confundidos hasta que convierten el temor de sus padres en suyo propio. Estos son el tipo de padres sufridores que abundan por todas partes. Es fácil reconocerlos en los parques porque una de sus frases repetidas hasta la saciedad es: "¡Te vas a caer!" Algunos la dicen prolongando la última palabra "caer", cansados de repetir la frasecita tantas veces y con ese tono que quiere decir "después no me digas que no te avisé". Son padres con capacidad de predecir el futuro inmediato: ellos ven que el niño se va a caer. El niño no lo ve y hasta entonces se sentía la mar de confiado subiéndose a un árbol o a la cima de una de esas pirámides de cuerdas que hay ahora en algunos parques y que son fantásticas para el desarrollo psicomotriz. Pero en el momento en que los padres avisan al niño del peligro inminente, el niño, aunque no lo ve, se pone en alerta, y entonces, según la ley de la atracción, ¡se cae! El padre o la madre corren a recoger a su retoño del suelo y mientras lo cubren de besos y abrazos dicen: "ya te lo decía yo" o "eso es lo que pasa, pero no quieres escucharme", etc. Así han conseguido meterle el miedo en el cuerpo al niño que, según como sea su personalidad, ya no volverá a encaramarse a ningún sitio, porque si lo hace, seguro que se cae. Algunos padres lograrán de esta manera dejar de sufrir, su hijo ya no se sube a todas partes, ¡menos mal! Otros, paradójicamente, empezarán a quejarse de que su hijo es timorato o "miedica".

Este temor o sufrimiento de los padres sobreprotectores se extiende a muchos otros aspectos de la vida de sus hijos. Por ejemplo, el de cruzar la calle, hablar con personas desconocidas o ayudar en la cocina cortando con un cuchillo o friendo un huevo. En vez de mostrar cómo se tiene que mirar a izquierda y derecha antes de cruzar la calle, algunos padres ponen como norma estricta (¡por su propio bien!) dar la mano a un adulto antes de cruzar la calle incluso a una edad cuando el niño es sobradamente capaz de cruzar solo, siempre y cuando no se le haya metido ese miedo en el cuerpo. Asimismo, en algunos hogares el acceso a la cocina o partes de la cocina (la nevera, la despensa o el horno) está vedado a los niños porque es peligroso o perjudicial. Con lo fácil que es mostrarle a un niño que el horno está caliente en vez de decirle "¡te vas a quemar!", que esa pastilla blanca tan bonita con una bolita en medio sirve para ponerla en el lavaplatos y él mismo la puede poner si quiere, que el cuchillo tiene una parte afilada (para cortar) y otra roma - y no "¡te vas a cortar!", etc.

Entre los dos extremos están los padres que escuchan y confían en sus hijos. Confiar en los hijos, en el caso de hoy, es dejarles explorar sus propios límites. Si el niño tiene la confianza y destreza física suficientes para subirse a lo alto de un árbol, hay que dejarlo. Si los padres no tienen esa confianza, pueden acercarse al árbol y prevenir una posible caída, pero nunca expresar ese temor y transmitirlo al niño, porque el temor es suyo (¡y muchas veces infundado!), no del niño, que es el que está llevando a cabo la acción. Si un niño de tres años se empeña en que quiere él cascar el huevo y hacerse la tortilla, sus padres deberían sentirse muy orgullosos ante tal muestra de independencia y ¡dejarlo! El padre o la madre pueden estar a su lado para prevenir un posible accidente, pero guardarse mucho de mostrar cualquier señal de ansiedad o temor; de lo contrario pocos años más tarde estarán quejándose de que sus hijos adolescentes no pegan ni golpe en casa.

