miércoles, 29 de febrero de 2012

Caerse o no caerse, de la empatía a la sobreprotección

Proteger a los hijos es un instinto arraigado en la mayoría de padres. A nadie le gusta ver que un hijo suyo sufre dolor emocional o físico. Sin embargo, algunos padres son de la opinión que la vida es dura y no es malo que los niños se acostumbren de pequeños a algunos maltratos o desafortunados accidentes. El típico ejemplo es el del niño que se cae, se hace una rascadita y llora como si fuera a morirse. El padre o la madre se apresuran a quitarle importancia, diciendo: "Va, no ha sido nada, levántate, deja de llorar". Piensan que si muestran compasión eso alimentará aun más el llanto de su hijo, y lo que hay que conseguir es endurecerlo para prepararlo para los avatares de la vida. De hecho, ocurre lo contrario. Al dolor físico se le une el dolor emocional de saber que a sus padres no les importa cómo se siente. Y si de sus propios padres se puede esperar tan poca estima, ¿de quién lo hará? El niño aprende a valorarse poco y esperar que otros tampoco le valoren. A estos padres hay que pedirles que se pongan en la situación del niño. ¿Cómo se sentirían si fueran caminando por la calle con un amigo, de repente se tropezaran y cayeran al suelo, y su amigo les dijera: "va, no ha sido nada, levántate"?  No creo que a nadie le gustara eso. En cambio, si el amigo le tendiera una mano y preguntara: "¿Estás bien?" o "¿Te has hecho daño?", la persona que se ha caído se sentiría inmediatamente mejor y respondería ella misma que está bien, no ha sido nada. Pues con los niños pasa lo mismo. Cuando se caen, hay que preguntarles si están bien y ayudarlos a levantarse si no lo han hecho ya por sí solos. La persona que ha sufrido la caída, en este caso el niño (¡que también es persona!) es la que sabe cómo se siente, si no ha sido nada o sí ha sido algo, y doloroso.

En el otro extremo están los padres obsesionados con que sus hijos se van a caer o hacer daño. Es un temor que tienen ellos, a veces infundado, y se pasan el día transmitiéndoselo a sus hijos, que al principio lo oyen confundidos hasta que convierten el temor de sus padres en suyo propio. Estos son el tipo de padres sufridores que abundan por todas partes. Es fácil reconocerlos en los parques porque una de sus frases repetidas hasta la saciedad es: "¡Te vas a caer!" Algunos la dicen prolongando la última palabra "caer", cansados de repetir la frasecita tantas veces y con ese tono que quiere decir "después no me digas que no te avisé". Son padres con capacidad de predecir el futuro inmediato: ellos ven que el niño se va a caer. El niño no lo ve y hasta entonces se sentía la mar de confiado subiéndose a un árbol o a la cima de una de esas pirámides de cuerdas que hay ahora en algunos parques y que son fantásticas para el desarrollo psicomotriz. Pero en el momento en que los padres avisan al niño del peligro inminente, el niño, aunque no lo ve, se pone en alerta, y entonces, según la ley de la atracción, ¡se cae! El padre o la madre corren a recoger a su retoño del suelo y mientras lo cubren de besos y abrazos dicen: "ya te lo decía yo" o "eso es lo que pasa, pero no quieres escucharme", etc. Así han conseguido meterle el miedo en el cuerpo al niño que, según como sea su personalidad, ya no volverá a encaramarse a ningún sitio, porque si lo hace, seguro que se cae. Algunos padres lograrán de esta manera dejar de sufrir, su hijo ya no se sube a todas partes, ¡menos mal! Otros, paradójicamente, empezarán a quejarse de que su hijo es timorato o "miedica".

Este temor o sufrimiento de los padres sobreprotectores se extiende a muchos otros aspectos de la vida de sus hijos. Por ejemplo, el de cruzar la calle, hablar con personas desconocidas o ayudar en la cocina cortando con un cuchillo o friendo un huevo. En vez de mostrar cómo se tiene que mirar a izquierda y derecha antes de cruzar la calle, algunos padres ponen como norma estricta (¡por su propio bien!) dar la mano a un adulto antes de cruzar la calle incluso a una edad cuando el niño es sobradamente capaz de cruzar solo, siempre y cuando no se le haya metido ese miedo en el cuerpo. Asimismo, en algunos hogares el acceso a la cocina o partes de la cocina (la nevera, la despensa o el horno) está vedado a los niños porque es peligroso o perjudicial. Con lo fácil que es mostrarle a un niño que el horno está caliente en vez de decirle "¡te vas a quemar!", que esa pastilla blanca tan bonita con una bolita en medio sirve para ponerla en el lavaplatos y él mismo la puede poner si quiere, que el cuchillo tiene una parte afilada (para cortar) y otra roma - y no "¡te vas a cortar!", etc.

