lunes, 30 de abril de 2012

Peleas entre hermanos

Los conflictos entre seres humanos existen; es parte de nuestra naturaleza y es inútil negarlo. Los niños también son personas, así que también existirán conflictos entre ellos, sobre todo entre hermanos. Tampoco se pueden negar, pero sí intentar resolver. Esta afirmación puede parecer obvia para mucha gente, pero lo cierto es que muchas veces se opta por negar, o "apagar" un conflicto entre niños, en vez de ayudarles a resolverlo.

El clásico ejemplo entre hermanos es la pelea por un juguete que quieren los dos. Uno dice: "Yo lo he cogido primero." El otro dice: "Es mío." ¿Qué hacen los padres? Uno dice: "Los juguetes son de los dos, así que quien lo ha cogido primero se lo queda." Otro dice: "El juguete es tuyo, así que tú te lo quedas." Otro dice: "O lo compartís o me lo llevo y no juega nadie, así no hay peleas." En los tres casos el padre o la madre actúa como juez, privando a los niños de la oportunidad de resolver el conflicto por sí solos. En los dos primeros casos, además, uno de los niños está contento con la decisión que toma el juez pero el otro no; en el tercer caso, ninguno de los dos está satisfecho con la resolución del problema.

Lo que se debería hacer es exponerles el caso, describírselo, y darles la oportunidad de resolverlo ellos: "Hay un solo patinete y dos niños. El patinete es de Óscar. Pablo lo ha cogido primero. Hmm... parece que tenéis un problema, pero estoy segura de que hablando seréis capaces de solucionarlo de manera que los dos estéis contentos." Dándoles este voto de confianza, muchos padres se sorprenderán al ver cómo a partir de ahí sus hijos llegan a un acuerdo por sí solos, incluso cuando son muy pequeños, de dos o tres años. Si son más mayores es incluso aconsejable dejarlos solos (siempre y cuando estén calmados y no se estén pegando e insultando) y decirles que cuando hayan resuelto el problema se lo pueden ir a mamá o papá, que esperará en otra parte de la casa. ¡Y lo harán!

Pero si es la primera vez que los padres actúan de moderadores y no de jueces, puede que a los niños les cueste de entrada pensar en soluciones. En ese caso se les puede seguir ayudando, describiendo siempre, nunca juzgando o tomando decisiones por ellos. Por ejemplo: "Pablo, tú lo has cogido primero porque eres mayor y más rápido, y a Óscar eso no le gusta porque nunca tiene la oportunidad de cogerlo primero. Óscar: el patinete es tuyo, pero Pablo te dejó ayer su bicicleta y su Nintendo." En este punto ya es casi seguro que los niños se habrán puesto a sugerir soluciones, y si no es así, el padre o la madre puede empezar a hacerlo por ellos: "¿Qué tal si Pablo lo usa durante diez minutos mientras Óscar y yo jugamos a fútbol y luego cambiamos?" A veces, ofrecer otra opción les puede distraer del objeto codiciado y facilitar la negociación. Los niños pueden aceptar la sugerencia o no, en cuyo caso alguno de los dos propondrá otra cosa, que al otro niño gustará o no, y propondrá otra cosa...

Tener que exponer el caso así a los niños cada vez que se pelean por algo puede llegar a ser tedioso, pero los padres que empiecen a poner esto en práctica pronto se darán cuenta de que los niños ya no acuden a ellos con cada pequeña trifulca y ellos solos se ponen a dialogar y negociar para arreglar sus conflictos. Los padres que actúan para "evitar peleas" entre sus hijos, como por ejemplo comprar siempre dos cosas de lo mismo, privan a sus hijos de la oportunidad de dialogar, negociar y resolver conflictos, que son destrezas importantísimas para su desarrollo emocional y social.