martes, 14 de febrero de 2012

Los niños copian a sus héroes: papá y mamá

En teoría educar a los niños es facilísimo, sobre todo cuando son pequeños, porque más que hacer lo que sus padres les mandan que hagan, hacen lo que ven hacer a sus padres. Así, los niños a los que se trata con amor, empatía, compasión y sensibilidad desarrollarán ellos mismos esas virtudes de manera natural. Otros valores que a los padres gustaría ver en sus hijos son sinceridad, respeto, honestidad, lealtad, compañerismo, autocontrol. A algunos les sorprende y apena que sus hijos no demuestren estas cualidades y caen en el error de culpar a los niños por su manera de ser o achacarlo a factores externos, como los amigos o el colegio. Sin embargo, a menudo el problema está en casa, en los padres mismos, porque ellos son sus primeros modelos a seguir, sus héroes.

Los padres que tratan a sus hijos con respeto obtendrán a cambio respeto por parte de sus hijos. Respetar a los hijos significa no gritarles, no pegarles, no insultarles, no usar el sarcasmo, no hacerles chantaje, no castigarlos ni premiarlos, no mentirles y cumplir siempre con su palabra. Según esta afirmación, muy pocos padres respetan a sus hijos. Algunos lo hacen pero no siempre (cuando pierden la paciencia). Por eso los niños gritan, pegan, insultan, manipulan, hacen chantaje emocional... Lo aprenden en casa y luego lo llevan al colegio y de mayores, al puesto de trabajo y a sus relaciones personales. Sí, el bullying nace en casa, no en el colegio.

Hasta los padres más concienciados y mejor intencionados caen a veces en la inercia de maltratar a sus hijos. Algunos insultan a sus hijos sin darse cuenta. Les llaman tontos, mentirosos, gordos, feos, antipáticos, bordes, quejicas, malos, etc. A veces en broma, otras veces no. En cualquier caso, insultar no debería hacerse jamás. Para el niño es humillante tanto como para un adulto, y del todo innecesario. Y lo peor es que un niño al que sus padres insultan (aunque sea en broma) aprende que insultar es aceptable y lo hace a terceras personas. Asímismo, los padres que gritan a sus hijos, dan portazos, pierden la paciencia y el autocontrol a menudo, verán las mismas reacciones en sus hijos.

Algunos padres hoy en día todavía creen que pegar a sus hijos es una manera aceptable de disciplinarlos. A un niño que pega a su hermano menor se le castiga pegándole. La lección que un padre o una madre que actúa así quiere transmitir es: "Si pegas a tu hermano, yo te pego a ti; así verás que duele y no volverás a hacerlo". La lección que en verdad aprende el niño es que la próxima vez que pegue tiene que asegurarse que mamá o papá no lo vea y cuando él sea mayor ya podrá pegar con impunidad a seres más vulnerables que él.

Los hijos también copian los hábitos de sus padres. Por eso el alcoholismo, el tabaquismo y la falta de ejercicio son hábitos que se transmiten fácilmente de padres a hijos.

Según los estudios que se han realizado, para los niños los comportamientos negativos son más fáciles de imitar que los positivos. Por eso es importante que los padres erradiquen esos hábitos y comportamientos negativos en sí mismos, tratando a sus hijos y a ellos mismos con respeto. Hay que recordar que los niños son esas esponjitas que todo lo absorben y luego lo sueltan, tal y como lo han visto u oído. Así que cuando veáis a vuestros hijos hacer algo que no os gusta, antes de reñirles, pararos a pensar si están haciendo algo que han aprendido directamente de vosotros. Si así, la mejor manera de corregir ese comportamiento en ellos es corregirlo primero en vosotros mismos. En general, las acciones negativas en los niños es mejor ignorarlas y reafirmar las positivas. Por ejemplo, al niño que acaba de pegar a su hermano pequeño es mejor no prestarle atención inmediatamente (la acción ya está hecha y no se ha conseguido evitar) y en cambio centrarse en consolar al hermano pequeño, que llora. A menudo lo que ocurrirá es que el hermano mayor mostrará arrepentimiento y pedirá perdón sin que nadie le haya gritado o puesto mala cara por haber pegado a su hermano. Entonces es cuando se le debe prestar atención y decirle: "Veo que estás arrepentido de haber pegado a tu hermano; estoy segura de que no querías hacerlo y se te ha escapado porque te ha hecho enfadar...". También deberían describirse siempre los comportamientos positivos que se ven en los niños. Por ejemplo, a un niño que ha compartido sus galletas con un amigo, sin que nadie le haya dicho que debe hacerlo, se le puede decir: "He visto que has compartido tus galletas y eso que tú tenías tanta hambre y pensabas comértelas todas tú solo..."

