miércoles, 30 de mayo de 2012

¿Qué significa portarse bien o mal?

Una de las distinciones que más usan los adultos cuando hablan de niños es si "se portan bien" o si "se portan mal". Los bebés "se portan bien" si duermen y comen mucho y no lloran. Los niños lo hacen si se están calladitos, comen todo lo que se les pone en el plato, no contestan nunca mal, hacen los deberes y en general obedecen a todo lo que se les manda. Y si los bebés y niños no hacen todo esto, se les dice que "se portan mal".

Según esta definición y por suerte para la humanidad, la gran mayoría de bebés y niños se portan muy mal. ¡Menos mal!

En realidad, los padres, educadores y mentores usan las palabras "portarse bien" o "mal" como un arma para controlar el comportamiento de los niños y conseguir así que sean sumisos y obedientes. Y a eso se le llama opresión, con lo cual los que se portan mal (aunque muchos no se dan cuenta) son los padres y educadores.

La verdad es que los niños no se portan ni bien ni mal, simplemente se portan como niños. Un bebé que llora, vomita el biberón y no duerme todo lo que a sus padres les gustaría no lo está haciendo para fastidiar a sus padres. Lo hace porque está en su naturaleza llamar a su madre a través del llanto si ella no está cerca. Los niños pequeños tampoco hacen lo que hacen para fastidiar a sus padres. Un niño que tiene una rabieta, como ya expliqué aquí, no se está portando mal.

Los niños que gritan, saltan, se ríen, hacen jaleo... no se portan mal. Lo que hacen es pasárselo bien, expresar su alegría, reírse, ¡ser felices! ¿Y qué hacen los adultos? Les piden que se callen, que no hagan tanto ruido, que no salten en el sofá o la cama, que no corran por el piso, que no hagan payasadas, que no hagan el tonto... No se dan cuenta que poco a poco les van apagando esa alegría, esa espontaneidad. Los adultos no soportan ese barullo porque ellos de pequeños también "molestaron" a sus padres con tanto ruido y a ellos también les hicieron callar y estarse quietecitos.

Y los niños que gritan enfadados, contestan a sus padres, les insultan o les pegan... Esos - sí, me atrevo a decirlo - tampoco se portan mal. También se están expresando con la naturalidad y sinceridad que caracteriza a los niños. Un niño que grita, pega o insulta está expresando su rabia por algo. Los niños pequeños pueden mostrar mucha agresividad y tardarán algunos años en aprender a controlarla. El error que cometen algunos padres es negar el enfado o castigarles por él. Cuando un niño está tan enfadado, decirle que se está portando mal o castigarlo porque se porta mal no hace más que empeorar las cosas. Como ya he dicho alguna vez, no es aconsejable negar ninguna emoción, ya sea positiva o negativa (enfado, tristeza, envidia, miedo). Al contrario, los niños, como todos, tienen pleno derecho a expresar todas sus emociones. Los adultos, a su vez, también pueden y deben mostrar sus emociones. Así, cuando el niño ya está calmado, pueden decirle que sus golpes e insultos les han hecho sentirse tristes y confundidos y que hay otras maneras de expresar su rabia, por ejemplo dibujando, escribiendo o incluso pegando a una almohada.

Nunca jamás debería decírsele a un niño que se porta mal. Ni hacerles el chantaje tantas veces oído: "Si te portas bien, haremos esto o lo otro", o "Si te portas mal, no tendrás esto o lo otro". Esto es faltarle el respeto al niño y mentirle (porque no es verdad que se porta mal, sino que no se está sometiendo a la voluntad de otra persona). En cambio, se puede intentar averiguar por qué el niño se está comportando de una manera que no es la deseable o conveniente para el adulto. A menudo es porque el niño está aburrido, porque no se le presta atención, porque está enfadado, porque le ha pasado algo en el colegio... Averiguarlo es fácil porque los niños son grandes comunicadores, aunque hay que saber escucharles. Si se les encierra en su cuarto o se les pone en el "rincón de pensar" porque se están portando mal, no contarán nada. Si se les dice: "me parece que estás aburrido" o "hoy te veo de mal humor, me pregunto si te has peleado con alguien en el colegio" o "estás muy movido, a lo mejor sería buena idea que fuéramos al parque a descargar energía" ellos dirán cómo se sienten y por qué hacen lo que hacen.