El inconveniente que tiene actuar como juez entre los hijos es que es muy fácil equivocarse y ser, precisamente, injusto. En otros casos en que un padre o una madre tiende a actuar de juez es cuando los hermanos se pegan o insultan. Uno grita: "¡Él ha empezado!" El otro responde: "¡Ha sido sin querer, él me lo ha hecho expresamente!" Lo que realmente importa es restablecer la paz, y no averiguar quién ha empezado, que es precisamente a lo que van muchos padres: a averiguar quién empezó para castigarlo. Los padres deberían escuchar a ambos sin juzgarlos. A menudo un niño que acusa a otro lo que está pidiendo es que se le escuche y se entienda cómo se siente. Para eso es de gran ayuda describir lo que ha pasado: "A ver si lo entiendo: tú estabas jugando tranquilamente y Pablo te ha dado una patada. Eso no te ha gustado nada, te has enfadado y le has pegado." En este punto Óscar se sentirá confortado por el mero hecho de ser escuchado y hablará más de como se siente. Pablo se defenderá, repitiendo que lo hizo sin querer. La madre dirá: "Ya veo. Tú no querías darle una patada, ha sido sin querer, y te ha dolido que Óscar te pegara incluso cuando ya le habías pedido perdón." Pablo también se sentirá comprendido y confortado y volverán a estar los dos contentos sin necesidad de haber castigado ni juzgado a ninguno de los dos (¡ni de haberles obligado a pedirse perdón!)

lunes, 16 de abril de 2012

Los buenos modales

Una gran parte de la sociedad todavía percibe a los niños como seres antisociales, que ni saludan, ni se despiden, ni dan las gracias, ni piden las cosas por favor, ni piden perdón.

Los padres ansiosos por pasar el test de "cómo educar a los hijos según los dictados de la sociedad" se creen con la responsabilidad de imponer "buenos modales" a sus hijos. Y una vez más, deciden complicar su vida y la de sus hijos forzando a los niños a hacer algo que ni entienden ni quieren hacer. Les dicen: "saluda a tu tío" o "da un beso a tu abuela". Los niños, que se fían de su instinto, no quieren besar o abrazar a alguien a quien no conocen o que no les presta atención, cariño o tiempo. Que se trate de su tío o de su abuela no tiene la más relevancia para ellos. Lo harán de manera natural con las personas que se ganen su cariño, sin necesidad de que nadie los coaccione.

Los padres que mandan a sus hijos a dar los besos de rigor a miembros de la familia lo hacen para quedar bien con esos miembros de la familia, que si no se ofenden. Que un adulto se ofenda porque un niño no quiere saludarle o darle un beso demuestra que el adulto tiene un problema; el niño no tiene ninguno: a esa persona no la conoce, así que pasa de ella. Así que si un tío o una abuela consideran primordial en sus vidas el saludo o los besos y abrazos del sobrino o nieto, son ellos los que tienen que ganarse su cariño prestándoles atención, interesándose por sus cosas, escuchándoles. Después de todo, un saludo o un beso de hola o adiós no es más que una convención, algo para quedar bien, y los niños son demasiado sinceros para dejarse llevar por convencionalismos. Generalmente no saludan porque se les olvida seguir el protocolo y van directamente a lo que les interesa, por ejemplo, la televisión encendida o una caja de galletas abierta encima de la mesa.

Los padres concienciados y respetuosos saben que los niños hacen lo que ven hacer más que lo que se les manda hacer. Así que ellos, como son adultos y educados, saludan y besan a las personas importantes en su vida, pero no obligan a sus hijos a que hagan lo mismo. Tampoco les advierten que no deberían hablar con extraños. Y son ellos los que van a saludar a otros niños que no son sus hijos y preguntar si les pueden dar un beso o un abrazo. Estos padres dejan que los niños sigan sus instintos. Un niño al que se le está constantemente mandando que dé un beso a tal o cual pariente perderá la oportunidad de decidir por sí mismo de quién se fía y de quién no, a quién se puede acercar íntimamente y a quién no. Y son estos niños los más vulnerables y peor capacitados para ver el peligro en personas poco fiables.

