sábado, 30 de junio de 2012

¿Por qué mienten los niños?

Para empezar, los niños no mienten. O al menos no son conscientes de que mienten en el sentido de "manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa". Los niños son el grupo de seres humanos más sinceros que hay, por eso mucha gente dice que son "crueles". Resulta que para vivir en sociedad y armonía la mayoría de gente prefiere la mentira o como mínimo que se les oculte la verdad. Por eso también hay tanta gente a quien no le gustan o le incomodan los niños, que son demasiado sinceros.

Pero se les enseña a mentir y ser hipócritas a muy temprana edad. Por ejemplo, obligándoles a usar buenos modales, cuando aun son demasiado pequeños para comprender o sentir el significado de las palabras "gracias", "por favor" y "lo siento", de lo que ya hablé en Los buenos modales. Otra manera muy eficiente en que aprenden a mentir es imitando a sus padres. Como ya expliqué en Los niños copian a sus héroes, los niños pequeños tienden a seguir el ejemplo de sus padres o cuidadores más cercanos, que son su mayor influencia.

Los padres y adultos en general suelen decir muchas mentiras a sus hijos, pero pronto se quejan de que sus hijos mienten e incluso los castigan por ello. ¿Y a los adultos quién los castiga por mentir? He aquí algunos ejemplos de mentiras que se dicen a los niños, algunas son pequeñas mentirijillas y otras no tanto: "si no te lo comes todo, no crecerás (o te morirás)", "si no te portas bien, no te traerán nada los Reyes/el Papá Noel/el ratoncito Pérez" (se porten bien o mal, esos personajes ficticios nunca les traerán nada), "es por tu propio bien", "cuando yo tenía tu edad no hacía estas cosas", "si no estudias no llegarás a nada en la vida", "eres malo/egoísta", "no te quiero", "te lo compraré mañana" (esperando que mañana ya no se acuerde), "me voy sin ti", "los niños vienen de París", "si me dices la verdad, no te pasará nada", "yo nunca miento"...

A los niños se les miente para protegerles, para ganar tiempo, para que obedezcan... o para castigarlos con la retirada del cariño ("no te quiero") porque han hecho enfadar a sus padres. Los padres que mienten tanto a sus hijos tienen que estar preparados a oír muchas mentiras de sus hijos. A partir de los cuatro años empiezan a ser pequeños expertos en crear "otras realidades". Si a los padres o educadores les molestan las mentiras de sus hijos y les dicen que "eso está mal" deben ser ellos los primeros en analizar sus propias mentiras. Los estudios que se han realizado demuestran que cuanto más mienten los padres, más mentirán sus hijos y es algo que irá en aumento a medida que crezcan.

Otra razón por qué los niños mienten es para evitar castigos. No lo hacen con malicia; es puro instinto de supervivencia. A nadie le gusta que le castiguen y si mentir o ocultar la verdad les evitará el castigo, no dudarán en hacer uso de ello. Una madre le pregunta a su hijo: "¿Has sido tú quién ha roto el jarrón de la abuela, sí o no?" El niño sopesa las opciones que tiene y se queda con la que menos le pueda perjudicar. Si contesta que sí ha sido él (la verdad), sabe que le caerá un castigo o una reprimenda. Si contesta que no (la mentira), cabe la posibilidad de que su madre le crea, por tanto no le castigará. Además, podría elaborar la mentira y acusar a su hermana pequeña de haberlo hecho; ella sólo tiene un año y no puede desmentir su mentira y tampoco la castigarán porque es demasiado pequeña. Ante estas dos opciones, ¿quién no mentiría?