Entre los dos extremos están los padres que escuchan y confían en sus hijos. Confiar en los hijos, en el caso de hoy, es dejarles explorar sus propios límites. Si el niño tiene la confianza y destreza física suficientes para subirse a lo alto de un árbol, hay que dejarlo. Si los padres no tienen esa confianza, pueden acercarse al árbol y prevenir una posible caída, pero nunca expresar ese temor y transmitirlo al niño, porque el temor es suyo (¡y muchas veces infundado!), no del niño, que es el que está llevando a cabo la acción. Si un niño de tres años se empeña en que quiere él cascar el huevo y hacerse la tortilla, sus padres deberían sentirse muy orgullosos ante tal muestra de independencia y ¡dejarlo! El padre o la madre pueden estar a su lado para prevenir un posible accidente, pero guardarse mucho de mostrar cualquier señal de ansiedad o temor; de lo contrario pocos años más tarde estarán quejándose de que sus hijos adolescentes no pegan ni golpe en casa.

martes, 14 de febrero de 2012

Los niños copian a sus héroes: papá y mamá

En teoría educar a los niños es facilísimo, sobre todo cuando son pequeños, porque más que hacer lo que sus padres les mandan que hagan, hacen lo que ven hacer a sus padres. Así, los niños a los que se trata con amor, empatía, compasión y sensibilidad desarrollarán ellos mismos esas virtudes de manera natural. Otros valores que a los padres gustaría ver en sus hijos son sinceridad, respeto, honestidad, lealtad, compañerismo, autocontrol. A algunos les sorprende y apena que sus hijos no demuestren estas cualidades y caen en el error de culpar a los niños por su manera de ser o achacarlo a factores externos, como los amigos o el colegio. Sin embargo, a menudo el problema está en casa, en los padres mismos, porque ellos son sus primeros modelos a seguir, sus héroes.

Los padres que tratan a sus hijos con respeto obtendrán a cambio respeto por parte de sus hijos. Respetar a los hijos significa no gritarles, no pegarles, no insultarles, no usar el sarcasmo, no hacerles chantaje, no castigarlos ni premiarlos, no mentirles y cumplir siempre con su palabra. Según esta afirmación, muy pocos padres respetan a sus hijos. Algunos lo hacen pero no siempre (cuando pierden la paciencia). Por eso los niños gritan, pegan, insultan, manipulan, hacen chantaje emocional... Lo aprenden en casa y luego lo llevan al colegio y de mayores, al puesto de trabajo y a sus relaciones personales. Sí, el bullying nace en casa, no en el colegio.

Hasta los padres más concienciados y mejor intencionados caen a veces en la inercia de maltratar a sus hijos. Algunos insultan a sus hijos sin darse cuenta. Les llaman tontos, mentirosos, gordos, feos, antipáticos, bordes, quejicas, malos, etc. A veces en broma, otras veces no. En cualquier caso, insultar no debería hacerse jamás. Para el niño es humillante tanto como para un adulto, y del todo innecesario. Y lo peor es que un niño al que sus padres insultan (aunque sea en broma) aprende que insultar es aceptable y lo hace a terceras personas. Asímismo, los padres que gritan a sus hijos, dan portazos, pierden la paciencia y el autocontrol a menudo, verán las mismas reacciones en sus hijos.

Algunos padres hoy en día todavía creen que pegar a sus hijos es una manera aceptable de disciplinarlos. A un niño que pega a su hermano menor se le castiga pegándole. La lección que un padre o una madre que actúa así quiere transmitir es: "Si pegas a tu hermano, yo te pego a ti; así verás que duele y no volverás a hacerlo". La lección que en verdad aprende el niño es que la próxima vez que pegue tiene que asegurarse que mamá o papá no lo vea y cuando él sea mayor ya podrá pegar con impunidad a seres más vulnerables que él.

Los hijos también copian los hábitos de sus padres. Por eso el alcoholismo, el tabaquismo y la falta de ejercicio son hábitos que se transmiten fácilmente de padres a hijos.

Según los estudios que se han realizado, para los niños los comportamientos negativos son más fáciles de imitar que los positivos. Por eso es importante que los padres erradiquen esos hábitos y comportamientos negativos en sí mismos, tratando a sus hijos y a ellos mismos con respeto. Hay que recordar que los niños son esas esponjitas que todo lo absorben y luego lo sueltan, tal y como lo han visto u oído. Así que cuando veáis a vuestros hijos hacer algo que no os gusta, antes de reñirles, pararos a pensar si están haciendo algo que han aprendido directamente de vosotros. Si así, la mejor manera de corregir ese comportamiento en ellos es corregirlo primero en vosotros mismos. En general, las acciones negativas en los niños es mejor ignorarlas y reafirmar las positivas. Por ejemplo, al niño que acaba de pegar a su hermano pequeño es mejor no prestarle atención inmediatamente (la acción ya está hecha y no se ha conseguido evitar) y en cambio centrarse en consolar al hermano pequeño, que llora. A menudo lo que ocurrirá es que el hermano mayor mostrará arrepentimiento y pedirá perdón sin que nadie le haya gritado o puesto mala cara por haber pegado a su hermano. Entonces es cuando se le debe prestar atención y decirle: "Veo que estás arrepentido de haber pegado a tu hermano; estoy segura de que no querías hacerlo y se te ha escapado porque te ha hecho enfadar...". También deberían describirse siempre los comportamientos positivos que se ven en los niños. Por ejemplo, a un niño que ha compartido sus galletas con un amigo, sin que nadie le haya dicho que debe hacerlo, se le puede decir: "He visto que has compartido tus galletas y eso que tú tenías tanta hambre y pensabas comértelas todas tú solo..."