Otro aspecto de los buenos modales que lleva de cabeza a algunos padres son las palabras mágicas (como las llaman algunos) "gracias", "por favor" y "perdón". Algunos insisten en que sus hijos las usen incluso cuando son demasiado pequeños para comprender su significado. El niño grita "¡agua!" La madre responde: "¿cómo se pide?" y hasta que el niño no dice la palabra mágica, no le da el agua. Algunos  le acercan el vaso de agua y en el momento justo en que lo va a coger, con un movimiento rápido y cruel, el adulto lo retira y dice: "agua, ¿qué?" El niño grita: "¡agua ahora!" Incorrecto; la respuesta acertada es: "agua, por favor". Y si no dice por favor, ¡no hay agua! A base de repetirlo millones de veces el adulto espera que al niño se le meta en la cabeza que hay que decir ¡por favor!

Si se analiza bien, ¿es tan importante machacar así a un niño por el gusto de oír las palabritas "por" y "favor"? Una manera más sencilla y respetuosa de hacerlo es dando ejemplo: los padres que piden a sus hijos las cosas por favor (¡y hay muchísimos que no lo hacen!) y no les obligan a ellos a hacerlo obtendrán una gran satisfacción cuando sus hijos empiecen a decir por favor por sí mismos. Pero si no se pueden esperar a ese momento siempre pueden expresar un deseo sin forzar ni chantajear, por ejemplo: "me gustaría que cuando me pidas algo me lo digas así: agua, por favor, mami querida." Expresado de esta manera, no se obliga al niño a hacer nada a cambio de su necesidad básica de beber, pero la madre le hace saber que a ella le haría sentirse mucho mejor la petición formulada de esa manera.

Para sacarle un "gracias" a un niño, se le repite hasta la saciedad: "¿qué se dice?" Si el agradecimiento es hacia una tercera persona, la madre o padre que presiona a su hijo con un "¿qué se dice?" está poniendo al niño en evidencia; a veces el niño no ha tenido ni tiempo de pensar en la palabra mágica que toca en esta ocasión. Una vez más, el adulto es responsable de actuar como modelo: los padres deben dar gracias a sus hijos y así mostrar lo que significa estar agradecido. También son los padres los que deben dar las gracias a terceras personas en nombre de sus hijos para que ellos vean lo que es el agradecimiento. Obligar a un niño a decir "gracias" cuando el niño no siente agradecimiento porque no sabe lo que es, es otra tontería social impuesta por el bien de las buenas maneras. Los niños que aprenden con el ejemplo y no con la obligación de repetir un mantra social tardarán más en decir "gracias" pero cuando lo hagan, la persona a quien va dirigida ese "gracias" sentirá un gran placer al escuchar el agradecimiento puro que sale del niño y no del padre o la madre que un segundo antes le ha ordenado que lo diga.

Por último llega lo peor: los padres que obligan a sus hijos a decir "perdón". Es algo que se ve a diario en los parques infantiles. Un niño pega a otro o le hace daño sin querer. La madre del primero lo ve y rápidamente obliga a su hijo a acercarse al otro niño y pedir perdón. Así ella queda bien con la otra madre (o padre). A su hijo, en cambio, lo ha puesto en evidencia, sin darle la oportunidad de sentir él mismo esa acción que ha llevado al sufrimiento del otro niño. El sentimiento que nos lleva a pedir perdón a alguien es de culpa y como el agradecimiento, es algo que no debe imponerse en los niños (¡ni en nadie!). Ellos solos aprenden a sentir culpa o empatía por la persona que sufre dolor físico o emocional al ver a otros sentir el mismo sentimiento. Así, una madre cuyo niño pequeño hace daño a otro, debe ser la primera en pedir perdón en nombre de su hijo, centrándose en el niño que llora e ignorando momentáneamente a su propio hijo, que está observando la escena que él mismo ha causado y aprendiendo una valiosísima lección de empatía protagonizada por su propia madre. De esta manera el niño aprende cuando hay que decir "perdón" y lo dice constantemente y lo mejor es que realmente ¡lo siente! Los niños a los que se les obliga a decir "perdón", en cambio, adquieren una especie de aberración hacia el acto de pedir perdón, que va unido a la vergüenza a la que se les somete. Muchos llegan a ser totalmente incapaces de pedir perdón, aun y cuando lo sienten de verdad. Y esto es lo que les pasa todavía a muchos padres que son incapaces de pedir perdón a sus hijos por los errores que cometen a diario con ellos.