martes, 31 de enero de 2012

Cómo decir "no" de manera positiva

Vivimos una época en la que se da mucha importancia a los pensamientos positivos y al optimismo para conseguir el equilibrio emocional o la felicidad. Sin embargo, un estudio reciente concluyó que los niños de entre uno a cinco años oyen la palabra "no" de boca de sus padres una media de ¡cuatrocientas veces al día! El mismo estudio demostró que los niños que se topan constantemente con la palabra "no" tienen más problemas de comunicación y peor desarrollo lingüístico que los niños con los que sus padres se comunican de manera más positiva. No sólo eso, sino que la palabra "no" repetida tantas veces pierde significado para el niño, hasta el punto que deja de ser efectiva. Lo que sí que comunica con efectividad es que a ojos de sus padres el niño está haciendo algo mal y eso afecta a su auto-estima, cuando en realidad lo que hace es algo natural a su edad: satisfacer su curiosidad por el mundo que le rodea.

La palabra "no" es muy fácil de decir, de hecho lo difícil es no decirla, pero es opresiva y a la larga destructiva. Antes de aprender su significado los niños pequeños aprenden el tono en que la usan sus padres, que es de enfado, alarma o miedo. Sin embargo, es mejor evitarla siempre que sea posible y usar en su lugar la alternativa positiva. Por ejemplo, en vez de decir "no tires arena" al niño que juega en el parque, se le puede decir "tira la arena hacia allí" (donde no hay otros niños a los que pueda hacer daño). Esto es importante porque a  menudo los niños no oyen la palabra "no" y más si se usa en exceso y piensan que tirar arena es justo lo que se espera de ellos. Asímismo, en vez de decir "no se pega", "no se insulta", "no se muerde" y el montón de prohibiciones que ya conocen porque seguro que se les ha dicho muchas veces, es mejor decir: "Usa las palabras para hacerme saber lo enfadado que estás con tu hermana" o "Aquí tienes papel y colores para dibujarme lo enfadado que estás."

A veces se dice "no" a los niños que piden cosas que sus padres no pueden (o no quieren) darles. Si se trata de algo que no les pueden conceder en esos momentos, se les puede contestar positivamente, aun cuando se les está negando: "Sí, te lo compraré, cuando sea tu cumpleaños." Si se trata de algo que no se les puede dar de ninguna manera, también se les puede contestar de manera positiva, dándoles otras opciones. Por ejemplo, el niño quiere un tren eléctrico para su cumpleaños (que es demasiado caro) y los padres le dicen: "Para el tren tendremos que esperar a Navidad, pero para tu cumpleaños puedes elegir entre el barco pirata o el coche de carreras". A veces no se les puede dar lo que piden ni hay otras opciones. Mejor que extenderse en largas explicaciones sobre por qué no se les puede dar lo que piden, se puede recurrir a la imaginación, también de manera positiva: "Me encantaría comprarte el tren eléctrico, y si tuviera una varita mágica lo haría aparecer ahora mismo y además haría que volara y...". A los niños les gusta tanto la magia que a menudo se contentan con esta distracción e incluso le añaden elementos de su propia imaginación.

Otras veces se utiliza la palabra "no" para negar las emociones negativas de los niños, como la tristeza, la frustración o la ira. Se les dice: "no llores", "no estés triste", "no tengas miedo" y "no te enfades". Los padres que hablan así a sus hijos lo hacen con la mejor de las intenciones y porque a ellos también les hablaron así. Les da pena ver a sus hijos tristes, asustados o enfadados y a veces añaden "no vale la pena sentirse así". Pero negar estas emociones es muy perjudicial porque el niño no deja de sentirlas, lo que aprende es a ocultarlas o reprimirlas. Otra frase repetida y sobreusada por parte de padres bien intencionados es "no seas así". O sea que se les está diciendo a los niños no ya cómo tienen que hacer las cosas, sino también ¡cómo tienen que ser y cómo tienen que sentirse!

Marcar límites de manera positiva no es fácil; requiere empatía, paciencia y constancia, pero a la larga, como vamos viendo, da su fruto. Los niños educados más positivamente son también ellos más positivos, felices y considerados hacia otras personas. Cambiar del "no" al "sí" no es fácil, pero para los padres que me lean quiero proponerles una prueba que les dejará asombrados: Durante un día entero jugad al "tabú" sin que vuestros hijos lo sepan. Es preferible que sea un día en que vayáis a estar todo el día con ellos, como un sábado o domingo. Durante todo ese día, vosotros, los padres, tenéis prohibido decir "no" a vuestros hijos. Esto no quiere decir que les permitáis todo lo que os pidan, pero sí que marquéis límites de manera positiva y respetuosa. Al final del día veréis que tanto vuestros hijos como vosotros estáis más contentos y cariñosos porque habréis evitado muchas peleas y frustraciones que a menudo son innecesarias.





viernes, 6 de enero de 2012

¿Qué son de verdad las rabietas?

La palabra "rabieta" y "los terribles dos años" son términos que no me gustan y siempre me he negado a usar. Tienen una carga negativa que una vez más recae sobre los niños, como si padecieran rabietas y sus terribles dos años expresamente para fastidiar a los padres.

¿Qué es en realidad una rabieta? Según el diccionario: "Berrinche, enfado que suele durar poco y estar motivado por cosas sin importancia." Con cosas sin importancia se entiende que no tienen importancia para el que escribió la definición. Pero para el niño que la padece tiene muchísima importancia. Este se ponen a llorar y gritar, a veces con pataleos y golpes a quien se atreva a acercarse. Algunos de estos enfados duran diez o quince minutos, otros hasta una hora o más y pueden haber surgido porque el niño pida algo que sus padres le niegan, o sin motivo aparente.