martes, 31 de enero de 2012

Cómo decir "no" de manera positiva

Vivimos una época en la que se da mucha importancia a los pensamientos positivos y al optimismo para conseguir el equilibrio emocional o la felicidad. Sin embargo, un estudio reciente concluyó que los niños de entre uno a cinco años oyen la palabra "no" de boca de sus padres una media de ¡cuatrocientas veces al día! El mismo estudio demostró que los niños que se topan constantemente con la palabra "no" tienen más problemas de comunicación y peor desarrollo lingüístico que los niños con los que sus padres se comunican de manera más positiva. No sólo eso, sino que la palabra "no" repetida tantas veces pierde significado para el niño, hasta el punto que deja de ser efectiva. Lo que sí que comunica con efectividad es que a ojos de sus padres el niño está haciendo algo mal y eso afecta a su auto-estima, cuando en realidad lo que hace es algo natural a su edad: satisfacer su curiosidad por el mundo que le rodea.

La palabra "no" es muy fácil de decir, de hecho lo difícil es no decirla, pero es opresiva y a la larga destructiva. Antes de aprender su significado los niños pequeños aprenden el tono en que la usan sus padres, que es de enfado, alarma o miedo. Sin embargo, es mejor evitarla siempre que sea posible y usar en su lugar la alternativa positiva. Por ejemplo, en vez de decir "no tires arena" al niño que juega en el parque, se le puede decir "tira la arena hacia allí" (donde no hay otros niños a los que pueda hacer daño). Esto es importante porque a  menudo los niños no oyen la palabra "no" y más si se usa en exceso y piensan que tirar arena es justo lo que se espera de ellos. Asímismo, en vez de decir "no se pega", "no se insulta", "no se muerde" y el montón de prohibiciones que ya conocen porque seguro que se les ha dicho muchas veces, es mejor decir: "Usa las palabras para hacerme saber lo enfadado que estás con tu hermana" o "Aquí tienes papel y colores para dibujarme lo enfadado que estás."

A veces se dice "no" a los niños que piden cosas que sus padres no pueden (o no quieren) darles. Si se trata de algo que no les pueden conceder en esos momentos, se les puede contestar positivamente, aun cuando se les está negando: "Sí, te lo compraré, cuando sea tu cumpleaños." Si se trata de algo que no se les puede dar de ninguna manera, también se les puede contestar de manera positiva, dándoles otras opciones. Por ejemplo, el niño quiere un tren eléctrico para su cumpleaños (que es demasiado caro) y los padres le dicen: "Para el tren tendremos que esperar a Navidad, pero para tu cumpleaños puedes elegir entre el barco pirata o el coche de carreras". A veces no se les puede dar lo que piden ni hay otras opciones. Mejor que extenderse en largas explicaciones sobre por qué no se les puede dar lo que piden, se puede recurrir a la imaginación, también de manera positiva: "Me encantaría comprarte el tren eléctrico, y si tuviera una varita mágica lo haría aparecer ahora mismo y además haría que volara y...". A los niños les gusta tanto la magia que a menudo se contentan con esta distracción e incluso le añaden elementos de su propia imaginación.