jueves, 17 de mayo de 2012

El poder destructivo de la culpa

A veces a los niños se les dicen cosas sin pensar realmente en lo que se les está diciendo, sin caer en lo nocivo de las palabras que a base de oírlas tantas veces nos parecen inofensivas. Una de esas frases, que causa estragos y que debería evitarse a toda costa, pero sin embargo se dice constantemente es: "¿Quién ha sido?"

La madre entra en la cocina y se encuentra la leche derramada por el suelo. Mira acusadora a sus dos hijos y exclama: "¿Quién ha sido?" En el colegio el profesor entra en el aula y se encuentra en la pizarra dibujada una caricatura de sí mismo que no le hace ninguna gracia. Hecho una furia mira a los alumnos, que se están partiendo de risa, y grita: "¿Quién ha sido?"

Ante un ataque así, la reacción de los niños es siempre la misma: acusar al prójimo o callar. Rara vez aparece un valiente que diga: "He sido yo." Y esto es así porque los castigos no gustan a nadie, y en ese quién ha sido va ímplicito un castigo que dice: el responsable de esto va a cargar con las consecuencias de sus actos. En el caso de los alumnos en el aula se crea de repente un silencio sepulcral. Los que saben quién ha sido no delatarán a su compañero y su solidaridad se verá compensada con un castigo colectivo.

Los niños pequeños que están acostumbrados a que sus padres, profesores o mentores busquen a los culpables de un mal comportamiento adquieren el hábito de informar a los adultos cuando otro niño (no ellos mismos) hacen algo que está "mal". En otras palabras, se convierten en acusadores, o chivatos. Sin embargo, si ellos mismos hacen algo que saben que no gustará a un adulto, jamás asumirán la culpa, sino que esconderán el hecho. Si el adulto pregunta quién ha sido, serán rápidos en contestar "yo no" o "ha sido él" o, si se ven en un callejón sin salida buscarán las mil y una excusas para escapar del castigo de la culpa.

La cuestión de la culpa es que nadie quiere tenerla. Es como una piedra incandescente que nos vamos pasando unos a otros y que nadie quiere aguantar durante más de un segundo, para no quemarse.

A los niños pequeños se les culpa mucho y muy injustamente y luego se pasan la vida intentando quitarse la culpa de encima y haciendo responsables a otras personas de sus propios actos o circunstancias. Una vez más, los niños hacen lo que ven: a ellos se les acusa, pues ellos acusan.

Mi propuesta de hoy para padres y mentores es que eliminen esa frase de su habla cotidiana. No importa quién haya sido. Lo que importa es que una acción ha llevado a una situación que requiere una solución. En el caso de la leche derramada en la cocina, la madre puede decir: "Veo que se ha caído la leche. Habrá que limpiarla." Sin haber acusado a nadie, lo fácil es que el niño al que se le haya caído la leche coja un trapo él mismo y la limpie. Si no lo hace, la madre puede sacar el trapo del cajón y dejarlo entre los dos niños y seguro que el responsable tomará el trapo y limpiará la leche. En el caso del profesor enfadado al ver su caricatura en la pizarra, este podría decir: "No me gusta nada este dibujo de mí en la pizarra. Me parece irrespetuoso y me ofende. Voy a salir del aula y cuando regrese dentro de cinco minutos espero que la pizarra esté limpia." El responsable (o algún compañero leal) limpiará la pizarra y nadie se sentirá acusado o con necesidad de acusar.