Si a los padres les molesta y enfurece que sus hijos mientan para evitar el achaco de algo que han hecho "mal", pueden cambiar el comportamiento de sus hijos cambiando primero el suyo propio. Para empezar, sin acusar. En vez de preguntar: "¿Has sido tú...?" o "¿Quién ha sido?", como ya expliqué en El poder destructivo de la culpa, se puede describir lo que ha pasado: "Veo que se ha roto el jarrón de la abuela. Veremos si podemos arreglarlo." Y acto seguido, sin castigar. Si se castiga, es muy probable que aun después de haber descrito lo que ha pasado y no haber acusado a nadie, el culpable no sólo no admita su error sino que mienta de nuevo, callando o acusando a otra persona o elemento: "Ha sido el viento" o "Se ha caído solo." Si esto ocurre, es un buen momento para dar un voto de confianza al "mentiroso" y unirse a él diciendo algo así: "No entiendo cómo se puede haber caído solo o con el viento, si están todas las ventanas cerradas... Me pregunto si el gato le ha dado un golpe a la mesa sin querer y así es como se ha caído el jarrón... ¿Tú qué crees?" El niño acostumbrado al interrogatorio (¡para encontrar la verdad!), las acusaciones y el castigo recibirá este nuevo acercamiento con sorpresa, pero después de dos o tres veces ya no esconderá sus actos, sino que hará lo posible por solucionarlos, pidiendo ayuda sin miedo si no es capaz de hacerlo solo.

Los niños mienten también para conseguir algo. Lo hacen los niños acostumbrados a que sus padres les dén lo que desean no porque lo desean sino porque se lo han ganado. Los padres que hacen uso de incentivos y premios para conseguir un cierto comportamiento, oirán mentiras de sus hijos. Una vez más, no es por malicia, es por conseguir lo que quieren de la manera más fácil y rápida posible. Así el niño al que se le dice: "Si no haces los deberes, no hay tele" o "Podrás ver la tele cuando hayas acabado de hacer los deberes" mide sus opciones. Si sabe que mamá no comprobará si ha hecho los deberes o no, mentirá y dirá que sí los ha hecho; lo que sea con tal de no perderse su programa de tele favorito. Al día siguiente puede que vuelva a mentir: al profesor le dirá que sí los hizo pero se los olvidó en casa. Los niños que "hacen cuento" fingiendo estar enfermos para no ir al colegio o para obtener más afecto y atención del que sus padres les dan cuando están sanos también están mintiendo para conseguir algo que no se les da de forma gratuita.

Los niños mienten para complacer, porque creen que una mentira gustará más que la verdad. Esto también lo aprenden de los adultos, es lo que se conoce como mentira piadosa. Una madre que cocina con amor y esmero se siente herida cuando su hija aparta el plato de un manotazo y exclama: "¡Qué asco!" La madre le pide que no diga eso, porque "¡Está muy bueno! Y me he pasado toda la tarde cocinando, ¡desagradecida!" En otras palabras, le está pidiendo que le mienta. En vez de eso, podría decirle: "A mí sí que me gusta. Si a ti no te gusta puedes decírmelo sin decir qué asco, está asqueroso o esto es una mierda, porque son expresiones que me duelen." Muchos niños aprenden a decir mentiras piadosas de bien pequeños, gracias a la reacción de sus padres. El problema es que los niños muy pequeños no distinguen entre las mentiras piadosas y las otras. Así, una madre que le pregunta a su hijo: "¿Has colgado el abrigo en el armario?" oirá un "sí" convencido de su hijo por puras ganas de complacerla. La madre encontrará el abrigo en el suelo y exasperada gritará "¿Por qué mientes?" Con eso el niño se sentirá acusado, asustado al ver el enfado de mamá y confundido al no saber qué se espera de él. En vez de eso, una vez más hay que describir, con calma, lo que se ve: "El abrigo está en el suelo y tiene que estar en el armario." El niño sonreirá e incluso dirá: "¡Ay, se me ha olvidado!"

Por último, los niños mienten o cuentan historias para dar rienda suelta a su imaginación. En casos así, es contraproducente decirle a un niño que está mintiendo o se está inventando algo. Lo mejor es seguirle el juego. Si los adultos están a favor de inventar y perpetuar la historia de los Reyes Magos, el Papá Noel y el Ratoncito Pérez, ¿por qué no seguirles el juego cuando los que se inventan algo son ellos? Si la historia que cuenta el niño incomoda a los padres, se le puede decir: "¿Me lo dices en serio?", "¿De verdad?", "¿Es una broma?", etc., pero no decirle que es un mentiroso, porque los primeros en mentir, recordemos, son los padres.

lunes, 18 de junio de 2012

El peligro de las comparaciones

A veces los adultos hacen uso de las comparaciones entre niños para estimular al que de los dos niños va "atrasado" en algo. Se hace mucho sobre todo en las aulas, pero también, desgraciadamente, en el seno familiar. Para animar a un niño a hacer algo o a comportarse de cierta manera, se le compara a su hermano, que ya se comporta de la manera deseada por sus padres. A veces estas comparaciones son respecto a la personalidad del niño, al que se le dice: "¿Por qué no puedes ser como tu hermano?" Otras veces son referentes a las habilidades que se supone que deberían tener según su edad: "Tu hermano a tu edad ya se vestía solo." Algunos padres comparan a sus hijos con otros niños: "El hijo de Juan hace siempre los deberes sin que su madre se lo pida."