Otras veces se utiliza la palabra "no" para negar las emociones negativas de los niños, como la tristeza, la frustración o la ira. Se les dice: "no llores", "no estés triste", "no tengas miedo" y "no te enfades". Los padres que hablan así a sus hijos lo hacen con la mejor de las intenciones y porque a ellos también les hablaron así. Les da pena ver a sus hijos tristes, asustados o enfadados y a veces añaden "no vale la pena sentirse así". Pero negar estas emociones es muy perjudicial porque el niño no deja de sentirlas, lo que aprende es a ocultarlas o reprimirlas. Otra frase repetida y sobreusada por parte de padres bien intencionados es "no seas así". O sea que se les está diciendo a los niños no ya cómo tienen que hacer las cosas, sino también ¡cómo tienen que ser y cómo tienen que sentirse!

Marcar límites de manera positiva no es fácil; requiere empatía, paciencia y constancia, pero a la larga, como vamos viendo, da su fruto. Los niños educados más positivamente son también ellos más positivos, felices y considerados hacia otras personas. Cambiar del "no" al "sí" no es fácil, pero para los padres que me lean quiero proponerles una prueba que les dejará asombrados: Durante un día entero jugad al "tabú" sin que vuestros hijos lo sepan. Es preferible que sea un día en que vayáis a estar todo el día con ellos, como un sábado o domingo. Durante todo ese día, vosotros, los padres, tenéis prohibido decir "no" a vuestros hijos. Esto no quiere decir que les permitáis todo lo que os pidan, pero sí que marquéis límites de manera positiva y respetuosa. Al final del día veréis que tanto vuestros hijos como vosotros estáis más contentos y cariñosos porque habréis evitado muchas peleas y frustraciones que a menudo son innecesarias.





viernes, 6 de enero de 2012

¿Qué son de verdad las rabietas?

La palabra "rabieta" y "los terribles dos años" son términos que no me gustan y siempre me he negado a usar. Tienen una carga negativa que una vez más recae sobre los niños, como si padecieran rabietas y sus terribles dos años expresamente para fastidiar a los padres.

¿Qué es en realidad una rabieta? Según el diccionario: "Berrinche, enfado que suele durar poco y estar motivado por cosas sin importancia." Con cosas sin importancia se entiende que no tienen importancia para el que escribió la definición. Pero para el niño que la padece tiene muchísima importancia. Este se ponen a llorar y gritar, a veces con pataleos y golpes a quien se atreva a acercarse. Algunos de estos enfados duran diez o quince minutos, otros hasta una hora o más y pueden haber surgido porque el niño pida algo que sus padres le niegan, o sin motivo aparente.

El término médico para definir este comportamiento es desregulación y nos afecta a todos, no solo a los niños. Se trata de un estado fisiológico que ocurre en el cerebro cuando se inunda de adrenalina y cortisol, en momentos de estrés. El sistema nervioso se pone en alerta, los músculos se tensan, aumentan el ritmo cardíaco y la temperatura del cuerpo, la respiración es menos profunda e incluso se agudizan la vista y el oído. Es la reacción del cerebro ante una situación de peligro, y el mandato que le envía al cuerpo es el de huir o luchar. Por su parte, el hipocampo, que es la parte del cerebro que ayuda a controlar las acciones, se ve inhibida por el cortisol y hace que la parte lógica y racional del cerebro no funcione tan bien: las emociones toman total posesión de la situación.

Ante una escenita así los padres lo pasan mal y ellos mismos empiezan a desregularse, si no lo estaban ya antes y fuera su estado el que provocara la desregulación del niño. Se sienten agobiados, asustados, enfadados y estresados. A menudo intentan suprimir o reprimir el estado de desregulación del niño. Si están en casa optan por ignorarlo, enviarlo a su habitación o castigarlo. Si la escena ocurre en un lugar público, a la sensación de impotencia se le une la vergüenza e inseguridad del qué pensarán todos esos que los miran con el ceño fruncido - los más críticos suelen ser los que no tienen hijos pequeños o no los han tenido desde hace mucho tiempo. La presión de la sociedad es tan fuerte que hace que los padres se sientan responsables por el comportamiento de su hijo, y algunos se sienten con la obligación de arreglar ese "mal" comportamiento.