El término médico para definir este comportamiento es desregulación y nos afecta a todos, no solo a los niños. Se trata de un estado fisiológico que ocurre en el cerebro cuando se inunda de adrenalina y cortisol, en momentos de estrés. El sistema nervioso se pone en alerta, los músculos se tensan, aumentan el ritmo cardíaco y la temperatura del cuerpo, la respiración es menos profunda e incluso se agudizan la vista y el oído. Es la reacción del cerebro ante una situación de peligro, y el mandato que le envía al cuerpo es el de huir o luchar. Por su parte, el hipocampo, que es la parte del cerebro que ayuda a controlar las acciones, se ve inhibida por el cortisol y hace que la parte lógica y racional del cerebro no funcione tan bien: las emociones toman total posesión de la situación.

Ante una escenita así los padres lo pasan mal y ellos mismos empiezan a desregularse, si no lo estaban ya antes y fuera su estado el que provocara la desregulación del niño. Se sienten agobiados, asustados, enfadados y estresados. A menudo intentan suprimir o reprimir el estado de desregulación del niño. Si están en casa optan por ignorarlo, enviarlo a su habitación o castigarlo. Si la escena ocurre en un lugar público, a la sensación de impotencia se le une la vergüenza e inseguridad del qué pensarán todos esos que los miran con el ceño fruncido - los más críticos suelen ser los que no tienen hijos pequeños o no los han tenido desde hace mucho tiempo. La presión de la sociedad es tan fuerte que hace que los padres se sientan responsables por el comportamiento de su hijo, y algunos se sienten con la obligación de arreglar ese "mal" comportamiento.

El motivo de la desregulación a veces es muy claro: el niño quiere algo que sus padres le niegan. Hasta los dos y tres años es muy difícil para un niño comprender por qué no se le puede dar algo que él quiere, sobre todo si está a la vista y parece tan fácil de alcanzar. Puede tratarse de la atención de los padres o de algo material. El niño está explorando el mundo y hay muchos peligros que los padres ven, pero que él no reconoce. Hay cosas que por su bien no se le pueden dar, o simplemente los padres no están en posición de darles (porque no está a su alcance monetario, por ejemplo). ¿Qué hacer entonces? Si no es una cuestión de vida o muerte, los padres pueden optar por ceder o no. En caso de mantenerse en su negativa, es importante no perder el contacto con el niño. Que no se le conceda lo que pide no implica que no se le escuche. Se han de valorar sus emociones, en este caso negativas, como el enfado o la frustración. A estas edades los niños no tienen el vocabulario suficiente para expresarlas, así que son los padres los que deben hacerlo por ellos. Un niño que escucha de boca de su madre algo así como "veo que estás muy enfadado" mientras le abraza (si el niño se deja) y acaricia, se sentirá automáticamente mucho mejor y se calmará más rápido que si su madre le ignora o lo encierra en su cuarto. En el primer caso el niño aprende que tiene límites a ciertas cosas, pero aun así su madre le quiere y le comprende y es totalmente legítimo sentirse enfadado. En el segundo caso el niño aprende que el sentirse enfadado no solo no es aceptable sino que es castigado con la retirada del amor y la atención de su madre. Pierde autoestima y además el enfado reprimido no se va, sino que se va acumulando y se convierte en resentimiento, a veces durante años, hasta la adolescencia o más tarde... y cuando sale lo hace sin control y cargado de violencia o agresividad, o encuentra otras vías de escape, como las drogas o el alcohol.

En ocasiones los niños se desregulan sin que los padres tengan ni la más mínima idea del por qué. Adivinan que es por cansancio, hambre o falta de atención, pero a menudo no llegan a tiempo de evitarlo. Cuando una rabieta es "sin motivo aparente" es más fácil que los padres se asusten, agobien, enfaden y quieran cortar de raíz con ese "comportamiento inaceptable". Es ahí cuando muchos gritan "¡basta!" y se niegan a escuchar a sus hijos. En los padres se desencadena el mecanismo de luchar o huir y muchos, por no gritar o pegar a sus hijos, tienen la necesidad de alejarse de ellos. Ahí es cuando es útil que estén los dos padres cerca: el más calmado (o regulado) de los dos es el que permanece con el hijo, y el otro se va a dar una vuelta para calmarse (o regularse). El problema es cuando en esos momentos solo está presente uno de los dos. El padre o la madre tiene que luchar o huir y eso entra en conflicto con el estado del niño, que hasta los tres o cuatro años necesita ayuda para regularse (si siempre se le ha ayudado empezará a hacerlo él solo antes). El problema es más agudo cuando se trata de un padre o una madre a los que no se le aceptaron las rabietas cuando eran niños - ellos no lo recuerdan pero si se les reprimieron sus emociones negativas el subconsciente les guía a que hagan lo mismo con sus hijos. Es necesario hacer un esfuerzo consciente para cambiar esa inclinación. Si se manda al niño a su cuarto o se le ignora, se pierde una oportunidad de enseñarle a identificar y controlar sus emociones. A lo mal que lo está pasando en su estado de desregulación se le une el no sentirse comprendido ni escuchado; es más, encima se le castiga. En cambio, si el padre o la madre permanece con él y le abraza o le habla en tono suave, el niño está aprendiendo una valiosa lección de inteligencia emocional que emulará y le ayudará a tener relaciones personales y sociales muy saludables en todos los ámbitos de su vida.