Con estas comparaciones se fomenta la competitividad entre los niños. En otras palabras, se les anima a que se unan a la carrera de la vida, a que sean los primeros y los mejores en todo, a que no se queden atrás. Los mismos padres están continuamente compitiendo unos con otros, a ver quién tiene el niño que saca mejores notas, el que mejor se porta, el que mejor juega al fútbol o al tenis o el que mejor toca el piano o la guitarra. Por eso se crearon los tests de cuoficiente intelectual y por eso los padres de hoy en día se empeñan en matricular a sus hijos en cuantas más actividades extracurriculares mejor. Como si lo que les obligan a hacer en el colegio no fuera suficiente.

Las comparaciones entre hermanos son especialmente nocivas porque el mensaje que intentan transmitir los padres: "Observa a tu hermano para llegar adonde está él" es diferente al que percibe el niño: "Mi hermano es mejor y por eso a él le quieren más y a mí menos". Eso crea rivalidad entre los hermanos y una competencia insana que puede durar toda la vida y hacerles mucho daño. Los niños no deberían competir jamás por el amor y atención de sus padres; es algo que se merecen gratuitamente, sin tener que ganárselo. Hay que aceptarlos tal como son, sin compararlos con ningún otro niño. Todos son diferentes y todos poseen destrezas y personalidades diferentes. Uno puede que sepa leer a la perfección a los tres años pero no se le dé nada bien atarse los cordones de los zapatos. Su hermano quizás a los seis años todavía no lea, pero en cambio le gusta ayudar a su padre en la cocina. El tercer hermano ni lee, ni cocina, ¡ni hace nada! pero le gusta regar las plantas. No existe ningún niño al que no le interese y motive algo; de hecho, suele ser más de una actividad. Los padres deberían fijarse en eso y facilitar el camino a sus hijos para que sigan lo que a ellos les interesa, en vez de obligarles a hacer lo que hacen todos y asegurarse de que estén a la altura. Asímismo, sus personalidades deben aceptarse tal como son. Se tiende a favorecer los carácteres extrovertidos, abiertos, simpáticos. A un niño tímido, introvertido, callado, sensible, se le tiende a decir que no sea así. ¿Por qué? No hay nada malo con ser tímido e introvertido, ¡no están haciendo daño a nadie con ser así! Ambos tipos de personalidad tienen mucho que aportar. Los niños introvertidos suelen ser más observadores y tienen más facilidad en concentrarse en las tareas que escogen desempeñar.

La causa principal del fracaso del sistema educativo actual es precisamente esta insistencia en comparar a los niños y hacerlos a todos pasar por el mismo tubo según su edad. Así, si tienen seis años, tienen que saber ya todos a leer, sumar y restar. Si alguno se atrasa (porque en realidad no le interesa leer, sumar y restar, sino ir en bicicleta) se le hace creer que es cortito, que no está a la altura de los demás. En vez de fomentar su afición por la bicicleta, el niño crece con poca autoestima, creyéndose tonto, sin que nadie sospeche que a los seis años no estaba preparado para la lectura, pero a los ocho quizás sí. Por otro lado, hay niños "adelantados", a los que enseguida se les hace tests y se les llama "superdotados", porque según su edad aprenden las cosas del colegio mucho más rápido que los demás. Tampoco se les hace ningún favor a estos niños poniéndoles la etiqueta de "más listos que los demás". A los niños, desde pequeños, se les enseña que forman parte de una manada, y por eso sienten tanto la presión del grupo; no les gusta sobresalir ni por debajo ni por encima. Si, en cambio, se les transmitiera el mensaje de que todos y cada uno de los humanos somos distintos, únicos y totalmente aceptables, se centrarían en sus propias competencias en vez de competir y estar constantemente comparándose con los demás.