El motivo de la desregulación a veces es muy claro: el niño quiere algo que sus padres le niegan. Hasta los dos y tres años es muy difícil para un niño comprender por qué no se le puede dar algo que él quiere, sobre todo si está a la vista y parece tan fácil de alcanzar. Puede tratarse de la atención de los padres o de algo material. El niño está explorando el mundo y hay muchos peligros que los padres ven, pero que él no reconoce. Hay cosas que por su bien no se le pueden dar, o simplemente los padres no están en posición de darles (porque no está a su alcance monetario, por ejemplo). ¿Qué hacer entonces? Si no es una cuestión de vida o muerte, los padres pueden optar por ceder o no. En caso de mantenerse en su negativa, es importante no perder el contacto con el niño. Que no se le conceda lo que pide no implica que no se le escuche. Se han de valorar sus emociones, en este caso negativas, como el enfado o la frustración. A estas edades los niños no tienen el vocabulario suficiente para expresarlas, así que son los padres los que deben hacerlo por ellos. Un niño que escucha de boca de su madre algo así como "veo que estás muy enfadado" mientras le abraza (si el niño se deja) y acaricia, se sentirá automáticamente mucho mejor y se calmará más rápido que si su madre le ignora o lo encierra en su cuarto. En el primer caso el niño aprende que tiene límites a ciertas cosas, pero aun así su madre le quiere y le comprende y es totalmente legítimo sentirse enfadado. En el segundo caso el niño aprende que el sentirse enfadado no solo no es aceptable sino que es castigado con la retirada del amor y la atención de su madre. Pierde autoestima y además el enfado reprimido no se va, sino que se va acumulando y se convierte en resentimiento, a veces durante años, hasta la adolescencia o más tarde... y cuando sale lo hace sin control y cargado de violencia o agresividad, o encuentra otras vías de escape, como las drogas o el alcohol.

En ocasiones los niños se desregulan sin que los padres tengan ni la más mínima idea del por qué. Adivinan que es por cansancio, hambre o falta de atención, pero a menudo no llegan a tiempo de evitarlo. Cuando una rabieta es "sin motivo aparente" es más fácil que los padres se asusten, agobien, enfaden y quieran cortar de raíz con ese "comportamiento inaceptable". Es ahí cuando muchos gritan "¡basta!" y se niegan a escuchar a sus hijos. En los padres se desencadena el mecanismo de luchar o huir y muchos, por no gritar o pegar a sus hijos, tienen la necesidad de alejarse de ellos. Ahí es cuando es útil que estén los dos padres cerca: el más calmado (o regulado) de los dos es el que permanece con el hijo, y el otro se va a dar una vuelta para calmarse (o regularse). El problema es cuando en esos momentos solo está presente uno de los dos. El padre o la madre tiene que luchar o huir y eso entra en conflicto con el estado del niño, que hasta los tres o cuatro años necesita ayuda para regularse (si siempre se le ha ayudado empezará a hacerlo él solo antes). El problema es más agudo cuando se trata de un padre o una madre a los que no se le aceptaron las rabietas cuando eran niños - ellos no lo recuerdan pero si se les reprimieron sus emociones negativas el subconsciente les guía a que hagan lo mismo con sus hijos. Es necesario hacer un esfuerzo consciente para cambiar esa inclinación. Si se manda al niño a su cuarto o se le ignora, se pierde una oportunidad de enseñarle a identificar y controlar sus emociones. A lo mal que lo está pasando en su estado de desregulación se le une el no sentirse comprendido ni escuchado; es más, encima se le castiga. En cambio, si el padre o la madre permanece con él y le abraza o le habla en tono suave, el niño está aprendiendo una valiosa lección de inteligencia emocional que emulará y le ayudará a tener relaciones personales y sociales muy saludables en todos los ámbitos de su vida.